Amor

Para muchos espectadores seducidos por su título, Amor, con su pareja protagonista de ancianos entrañables, viene a ser la sublimación del sentimiento, la prueba más alta de su pureza, la película más romántica de los tiempos presentes. Para otros, en cambio, que ya somos veteranos de Haneke y sus perversas maquinaciones, Amor viene a ser un título engañoso, irónico, puñetero como lo es todo en este director. Ya lo dijo una vez Julio Llamazares en sus literaturas: tanta pasión para nada. Tanto vivir para luego morirse uno. Tanto amor encendido y batallado para que luego los amantes se digan adiós en un suspiro. 


Los muy enamorados que celebran esta festividad de San Valentín comprándose regalos en El Corte Inglés, y luego echando el polvo del siglo en la cama perfumada con pétalos de rosa, deberían ver Amor para saber hacia dónde encaminan sus románticos pasos. Haneke, ese profesor hueso de los asuntos más turbios de la vida, les enseña que dentro de algunos años, si  continúan soportándose las manías y los defectos, les aguarda la decadencia, el sufrimiento, el estertor último de su pareja reverberando en los oídos. Si antes no lo remedia una infidelidad o un accidente, ellos también habrán de pasar por el mal trago del adiós definitivo, entre la consternación y el olor a medicamentos.  
Hay que estar muy enamorado de tu hombre o de tu mujer para llegar hasta ese dramático final, que en Amor se nos desvela desde la primera escena, para que no alimentemos falsas esperanzas. Perdonar mucho, olvidar todo, follar como conejos mientras el cuerpo aguante: esos son los consejos básicos para el amor longevo, que no eterno. Tener la suerte de ningún rival con atractivo irresistible se cruce en el camino. Es una carrera de obstáculos, el amor. Hay que estar en buena forma, y dispuesto a todo, para llegar a la meta. Como lo está el personaje de Trintignant, tan lúcido como solícito, que se entrega al cuidado de su esposa moribunda sin rechistar, sin maldecir, con la resignación muy sabía de quien ya conocía de antemano el desenlace. De quien ya tenía asumido desde el primer beso, o desde el primer polvo, que al final del camino de baldosas sonrosadas aguarda el infierno de la agonía, y de la muerte. 


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