In time

En el futuro biotecnológico que plantea In time, ya no es el dinero, sino el tiempo de vida, que la gente contabiliza con un cronómetro insertado en el brazo, lo que desencadena la avaricia y la aparición de nuevas clases sociales. Cuando el contador llega a cero sobreviene la muerte instantánea, mientras se duerme, o mientras se pasea en mitad de la calle. Más allá de los veinticinco años de edad, que es la longevidad máxima determinada por los genes, todo es tiempo extra que hay que ganarse minuto a minuto, segundo a segundo, en un mundo depravado donde el dinero ya no existe, y todo se paga en tiempo. En los barrios protegidos por guardias de seguridad, los millonarios en años dejan transcurrir plácidamente los días, pagando siglos por sus cochazos, o decenios por la compañía de sus putas de lujo. Unos kilómetros más allá, en los suburbios de la chusma, la gente muere luchando contra unos precios abusivos del agua, o del pan, que les van robando la vida hasta caerse, literalmente, muertos.




Es un recurso muy inteligente éste que utiliza Andrew Niccol para criticar el capitalismo delictivo de nuestros días. O el capitalismo, directamente, sin el delictivo o el salvaje como epítetos que son más bien pleonasmos. Ningún capitalista hubiera financiado la película, ni la hubiera distribuido posteriormente por el ancho mundo, si el dinero, como en nuestra vida real del siglo XXI, hubiese sido el motor de la avaricia en In time. Demasiado obvio. Demasiado comunista. Las banderas rojas ya sólo están permitidas en los linieres del fútbol, y a cuadritos, junto a otro color, a ser posible el gualda, en patriótica combinación. Con está fábula futurista, Niccol se convierte en un hermano pequeño de Michael Moore, más delgado, sin gorrita de béisbol, que habla sobre la lucha de clases aprovechando un producto palomitero, con muchos tiroteos y muchas persecuciones. Con una mujer como Amanda Seyfried que te mira directamente a los ojos y ya no eres marxista ni revolucionario ni nada de nada, sino un simple pelele enamorado, entregado al sueño pueblerino de su amor imposible.




Es un meritorio cagarro, In time. Una denuncia  destrozada por los imperativos recaudatorios de Hollywood. Una película para la reflexión, y para el olvido. Los documentales del entrañable gordito, en cambio, permanecen fresquísimos en la memoria. Sus golpes de efecto no necesitan explosiones ni carreras frenéticas para arraigar en nuestra conciencia. Charlton Heston defendiendo la necesidad vital de los rifles; George Bush leyendo a los niños “La Cabra Mascota” en la mañana del 11-S; los enfermos sin blanca arrojados a las puertas de los hospitales... 


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