Treme y Cuéntame

Ahora que paso unos días en León, en estas navidades tropicales que los vientos atlánticos nos traen de Miami, acompaño a mi madre en los sofás nocturnos y comparto con ella algunas ficciones que en mi otro hogar, allende las montañas, estarían terminantemente prohibidas por mi médico, y duramente castigadas por mi religión. Es de un estómago muy delicado, mi querido televisor, y lo tengo muy bien educado en los menús, para que no se me estropee. El trasto de mi madre, en cambio, ha tragado durante años los culebrones, los telefilms, los debates a voces sobre los amoríos de los famosos, y lo que no lo ha matado lo ha hecho más fuerte. Es un aguerrido veterano de mil batallas catódicas. Él sí puede digerir las series españolas de calidad sin que le salga una úlcera, o lo averíe gravemente un ardor de cables. Mi flor del pitiminí, en cambio, acostumbrada a los manjares exquisitos de la alta cocina anglosajona, se moriría de una indigestión con sólo probar un capítulo patrio de callos a la madrileña.



Hoy, armado de amor y paciencia, con la botella de sidra bien a la mano para ver y olvidar al mismo tiempo, me he enfrentado al relanzamiento estelar de Cuéntame. A mi madre le encanta esta serie, como a casi todas las madre. En ella se reencuentran con sus juventudes, con sus canciones del año, con sus buenos tiempos que a veces ni siquiera llegaron a ser buenos, sino sólo mejores. Mi madre es de esas espectadoras que se fija mucho en los manteles, en las cuberterías, en los electrodomésticos, y exclama de vez en cuando: “Ay, sí,  yo tenía uno de esos, igualito”. Y un deje de emoción se deja traslucir en el igualito. Le gustan mucho, además, los actores españoles, y las actrices, de los que dice que son muy creíbles, y muy cercanos, grandes artistas en lo suyo, aunque luego en sus vidas personales sean algo puteros, y  algo putillas. Yo asiento a sus comentarios con gestos cervicales de autómata, porque reina la armonía en estas fechas tan señaladas, pero lo que estoy viendo en pantalla es una recreación cutre y algo carca de la Movida Madrileña, con sus drogatas, sus pelos de colores, sus reyes y reinas del glam. Debería interesarme mucho este acercamiento al pasado nacional, origen de la regeneración cultural, de la relajación de las costumbres, de la liberación sexual que ahora disfrutamos sin saber de dónde nos vino, tras cuarenta años de besos robados en las pantallas. Pero hay algo en las actuaciones, en los guiones, en las ambientaciones recortadas de presupuesto, que me impide el vuelo libre, y me roba la magia. 



Al rato me levanto con una excusa cualquiera y desaparezco en la otra televisión de la casa, donde me esperan dos capítulos nocturnos, explayados, sin madrugón en el horizonte, de Treme. Es allí, en la Nueva Orleans devastada por el Katrina, donde por fin encuentro a mi gente. A mis seres queridos de esta ciudad catastrófica que ahora es, mientras duren los episodios, mi lugar preferido en el mundo. ¿Qué tiene uno que ver con la música de jazz que vertebra su alma? Nada ciertamente. Uno ha escuchado jazz en las emisoras, en los discos que le dejaban, lamentando la falta de tiempo, la carencia de oído, la pereza imperdonable de no lanzarse a una escucha sistemática, concienzuda, de esta música con la que uno siente una conexión especial, pero sin entenderla, maravillado y al mismo tiempo confundido por los ritmos extraños, por las improvisaciones sin pauta. ¿Y Nueva Orleans? ¿Qué vínculos guarda uno con esta ciudad hasta ahora ignota, que nunca salía en las películas americanas, que incluso me costaba situar en el mapa? Nada, tampoco. El Madrid del pop debería de serme más afín que el Nueva Orleans del jazz. Más estimulante, más cercano. De sus garitos salieron algunas de mis primeras canciones predilectas. Y sin embargo, desde que David Simon decidió plantar en Nueva Orleans su arte y su denuncia, me siento un habitante más de la Luisiana, atribulado y confundido, enamoradizo y orgulloso. Un músico más en la fiesta agridulce de la reconstrucción. Otro participante extranjero en el Mardi Grass, virtual y entusiasta.


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