Mi semana con Marilyn

Y al fin, en un resquicio que me ofrecen los deportes televisados, veo mi primera película en cinco días. Ningún paréntesis fue tan largo desde los tiempos del verano. El hambre de cine se ha adueñado de mis instintos. Cualquier cosa valdría para calmar el gusanillo; cualquier ficción sería bien vista para inaugurar este tiempo recobrado de las películas. Pero Mi semana con Marilyn no es cualquier ficción. Aunque es una película imperfecta que a ratos cae en lo romanticón, y en lo previsible, un retrato de Marilyn Monroe siempre tiene la enjundia del mito, de la belleza, de los tiempos irrepetibles del cine clásico. Michelle Williams, además, es una mujer hermosísima, cálida, en el límite exacto entre lo sensual y lo sexual, que encarna a una Marilyn convincente, tan débil como atractiva, tan loca como cuerda. Michelle sería la nueva reina de mi corazón de no ser porque ya es una vieja conocida, y mis estatutos del amor sólo permiten que las desconocidas puedan aspirar al trono. Tampoco lo necesita, Michelle, porque ella ya es emperatriz de mis dominios, y ahora, asociada a la imagen exuberante de Marilyn Monroe, con más razón todavía.







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