Acero puro

Ahora que hemos regresado de la caldera mediterránea al noroeste climáticamente civilizado, anda Pitufo medio cabreado conmigo. Y no porque se hayan terminado los días de playa, sino porque no entiende, no concibe siquiera, como él puede considerar Acero Puro una obra maestra mientras que yo, a su lado, cuando la veíamos en nuestro sofá recobrado, no podía disimular el bostezo que me arrancaba semejante majadería. Si Acero Puro, con su historia de padre desastroso e hijo inteligentísimo, pretendía unir a las familias del mundo en un hermoso brazo, a nosotros, que también somos padre desastroso e hijo inteligente, nos ha jodido la relación para unos cuantos días. Gracias, Hugh.



            Esta vez no he podido disimular mi cabreo de espectador. Ante la posibilidad casi segura de ofender los sentimientos de Pitufo, se impusieron razones más altas y honestas, que tienen que ver con el Arte y con la Decencia, así, en mayúsculas.  En Acero Puro están contenidos todos los golpes bajos del melodrama, del culebrón, del sentimentalismo. Dos horas insufribles que pretenden  arrancar la lágrima facilona y la emoción falsificada. Acero puro es una trampa, un horror, una falacia. Una basura. Y sin embargo, cualquier película que haga feliz a Pitufo siempre tendrá un lugar en mi corazoncito. Cuando uno se entrega libremente a las películas malas, éstas pueden llegar a ser divertidas. Se puede disfrutar del cine malo cuando uno está solo en el sofá, riéndose de la vida, y de uno mismo, por la mala elección. Pero al lado de un hijo, uno vive la dicotomía fastidiosa de querer tragar lo intragable. Sólo el tiempo me liberará de este castigo. Y de todos los demás, lamentablemente.
            Y basta ya.


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