Contagio

Veo, por la tarde, en la siesta aún pegajosa de septiembre, el penúltimo acercamiento de Hollywood al subgénero de catástrofes. Se trata de Contagio, de Steven Soderbergh, director tan mencionado en este blog para lo bueno y para lo malo. Contagio es una película fría, distante, casi documental. Aunque son millones los muertos causados por el virus, no se ven grandes masas, ni grandes disturbios. La acción transcurre en los hogares, en los despachos, en los laboratorios, con muchos personajes pululando por la pantalla anodina. Algunas de sus peripecias te secuestran la atención, pero otras, metidas con calzador para inflar el número de cameos, o poseedoras de una intención dramática que sólo Soderbergh podría explicar, sólo provocan el bostezo y el despiste. 



 Al final queda la decepción inconfesable de ver cómo el mundo logra salvarse en el último instante, gracias al tesón indomable de una científica que, por supuesto, es norteamericana y, por supuesto, es una mujer hermosa. Porque uno, en estas películas, al contrario del público general, lo que desea es que la catástrofe progrese, que los cadáveres se apilen, que la humanidad se vea reducida a la lucha animal por la supervivencia. Como ocurría en Hijos de los hombres, o en La carretera, o en el episodio inicial de The walking dead. Ciudades arrasadas, pueblos abandonados, carreteras colapsadas por los coches vacíos. Gente que se mata por una chocolatina o por un charco de agua. Ésas son, sin duda, las grandes películas. Quizá porque resultan las más dramáticas y salvajes. Quizá porque la misantropía que uno lleva en el carácter encuentra en ellas el colmo de su dicha, la culminación de su deseo más inconfesable: que todos, todos ellos, el vecino ruidoso, el compañero insolidario, el familiar insufrible, el conductor alocado, el alcalde corrupto, el banquero ladrón,  todos, todos juntos, desaparezcan de la faz de la Tierra gracias a la colisión de un cometa, o a la glaciación de los mares, o a la expansión imparable de un virus como el de Contagio. Aun a riesgo de perecer uno mismo en la tragedia. Pero en estas fantasías, precisamente porque son mías, y yo las escribo y las dirijo con pulso firme,  siempre me salvo, junto a mis seres más queridos, y a mi perrete.





   

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