Modern family. La gente no cambia

El tema sobre el que hoy  pivotaban los chistes de  Modern family era la posibilidad (o no) de que las personas cambiasen: en su alma, en su corazón, en sus postulados sobre la realidad. Ha sido como una segunda parte del debate abierto por Palíndromos, más distendida y sonrosada, eso si. Uno temía que al final, en aras del buen rollo optimista que impregna la serie, los guionistas se decantaran por darle un sí rotundo a la cuestión. Por supuesto que las personas cambian, dirían, y a mejor, convencidas por sus seres queridos, escarmentadas por sus andanzas vitales, iluminadas por los espíritus benefactores que velan por nosotros. Pero al final, en una concesión inesperada a los pesimistas que seguimos la serie, el personaje encargado de difundir la moraleja tuerce el morro en su confesión final y admite no saber. “Un quince por ciento, quizá”, aventura a calcular. Un quince por ciento de variabilidad, de personalidad que uno mantiene moldeable para adaptarse a los bofetones y a las verdades incuestionables. Un quince por ciento sorprendente y raquítico que nos concede un 85% de razón a los que pensamos, como el Mark Wiener de Palíndromos, que estamos esculpidos en diamante genético,  sólo arañable por un rayo láser de las galaxias, o algo así.


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