Habemus Papam

Hay veces que no ves venir una película mala ni siquiera cuando ya has llegado a su mitad. Te engatusa con un arranque original, con un desarrollo que promete grandes hallazgos y relevantes filosofías, y luego, cuando menos te lo esperas, con la siesta o la hora prudente de acostarse ya sacrificada, te suelta un zarpazo como una gata arisca y te deja tirado en el sofá, rumiando de nuevo tu estupidez, tu escasa capacidad de anticiparte a los bodrios.
Habemus papam es un ejemplo canónico de estas películas traicioneras. Uno que yo sacaría en un simposium para ilustrar mi docta disertación sobre el asunto. Tengo que decir, no obstante, en mi defensa, que la elección frustrada de un Papa de Roma filmada por Nanni Moretti era un anzuelo con gusano gordísimo que gritaba cómeme. Uno esperaba que Moretti, tan agnóstico y tan izquierdista, tan cercano a la sensibilidad social y política que uno mismo vota y defiende, se marcara aquí un retrato ácido de la curia romana. No una cosa chabacana, o facilona, que se congraciara con nuestro ateísmo pero ofendiera a nuestra inteligencia, sino algo elegante, estiloso, que desnudara los torvos pensamientos de estos nigromantes sin insultarlos o ridiculizarlos. Una mirada por aquí, una sentencia por allá, un pecado inconfesable que se adivina más que se sabe... Un trabajo muy fino y muy estudiado. Moretti, sin embargo, en un ataque de respeto genuflexo hacia la sagrada institución, temeroso quizá de Dios y de sus castigos ahora que ya encara el declive pitopaúsico de su edad, trata de colarnos un retrato amable, condescendiente, muy petardo, de estos guardianes obesos y mefistofélicos de la que, dicen ellos, Verdadera Fe.



Uno sólo empatiza con un personaje,  ese anciano cardenal Melville que elegido de rebote para ser Papa, se oculta del mundo acuciado por las dudas. Michel Piccoli ayuda mucho con su interpretación. Es el único personaje verdaderamente humano de la función. El único que no se deja llevar por el protocolo, por la tradición, por la ayuda ciega del Espíritu Santo. El único que en verdad está cerca de Jesús, el fundador, que también dudó en el momento supremo del destino. Mientras el cardenal Melville vaga por las calles de Roma buscándose a sí mismo, los demás cardenales, encerrados en el Vaticano, juegan a las cartas o se enfrascan en estúpidos torneos de voleibol. Quizá sea ésta, después de todo, la crítica finísima que Moretti logra colar en el aparente lisonjeo a la curia gordinflona: su pasividad, su robotismo, su petulancia de infalibilidad disfrazada de confianza ciega en las Alturas. Su vanidad. O quizá soy yo el que quiero interpretarlo así para disculpar a Nanni, el Moretti, que tantas veces me hizo sonreír cuando montaba en su moto y recorría las calles con su casco blanco, sus gafas negras y su filosofía siempre agradecida. 

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