Una mujer en África

Durante unas horas terribles del atardecer he temido estar loco. Loco de remate. De los de verdad, de los que son conducidos al manicomio arrastrados por cuatro forzudos de bata blanca. O eso, o un delirium tremens sin alcohol. O un rapto psicótico sin marihuana. O un traumatismo craneal sin accidente. Así he pasado la tarde, con el sofocón, barajando las distintas explicaciones de mi mala cabeza, hasta que los foros de internet, a veces tan frustrantes, a veces tan salvíficos, vinieron a mostrarme que no estaba loco, o que al menos mi locura era ampliamente compartida. Que Una mujer en África, dijeran lo que dijeran algunos críticos insignes, era una sandez inexplicable, inexplicada, el despliegue emocional de una Isabelle Hupert entregada a la causa de la nada, entrando y saliendo del jodido cafetal sin más propósito aparente que entrar y salir. 


Tengo que apuntar el nombre de estos críticos, en una libreta. Siempre lo digo, pero nunca lo hago. Luego pasa el tiempo y se me olvidan sus nombres. Y así nunca me desembarazo de ellos, porque tarde o temprano vuelvo a toparme con sus gustos antipodianos, con sus opiniones marcianas, con la autoridad intimidante que otorga el escribir en un periódico de prestigio, o en una web de lujo, aunque suelten, sin que les tiemble la escritura, que Una mujer en África es la obra maestra del último cine francés. Tengo que apuntarlos, sí… A estos sospechosos habituales.



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