El otro

Gentes muy entendidas en el arte de la actuación me recomiendan, con gran profusión de alabanzas, El otro, película argentina que protagoniza un actor por el que dicen beber los vientos, y arrodillarse en pleitesía: Julio Chávez. Yo les miento, por supuesto, y les digo que es un tipo al que ya conozco de otras películas, cojonudo y tal, de registros amplísimos, y de repertorio inmensurable. No sé si me creen, pues miento igual de mal que las monjas novicias, pero tengo que mantener la pose de cinéfilo global, que no sólo sabe de cine norteamericano, o español, o de las películas de Pixar vistas con el chaval, sino que es capaz de mantener conversaciones sobre las filmografías del Cono Sur, o del Extremo Oriente. Mi prestigio, entre los cinéfilos de verdad, es ínfimo, y tengo que defenderlo con uñas y dientes, tan delgadito él, como un tallo recién brotado.



       Me enfrento a El otro esperando ver una película argentina como todas, con mucha verborrea, mucho actor simpaticote, mucha mina que sin ser bella tiene el encanto irresistible de su dicción rioplatense.  Y lo que me encuentro, anonadado, es la otridad, la cara menos conocida del cine argentino. Su versión más arcana y minimalista. La película indescifrable que apela a la pasión nacional por el psicoanálisis ¿Cómo describir una película como El otro? Un tipo que viaja a otra ciudad, usurpa la identidad de un muerto, se tira a la Dulcinea más hermosa del villorrio y luego regresa a su vida como si tal cosa hubiese sucedido, sin aparente moraleja, sin vitales aprendizajes que el espectador pueda aprovechar para su aventura personal. ¿O he sido yo, quien sorprendido con la propuesta, no he llegado a entenderla? ¿Tan obtusa me han dejado la mente las cinefilias norteamericanas? Y más aún: ¿quién ha visto, en realidad, esta película? ¿Yo, yo mismo, el sujeto que esto escribe? ¿O fue, quizá, el otro, el yo que usurpa mi identidad a la hora de la siesta y ve el cine medio amodorrado y medio estupidizado?  


       Inmenso, sí, Julio Chávez. Supongo. ¿Cómo distinguir una interpretación minimalista de una no-interpretación, o de una interpretación sólo al alcance de los mejores? A los expertos encomiendo mi juicio.

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