Boss

En esta nueva serie titulada Boss que tantas enjundias promete, Kelsey Grammer interpreta a Tom Kane, el alcalde ficticio de Chicago al que diagnostican, en el primer minuto del capítulo, en una escena modélica de un dramatismo acongojante, una enfermedad degenerativa incurable que dará al traste con su carrera, y luego, presumiblemente, con su vida.
Antes de verle en esa escena conmovedora, Kelsey Grammer, para los viejos conocidos que lo admirábamos, sólo podía interpretar a Frasier Crane. O como mucho al actor secundario Bob de Los Simpson, a quien pone voz, y que viene a ser, básicamente, el mismo personaje neurótico y soberbio. Fueron muchos años de identificación profesional y emotiva. Ahora mismo, en mi cartelera particular, Frasier anima mis sebosos pedaleos en la bicicleta estática, antes de que llegue la Navidad y la grasa entrante reemplace a la que voy quemando a duras penas. Reírme a las ocho de la tarde con el mismo tipo que hora y media después, en otra serie, en otra ciudad, viste de político corrupto con una enfermedad incurable, puede provocarme la Esquizofrenia del Telespectador Compulsivo, más conocida por ETC, rara enfermedad mental de pronóstico leve, pero altamente incapacitante para el disfrute de las series simultáneas.



Pero mis temores duran lo que dura un suspiro. Ya casi han pasado dos lustros desde que el doctor Crane dejara su empleo en la KACL, y en los primeros segundos de Boss uno descubre a un actor parecido, pero distinto, con nuevos surcos en la cara, con una expresión más hosca y desesperada, con la autoconfianza exuberante que sólo desprenden los tipos llamados a mandar, y a mangonear sin cortapisas. O eso, o que Kelsey Grammer, finalmente, aunque sospecháramos lo contrario, era un actor cojonudo de innumerables registros, que vivió encarcelado durante años en el mismo personaje que le dio la fama, y el dinero.
El primer episodio de Boss posee una densidad y una contundencia pocas veces vista. Si es verdad aquello que decía Cecil B. DeMille de que las películas deben comenzar con un terremoto e ir creciendo en acción, Boss lo tiene muy difícil para sostener el nivel de sus propias aspiraciones. Ha sido una explosión, más que un comienzo. Ni tiempo para mear, le han dejado a uno, pues los hilos y los trapicheos se iban abriendo de continuo, prácticamente uno por cada escena. Un desafío mayúsculo para el espectador de mediana inteligencia como la mía, que se pierde tan fácilmente en los mecanismos de la corrupción, que confunde los rostros invariables de los anglosajones que visten el mismo traje y la misma corbata. Que se viene liando, desde tiempos inmemoriales, con los nombres monosilábicos de Bob, de Tom, de John, de Rob... Y eso si a los guionistas les da por jugar con la letra o, porque si se decantan por otra, para hacer la gracia, a todos los personajes les llaman Tim, o Jim, o Bill, o Phil, en un galimatías de nombres hipocorísticos que les debe de hacer mucha gracia, pero que a un español de pura cepa, acostumbrado a la variedad visigótica de nuestros nombres, lo sume en el desconcierto, y en la oscuridad.


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