NWR. El danés renegado

Veo en los canales de pago el documental NWR sobre la figura de Nicolas Winding Refn, recién descubierto y admirado director de Pusher, y el primer compareciente en escena –que luego averiguaré que es Alejandro Jodorowsky- sale denigrando el cine norteamericano y llamando “degenerado” a Steven Spielberg.  Con el primer argumento sobre la mesa podríamos tomarnos un largo café, Jodorowsky y yo, en una plácida terraza parisina de las que él seguro frecuenta, barajando películas e intercambiando recuerdos. Con su segundo comentario, en cambio, dejo de ser un ciudadano respetuoso para convertirme en un caballero ofendido que lanza el guante retador de su desprecio, y de su cabreo. Mañana al amanecer, en el descampado, con el arma que don Alejandro elija. Es una infamia eso que dice Jodorowsky de mi dios Steven, aunque su opinión esté muy bien vista en los círculos de la alta cultura, donde tanto se ríen de nosotros, los espectadores confundidos entre la chusma, incapaces de distinguir una perla verdadera de una película falsa de bisutería. Los seguidores de Spielberg -hacedor de nuestros sueños infantiles y pubertarios- guardamos con él una deuda de gratitud infinita, impagable en cien vidas que viviéramos, y nos tomamos estos desplantes como insultos al propio apellido, y al propio honor.



            A punto estoy de levantarme del sofá, herido en el insulto intolerable, cuando aparece en pantalla el susodicho Nicolas Winding Refn para empezar a contarnos su historia marciana de cineasta outsider. Descubro, intrigado, a un tipo que guarda un extraño parecido físico conmigo: alto, barrigudo, de papada notable, con unas gafas de concha que compartimos todos los que, con aptitudes o sin ellas, aspiramos al amor de las mujeres por el camino del intelecto. Ese parecido físico, sospechoso y notable, me hace olvidar la injuria inaugural del documento, y me obliga a sentarme de nuevo en el sofá. No ha sido, desde luego, un tiempo perdido. Mi amado Jodorowsky no vuelve a ser invitado a la función, y Nicolas W. R., generoso y dicharachero, se explaya largamente en sus neuras y obsesiones, en sus virtudes y defectos. Es un personaje extraño, medio danés y medio norteamericano, que reniega de su país en unos términos que a mí, amante de todo lo que procede de la utópica Dinamarca, me hiere y me descoloca. Y me hace seguir sus puyas con una creciente atención. 



Nicolas habla de su país como hablo yo del mío, renegando del carácter de sus gentes, del clima insoportable, de la incomprensión general hacia quien nace distinto y piensa diferente. Pero él habla de la seriedad y del frío, y yo hablo de la jarana y del calorazo. Si Nicolas dice encontrar su paraíso vital en Nueva York, donde creció y formó sus gustos cinéfilos, yo buscaré el mío, cuando aprenda inglés, o se enamore de mí una recia vikinga de ojos azules, en el mismo Copenhague donde él dice aburrirse de lo lindo. ¿Quién, salvo Nicolas W. R. y los tipos raros como él, podría despreciar una ciudad donde reina el carril bici y puedes adelgazar al aire libre sin que un coche te lleve por delante? ¿Quién, en este edén nórdico donde reinan las rubias por encima de las morenas? ¿Quién, en este paraíso velocípedo donde la única causa probable de accidente es, precisamente, que uno se quede prendado de una rubia peatona y se pegue un morrazo contra la farola colocada por el ayuntamiento?






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