Lisbon Story

Un día después de haber usado la prosa angélica para describir a Jessica Chastain, me encuentro en Lisbon story con otra deidad femenina a la que habría que pormenorizar ya directamente en versos, si uno supiera, en líneas cortas e inspiradas que fueran desgranando su belleza como racimos de uvas exquisitas cayendo de la parra.

Ella es Teresa Salgueiro, la diva de la canción portuguesa, la voz celestial del grupo Madredeus, la mujer morena de porte majestuoso que aquí, en Lisbon Story, además de cantar dos canciones y dejar al protagonista -y a todos nosotros- sobrecogido de admiración y malherido de amor, se marca unos minutitos como actriz, en dos diálogos que son como oro puro para quienes deseamos fundirnos en su mirada. Cuando Teresa canta, acompañada de sus músicos, uno siente ganas de llorar. A veces son lloros mojados, lacrimales, que se derraman en la soledad de las habitaciones. Otras veces son lágrimas simbólicas que caen por dentro, que inundan gota a gota las entrañas, pero no con dolor, ni con pesar, pues la voz de Teresa es un bálsamo que cura las heridas. Uno llora acongojado por la belleza de su voz, abrumado por la certeza de que este mundo, a pesar de todo, regala momentos de euforia que lo redimen. Uno llora como lloraba el chico de American Beauty contemplando el revoloteo de la bolsa, devastado por la belleza inabarcable que a veces regala la vida.



 Lisbon story no es una gran película. Ni mucho menos. Cuando Teresa no canta, Wenders aprovecha nuestro desconcierto para soltarnos un rollo metafísico sobre la metafilmidad de las películas. Unas zarandajas psicológicas sobre la imagen fugitiva y la permanencia de su impronta que nada nos interesan, aunque tenga el buen gusto de ilustrarlas con bonitas imágenes del Tajo, y de los barrios lisboetas más vetustos. Hay un momento fatídico en que aparece en pantalla al anciano Manoel de Olivera para recitar sus filosofías, en una promoción del maestro portugués que más que aportarle nuevos seguidores se los habrá quitado para siempre. Inextricable, irresumible, inalcanzable para los legos mortales, lo que allí en esta clase magistral. se explica.



Lisbon story cuenta las andanzas de un ingeniero de sonido alemán que allá por el año 95, empujado por la necesidad laboral, cruza la Europa desarrollada de las autopistas para entrar en el Portugal subdesarrollado de las carreteras nacionales, a ganarse el pan en Lisboa. Pero ese trueque de carreteras, que deja en tan mal lugar a los lusos, no se produce en la frontera: se produce muchos kilómetros antes, en nuestro suelo, en la España también subdesarrollada de hace dos décadas, en la que nuestro personaje entra como un avión procedente de Francia y acaba, a 70 kilómetros de Portugal, atrapado en un camino que no parece ni siquiera asfaltado. Es una exageración eurocéntrica de Win Wenders, claro está, acostumbrado a la eficacia funcional de lo alemán. Pero dice mucho, su exabrupto, del estado actual de las cosas. De cómo nos veían, y de cómo nos siguen viendo, nuestros euro-amos de Alemania, convencidos de que aquí todo el mundo viste con boina o gasta uniforme de camarero. Para que luego digamos de los yanquis, que cada vez que nos sacan en sus películas nos ponen a hablar en mejicano, y nos visten con un poncho, y nos riegan con tequila, y nos plantan un cactus en los jardines llenos de polvo. Para que luego digamos de los yanquis más ilustrados, los que sí aciertan con  la geografía y con el paisanaje, pero que luego nos ponen a todos a bailar flamenco, y a dar palmas, incluidos nosotros, los habitantes de Invernalia, tan lejanos en la distancia, y en el carácter, de las tierras del Sur siempre soleadas.


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