Religulous

En Religulous, Bill Maher, que es como un Jordi Évole de los Estados Unidos, trata de hacer comedia enredando a gente muy religiosa en sus contradicciones infantiles. Son chistes muy viejos, y muy manidos, los mismos que usábamos los ateos precoces con nuestros compañeros de colegio más crédulos. Ellos, por supuesto, los creyentes burlados por Maher,  se aferran a su fe como a un salvavidas en la tormenta, y lo que consigue el humorista, al final, es más una historia de terror que una lección de raciocinio. Porque ver a estos adultos, gentes en su mayoría inteligentes, y muy capaces en otros aspectos de la vida, defendiendo la verdad literal de las fabulaciones que ellos toman por la Palabra de Dios,  le devuelve a uno a los abismos de la misantropía, de la fe nula en nuestro futuro como especie. Es imposible no dejar de pensar en cualquier loco de estos apretando el botón de los misiles, o haciendo todo lo posible para que otros lo aprieten en venganza, llevados por el susurro del ángel, o por la inspiración de una epifanía...



            Lo que en Religulous se dirime no es una cuestión de opiniones. No es la fe enfrentada a la razón como el Madrid se enfrenta al Barsa, o un político de centro-izquierda a otro de centro-derecha. Aquí hay una diferencia real, importante, de trascendencia máxima para nuestro futuro. Lo denuncia el propio Bill Maher al final de Religulous, cuando él mismo se da cuenta de que el humor no basta para exponer el peligro potencial de estos mandamases de pétrea fe. Ellos creen, literalmente, en el Paraíso, en el Infierno, en la pronta venida de Jesucristo para administrar justicia y salvarlos a ellos –of course- de la quema. ¿Qué les impide, pues, anticipar en unos añitos la llegada de la muerte, la suya, y la de todos, si con eso se pegan el gustazo? Y no es necesaria, como advierte Maher, una guerra nuclear para que Jesús descienda sobre nosotros coronando el hongo radioactivo. Basta con abandonar el planeta a su suerte. Con llenarlo de gente, con llenarlo de mierda, con agotar sus recursos hasta dejarlo seco. Y hacer un poco de dinerito en el proceso, claro está, para luego comprar el ojo de la aguja y ensancharlo a su acomodo. 
        Ellos, los convencidos, menosprecian nuestra planeta. Lo tienen por una estación de tránsito de categoría menor, un simple apeadero en la ruta del espíritu que viaja hacia Dios. Algunos, los más educados, procuran, al menos, dejarlo como está,  en concesión a los incrédulos que lo tenemos por único y definitivo hogar, y que lo defendemos con uñas y dientes. Otros, los más insolentes, los que viven más convencidos de su maravillosa jubilación en el Edén, no mueven un solo dedo por conservarlo. Más allá de sus hogares, y de sus fincas, les importa todo un bledo. Ande yo caliente, púdrase la gente. Y luego, en el Armagedón, que cada palo aguante su vela.


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