La piel suave

Recupero, de las tinieblas del olvido, la que siempre tuve por mejor película de Truffaut, con excepción hecha de Los cuatrocientos golpes. La piel suave es, en efecto, una gran película, muy superior a la media del encumbradísimo cine francés de la época. Pero se ha quedado antigua, como casi todas. Su protagonista es Pierre Lachenay, un cuarentón bajito, gordito, con papada papal y gafas de concha. Su personaje es famoso, sí, porque sale en las tertulias de la tele, hablando sobre Balzac. Pero hoy en día, con semejante aspecto, y semejante currículum intelectual, no se comería un rosco en el festín de las hembras apetecibles. Puesto a ser infiel con su esposa, tendría que conformarse con una mujer del montón, de las que pasan a millares por nuestras vidas de homínidos siempre predispuestos, y conformistas con cualquier retozo.



         Sin embargo, en La piel suave, porque los sesenta eran otros tiempos, y a Truffaut le encantaba soñar con estas posibilidades, Pierre se trajina a una azafata de muy altos vuelos. Ella es joven, sofisticada, preciosa, multilingüe:  Françoise Dorleac. Los pilotos se la rifan. Los hombres de negocios suspiran por ella. Y llega Pierre, con un rollo patatero sobre cómo se autoeditaba Balzac los novelones, y la deja patidifusa de amor en un solitario hotel de Lisboa. Eso, en la Francia culta de los años sesenta, quizá tuviese un pase. Las mujeres eran distintas. Incluso las más guapas, eran distintas. A los feos del mundo aún les quedaba la esperanza de deslumbrarlas con su saber enciclopédico, con su disertar profuso sobre la nada. La inteligencia era un arma en decadencia, pero aún podía matar unos cuantos pájaros sexuales. Pero son cosas de los tiempos pretéritos, del paraíso erótico que los hombres con gafas de mi generación ya no tuvimos la suerte de vivir. 



       El planteamiento de La piel suave se ha quedado inverosímil y ridículo. Para salvar dos décadas de diferencia entre amante y amada, ahora hay que poner mucha carne en el asador, mucho gimnasio, mucha tableta. Las mujeres son, después de todo, tan superficiales y triviales como nosotros. Ya ni los graciosos se comen una rosca, así que no te digo nada los que vamos de intelectuales, o de complejos. Sólo las mujeres menos hermosas impiden la extinción de nuestros genes. Se conforman con nada y con menos, las pobres. Ellas son cómplices de la propagación perniciosa de nuestra fealdad, de nuestro intelecto coñazo. Ellas, las feas que nos aman, o que dicen amarnos, también son culpables de la decadencia de nuestra especie.


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