La noche de los muertos vivientes

La distancia que separa La noche de los muertos vivientes de, pongamos por ejemplo, The walking dead, es la misma que separa Super 8 de la película casera que dentro de ella rodaban los niños. Cuarenta años no pasan en balde, en ningún aspecto de la vida, salvo en el hecho de que siempre gobiernan los mismos, o los hijos de los mismos. La noche de los muertos vivientes ya no asusta a los espectadores modernos, ni les obliga a taparse los ojos. Tenemos la piel curtida, y el miedo en otra parte: en los banqueros, o en los políticos. En los curas que bendicen la plutocracia desde sus púlpitos.
         La película de George A. Romero se ve con curiosidad científica, con atención de cinéfilo arqueólogo. Figura en el canon de las obras clásicas, de las aventuras pioneras. Habría que ponerse en la piel de sus primeros espectadores para juzgar el impacto real de la imágenes: los cadáveres en descomposición, los zombis comiendo carne humana, los seres amados convertidos en caníbales, la muerta neohippy que se pasea desnuda por el jardín... Impactantes, con toda seguridad. Históricas, en un sentido aterrador. Habría que viajar al pasado, y usurpar otra piel y otro pensamiento, para entender la truculencia brutal de la experiencia. 



            O eso, o verla por primera vez siendo un niño de diez o doce años, con poco bagaje peliculero, asustadizo como pocos. Justo el niño que yo era cuando pasaron La noche de los muertos vivientes por aquel  programa de los lunes por la noche, Mis terrores favoritos, que presentaba Chicho Ibáñez Serrador, el mismo tipo del Un, dos, tres... Los lunes era el día que mi padre descansaba del trabajo, y le gustaba reunir a su familia a la hora de la cena, alrededor de la tele, viendo las películas de miedo que a él tanto le gustaban. ¿Cómo justificaba su falta de tacto –o su falta de juicio- con los habitantes más pequeños de la casa? Echando mano de la retórica antigua, de la pedagogía desfasada: “Así os acostumbráis, y os curtís”. Era un hijo de su tiempo.



            Recuerdo al psicópata que armado con su fusil, subido en lo alto de un edificio, disparaba al tuntún contra al gente, en aquella película que muchos años después supe que era Targets, de Peter Bogdanovich. Recuerdo el miedo que pasé los días siguientes, temeroso de las azoteas, de las terrazas, de los ventanales altos, en el León bullicioso de psicópatas imaginados, al principio de los ochenta.
            Recuerdo la noche en la que no pude, y no quise, pegar ojo, temeroso de que un segundo después de ceder al sueño, un ultracuerpo saliera de su vaina alienígena y usurpara mi identidad, y mi vida, como en la pesadilla en blanco y negro de Don Siegel que terminaba de amargarme la cena.
            Recuerdo la otra noche que también pasé en vela, oyendo el zumbido de la mosca inexistente que pululaba por mi habitación, prima de aquella otra que se había colado en mitad del experimento teletransportador, y que le había jodido el cuerpo y la existencia a Vincent Price en La mosca.
            Recuerdo, también, aquella noche apacible en la que me dormí casi al instante, agradeciendo a los dioses que el puto Ibáñez Serrador, por una vez en su vida, en un acto caritativo con los espectadores más jóvenes de su programa, ofreciera Abbott y Costello contra los fantasmas, que era de terror, sí, pero de risas. Recuerdo que no dejé de reírme con la película, mitad porque tenía gracia, la maldita, mitad porque el alivio de un lunes sin miedo me recorría el estómago como un cosquilleo liberador.

            Recuerdo, además, que jamás me acostumbré. Ni me curtí. 

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