Patton

Recuerdo haber visto Patton de niño, con diez o doce años, en un reestreno para la pantalla grande que entonces era práctica habitual. Había batallas, tanques, cañonazos, y el general soltaba muchas veces la expresión “hijo de perra”. La fiesta absoluta para un niño de barrio. Eran una fiesta, sí, las películas de guerra. Nunca nos perdíamos una cuando la daban en la tele, o cuando la ponían en el cine. Sobre todo si era de la II Guerra Mundial, que nos la sabíamos de cabo a rabo, desde las playas de Iwo-Jima hasta las playas de Dunquerque. 



       Si caía un soldado alemán nos alegrábamos, porque ellos eran los malos, los jodidos teutones. Caían a decenas, en cada cañonazo, lanzados al aire como guiñapos por la fuerza tremebunda de la onda expansiva, portadora de la verdad y la democracia. Siempre se llamaban Otto, o Hans, o Karl, y merecían la suerte que les había deparado el destino, por estar en el lado equivocado de la trinchera. Sentíamos pena, en cambio, si el que moría era un soldado americano, porque era una muerte siempre injusta, agónica, en la última bala de los diez ametrallamientos que lo persiguieron, con música muy sentida mientras transmitía sus últimos deseos a los compañeros. Al final siempre lo enterraban en una fosa improvisada con su fusil haciendo de cruz, y en la culata grababan Sam, o Bill, o Jim, el nombre invariablemente monosilábico del muchachote que se había ganado nuestra simpatía porque guardaba bajo el colchón la foto de su novia rubiaza en bikini.



       De niños teníamos estos sentimientos, sí, pero no íbamos al cine para conmovernos por el drama humano. Sabíamos que esas batallas no eran inventadas, que habían causado muertes reales en escenarios sangrientos del pasado. Pero era un conocimiento sin emoción, neutro, como el que se aprende en un libro de texto. A nosotros nos interasaba ver en acción a los Panzer, a los Stukas, a los Spitfire, a los lanzallamas que casi siempre llevaban los alemanes, y que arrasaban con un montón de soldados aliados a la vez, en un churrascazo de mucho cuidado que nos dejaba muertos de envidia. Quién tuviera uno así, en el cole, para freír a unos cuantos capullos en su punto… Éramos unos pequeños psicópatas, unos pequeños cabronazos insensibles. Unos monstruos fascinados por la tecnología de la muerte.



       Hoy he vuelto a ver Patton. Es una película que se ha quedado vieja. Muy vieja. Ya no puede conmover a nadie, excepto a los carcamales que sueñan con pasados heroicos, y con marchas militares sobre Cataluña. Hoy en día, la glorificación de un militar es igual de ridícula que la glorificación de un político. O de un obispo. Ya sabemos quiénes son, los unos y los otros. Sabemos de sobra qué les anima, qué les reconcome, qué les mueve a la acción. Qué mierda esconden detrás de las grandes palabras y de los grandes gestos. No son trigo limpio. Nunca lo fueron. Patton, la película, con su amable retrato del generalote malhablado y campechano, ya es prehistoria del cine.



       El general Patton, setenta años después de sus hazañas bélicas, cuarenta después de su beatificación cinematográfica, mueve más a la risa que a la loa. Ya no infunde respeto, el personaje. Hay un momento en la película, enfrascado en su reyerta personal con el general Montgomery, en el que decide sacrificar a buena parte de sus soldados para ser el primero en tomar Messina. Sólo para eso. Los altos mandos le riñen, le dicen que eso no está bien. Le dejan sin jugar unos cuantos meses, alejado de sus divisiones, pero luego, porque necesitan de su psicopatía y de su carácter indómito para vencer a Hitler, le envían a Francia para seguir comandando un ejército. Lo triste no son los sucesos, ya inevitables y sabidos. Lo triste es que la película condesciende con el personaje. Son las cosas del abuelo, parece decirnos. Es que está un poco gagá, el jodido viejete. Un personaje muy culto y muy versado en poesía, se nos remarca varias veces en el metraje. Un tipo entrañable, y muy leído. Un visionario, además, de la Guerra Fría, que nada más terminar la II Guerra Mundial ya quería invadir Polonia de nuevo, como el otro. La hostia, el bueno de George. En el fondo, un incomprendido. El genio universal de la estrategia. El portador de los valores eternos del US Army. Que se lo digan a los soldados que murieron en Sicilia por su culpa, innecesariamente, sólo porque a George le picaba el ego. Cojonudo, el Patton…


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