El vuelo de la paloma

Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas. Los ridiculizaban en las películas españolas, como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.
            Termino de ver El vuelo de la paloma, comedia entrañable del dúo García Sánchez y Azcona, y una insidiosa melancolía se instala en mi ánimo. Aquí se ríen de un fascistilla que regenta la Asociación de Amigos del Tirol, y que se pasa todo el día asomado al balcón, lanzando proclamas, exhibiendo banderas, riñendo a los artistas que ruedan una película en su plaza por no hacer películas como las de antes, como Raza, como ¡A mí la legión!, como Los últimos de Filipinas... Cuánta risa nos daban entonces los fachas, sí. Quienes íbamos al cine pensábamos que estos tipos ya eran toro pasado, carne de carcajeo, fantasmones sin susto. Pensábamos que España era un país definitivamente moderno, liberal, europeo. Eran los años de la movida, del revolcón, de los armarios abiertos. Los socialistas siempre ganaban las elecciones. Chanchullaban, mentían, traicionaban los principios, pero también construían hospitales, y escuelas, y repartían condones entre los jóvenes, aunque muchos no llegáramos ni a estrenarlos, perdedores eternos en la ideología ancestral de las mujeres guapas. 



            En los años ochenta pensábamos que todo el monte era orégano. Qué poco sabíamos. Sólo cuatro años después de estrenarse El vuelo de la paloma, un admirador de los viejos tiempos con mostacho falangista y cara de mala hostia, que encima odiaba a los rojos que hacían películas, gobernaba este país con una máscara de sonrisa falsa que te helaba la sangre. Luego se le subió la megalomanía hasta el bigote, y envuelto en banderas y en himnos militares nos llevó al borde del abismo moral. Desaparecido del panorama, creímos que su presencia sólo había un mal sueño, la psicosis colectiva de un puñado de votantes engañados por la prensa. Y alegres y triunfantes volvimos a reírnos de los fachas, de los derechistas carpetovetónicos, de los pijos de Nuevas Generaciones, de las rubias con mechas que sabían perfectamente cuanto costaba un bolso de Loewe y no tenían ni puta idea de lo que costaba un kilo de tomates. Cuánto nos reímos de ellos, sí, la España progre. Y de repente, en una cascada vertiginosa de acontecimientos que todavía no hemos acertado a digerir, unos fulanos dejan de pagar sus hipotecas en Estados Unidos y por arte de magia los tenemos otra vez aquí, a los nietos de los fachas, a los hijos de los derechones, trajeados, engominados, melifluos, riéndose ahora, a carcajada batiente, de nosotros, de los progres, de los rojos, de los perdedores de la historia, de los tontainas del buen corazón, de los ignorantes del negocio monetario. Y, sobre todo, de los titiriteros. Han subido el IVA en las entradas de cine del 8 al 21%. Por la crisis, dicen. Como si no supiéramos que es para ponerlos en su sitio. Para hundirles el negocio. Para que vuelvan a reírse…
            Para que volvamos a reírnos.


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