A través de los olivos

Veo, antes de que el sueño me cierre los ojos, la primera mitad de A través de los olivos, que es la segunda película de este ciclo sobre Abbas Kiarostami que yo mismo me autoinflinjo. Sé que me meto mucho con las películas iraníes, tan alabadas en los festivales, y en la cinefilia de las personas cultas. Pero en los días laborales, a según qué horas, con las cenas grasientas rebotando en el estómago, es imposible detener la caída de los párpados cuando Kiarostami, o Panahi, o cualquiera de sus pupilos, se regodean en el paisaje y ponen a sus personajes a hablar con esa calma, con esa laxitud, en esa fonética del farsi inventada para la hipnosis del espectador, dejando además, entre diálogo y diálogo, océanos pérsicos de silencio, con bonitas montañas al fondo.



Hemos tardado tres años, desde los tiempos de Y la vida continúa, en llegar a Koker. Pero el viaje ha merecido la pena. El paisaje es bonito, olivarero, como de una serranía más verde y lluviosa de Jaén. Pero no son el padre y el hijo de la otra película los que alcanzan el pueblo. Supongo que seguirán preguntando el camino, por las carreteras polvorientas, entre partido y partido de fútbol... En A través de los olivos es un equipo de rodaje el que llega a Koker para filmar, curiosamente, una recreación de Y la vida continúa, en un juego de autorreferencias y autohomenajes que, a decir verdad, nos la trae un poco floja a los que no somos íntimos de Kiarostami.  De momento, estos tipos del rodaje llevan varios días intentando llevar a buen término la primera escena: un chico que portea un saco de cemento le devuelve el saludo a una chica del pueblo. Así de simple. Pero la cosa se enreda y se lía como en aquellos rodajes míticos de Billy Wilder con Marilyn Monroe. Los actores no son profesionales, sino muchachos y muchachas escogidos en el pueblo, y cada uno va fracasando a su manera. El primer actor elegido es tartamudo, y no puede devolverle el saludo a las mujeres, como Raj Koothrappali en The Big Bang Theory. El segundo actor, en cambio, que parece más capaz para el oficio, está perdidamente enamorado de la muchacha en cuestión, viejo amor inalcanzado en las fiestas del lugar, y la chica, algo pija, aleccionada por la familia, le niega el saludo incluso en el territorio de la ficción. Un descalabro para la película que sus responsables, sin embargo, se toman con oriental filosofía, y hasta celebran, sonrientes, con el regocijo propio de unos documentalistas del National Geographic humano. Como si el presupuesto o los plazos de entrega les importasen un comino. No sé. No les entiendo muy bien. A los peliculistas, y a los iraníes, de momento, en general.




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