Little voice

Qué bueno es, Michael Caine. De joven y de mayor; de histrión y de sobrio; de actor principal y de relleno con caché. Da lo mismo. Sale aquí, en Little voice, haciendo de representante hortera de estrellas de cuarta fila, y es que lo borda, el tío. Camisa ridícula, medallón al pecho, patillas de rockero añoso… Michael puede con todo. Qué poco se le valora a este hombre. Busquen en las listas, en las infinitas listas sobre los mejores actores de la historia y bla, bla, bla... Sólo en algunas, en las más juiciosas, aparece el señor Caine asomando tímidamente la patita, entre los más rezagados del pelotón. Qué desvergüenza, qué desagradecimiento.


       “Buenas noches, príncipes de Maine, ¡reyes!, de Nueva Inglaterra”, les decía cada noche a sus huérfanos en Las normas de la casa de la sidra. Y cada vez que alguien, en la vida real, o en la fantasía de las películas, le dice buenas noches a un niño, me acuerdo de esta frase. Es un resorte automático. Me sigue emocionando como la primera vez, no sé por qué. Michael Caine -y el que le dobla, claro- se ha instalado en mi memoria como un amigo entrañable, sin conocerlo de nada.



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