El origen del planeta de los simios

No creo desvelar nada si escribo que El origen del planeta de los simios cuenta, efectivamente, el origen del planeta de los simios. Antes de comenzar la película uno ya sabe que los monos triunfarán sobre los humanos decadentes e irresponsables, y que un poco más allá, en el futuro de la línea temporal, en el pasado remoto de la historia del cine, Charlton Heston descubrirá la Estatua de la Libertad decapitada  sobre la playa.
            Aunque uno ha leído sobre ella alabanzas más bien tibias, su apocalíptico desenlace la convierte en irrenunciable para un misántropo de vocación, que oxigena sus instintos más inconfesables cuando las grandes catástrofes de la ficción arrasan el planeta. Uno siente un gustirrinín muy culpable cuando contempla las carreteras despejadas, los cines vacíos, los centros comerciales abiertos para uno solo. Aunque todo sea de mentira, y sólo juegue con la fantasía de ver curada, radicalmente, su gentefobia, que llaman los entendidos enoclofobia. En El origen del planeta de los simios estas grandes devastaciones no se ven, pero se aventuran en los ilustrativos títulos de crédito, como colofón a una cadena de ambiciones y despropósitos que llevarán a los monos a la cúspide de la cadena evolutiva. Otra vez. 



            Luego, por la noche, leo en la revista Cinemanía esta sinopsis de la próxima película de Neil Blomkamp, el director de la estimadísima District 9. Lo hago en la cama, a punto de dormirme, en la modorra confusa que precede al sueño:
            “Elysium es una estación espacial construida dentro de 100 años para albergar a los ricos y privilegiados. Una nave en la que no existen ni la guerra, ni el crimen, ni la enfermedad. La Tierra, mientras tanto, se pudre convertida en una pocilga poblada por las clases más desfavorecidas, bajo la supervisión de unos policías androides que imponen su orden con brutalidad”.
            Durante unos segundos extrañísimos creo estar leyendo el periódico del día, en lugar de la revista de cine. No he leído bien la primera frase, y mi vista ha saltado de un lugar idílico donde viven los ricos a otro infecto donde la pasma acorazada reparte hostias entre la plebe. He tenido que volver a leer el artículo para regresar a la realidad material de mi revista. Y suspiro, tranquilo, antes de apagar la luz: no será ahora, sino dentro de cien años, cuando se produzca la escisión definitiva. Será la guerra de mis bisnietos. Cuando uno ya no esté. Lo de ahora, en los periódicos, sólo son los preparativos: El origen del planeta de los pobres.


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