Transsiberian

En estos inicios de octubre vivo muy enamorado de Emily Mortimer. Cada dos o tres días, ella pasa por mi televisor para dirigir el noticiario de la ACN en The Newsroom, y eso ha creado entre nosotros un conocimiento más cercano. Ahora que casi hemos intimado, me doy cuenta de que su rostro, atractivo y pizpireto, se compone de fragmentos sorprendentemente imperfectos: el mentón sobresaliente, el párpado caído, la simetría descolocada... Su belleza es un enigma fisonómico, un imposible magnético. Emily despierta en mi corazón un amor sosegado, un sentimiento otoñal que vive muy alejado de las florecillas primaverales que antes embriagaban mi deseo.



            Hoy he conocido a Emily fuera del trabajo, en la película  Transsiberian, Ella se ha tomado unas vacaciones para recorrer el Asia profunda y olvidar sus peleas continuas con Will McAvoy. Pero el asueto le ha durado media hora escasa, a la pobre desdichada. Es lo que tiene dejarse llevar por los latin lovers con pinta de traicioneros, Te echan el polvo del siglo y a continuación, mientras te duchas el sudor y el sofocón, y quieres ponerte guapa para cenar en el vagón restaurante, te ponen una droga en la maleta para que te comas el marrón ante la policía ex-soviética, en la aduana erizada de púas y  perros. Son los peligros de enamorarse de un tipo con el jeto de Eduardo Noriega. De caer bajo el influjo de su sonrisa irresistible y cínica, que nada bueno presagia. Son apuestas muy arriesgadas, estos romances con los machos más atractivos de nuestra especie. Y mira que se lo tengo advertido, a la buena de Emily. Que los feos seguimos siendo la apuesta más segura. Pero ni caso, oye.


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