Argo

Horas después de haber visto Argo, no soy capaz de hincarle el diente literario a la crítica, al comentario original. Siento de nuevo, como en el caso de El árbol de la vida, la tentación del aplazamiento, del sine die, de la vagancia cobarde de este diario. Nada se me ocurre sobre Argo que no esté dicho ya: leo las críticas, las referencias, los aplausos, y a casi todo digo amén. Nada que aportar sobre la maldad ancestral de los iraníes, tan morenos, tan tiznados, tan cejijuntos. Los yihadistas de Jomeini salen retratados tal como eran, sin exageración ni artificio: mal afeitados, mal encarados, terroristas todos de la misma locura, lo mismo los barrenderos que los ayatolás, lo mismo los aduaneros que los tenderos avariciosos del Gran Bazar. Nada tengo que aportar a esta verdad incuestionable. ¿Los americanos?: guapos y nobles. ¿Los iraníes?: marrulleros y muy feos. Hay algunos, incluso, los más fanáticos revolucionarios,  que para redoblar el impacto aterrador de su semblante, se visten a la moda del comandante Castro, con su verde oliva y su purazo entre los labios. Iraníes homenajeando a cubanos. Satánicos festejando a Belcebú. Se merecían la bomba atómica que ese blandengue de Jimmy Carter jamás les envió, por terroristas, por comunistas... por iraníes.



En fin... He de pararme aquí. No quiero alargar la verborrea agónica de quien nada lúcido, ni lucido, tiene que comentar. Aplazaré el abordaje nutritivo de Argo para otra ocasión. La pereza, la inoperancia, la abulia mortecina  de estos días tristísimos, anulan el discurrir aplomado de mi pensamiento. Si es que alguna vez lo tuve...


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