Después de la boda

Cansado ya de contemplar el lado oscuro de la sociedad iraní, tomo el vuelo Teherán-Copenhague y regreso, muchos meses después, a la luminosa Dinamarca de Susanne Bier. La pena es que en Después de la boda no sale mucho Dinamarca. El dramón familiar de hijos secretos y enfermedades calladas transcurre en salones y oficinas que bien podrían estar en Copenhague, o en Ponferrada. Sabemos que es Dinamarca porque nos lo dicen, y porque todas las mujeres, incluso las menos agraciadas, despiertan en uno el deseo instantáneo, tan nórdicas y civilizadas ellas. También porque en la gran boda que da nombre al título, decenas de banderas rojiblancas nos recuerdan que estamos en un país de europeos verdaderos, trabajadores íntegros que pagan sus impuestos, y miran mal a quien no cumple, y no en el país que se parte el culo de admiración por Carmina Ficticia, en esta Norteáfrica donde uno, escandinavo de corazón, ha tenido la mala suerte de nacer.
            Es el puto dominio infructuoso del inglés, que me impide cortar amarras y lanzarme a navegar los mares del Norte.



            ¿Puede un rostro asimétrico de nariz imposible y comisuras de los labios caídas, resultar ya no sólo agradable, sino bellísimo, inductor  del enamoramiento más rendido y entusiasta? Sí, por supuesto. Stine Fischer Christensen, que así se llama la actriz que encarna a Anna, es la prueba fehaciente de tal milagro. Tan feo es su nombre - suena a retahíla de gabinete de abogados-, como hermoso es su rostro. Danesa de las morenas, de las que son excepción en el reino de las rubias, pero que compite con ellas en igualdad de méritos. Actriz de currículum escaso, casi restringido a la Jutlandia, de biografía sucinta y poco explicativa. Salvo en la versión danesa de la Wikipedia, claro está, donde cuenta con un artículo tan prolijo como ininteligible. Un amor verdadero por Stine requeriría un aprendizaje inmediato de su lengua. Un Método Maurer del danés en mil palabras para traducir al castellano sus biografías y conocer mejor a quien ya es el vigésimo amor mío de este año. Antes de que venga el  vigésimo primero, en cualquier película, en cualquier episodio de la serie más inesperada, y destrone a quien ahora mismo, con mi corazón en llamas, prendado como pocas veces, es inconcebible destronar.


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