Barbarroja

Comienzo a ver Barbarroja convencido de que es una película más de hostiazas y espadazos entre samuráis. Es en blanco y negro, de Kurosawa, con Toshiro Mifune en el papel principal... No hay equívoco posible. Sin embargo, al cuarto de hora, me veo inmerso en un drama de médicos con coleta que gestionan una clínica rural para pobres. Una clínica comunista, todo hay que decirlo, porque aquí, además de diagnosticar las enfermedades, los médicos se preocupan de las causas sociales que las provocan: de la pobreza, de la explotación, de la usura de los ricos... Y no cobran, además, a los más harapientos. Una película, pues, que presumo será poco a poco apartada de las programaciones, olvidada por casualidad en los ciclos dedicados al maestro japonés. Para que no cunda el ejemplo, y no surjan las preguntas incómodas, ahora que la salud habrá que pagarla, y copagarla, con unos extras exprimidos al bolsillo.


       Pero no todo en Barbarroja es enfermedad y pobreza. También hay alguna pelea que rompe la monotonía y mata el gusanillo de las espadas y las cabriolas. En su última película juntos, Kurosawa le permitirá a Mifune una exhibición final de sus habilidades marciales.  Será en el burdel del pueblo, contra una pandilla de proxenetas que le impiden cuidar de una prostituta enferma. Mifune los destrozará sin despeinarse un pelo de la barba, a pleno cachete, como un Bud Spencer de los barrios de Kyoto. La última de sus peleas para el maestro. El último desahogo de la testosterona. Una paliza crepuscular.


       En las casi tres horas que dura Barbarroja hay tiempo para todo: para estremecerse con la belleza de algunos paisajes; para bostezar con el movimiento ralentizado de los personajes; para ensimismarse con la poesía visual de algunas escenas; para sentir vergüenza ajena cuando los actores sobreactúan y dejan de hacer cine para representar una obra del teatro kabuki. Una mente obtusa y occidental como la mía, enfrentada al cine japonés,  trata de recoger las flores apartando las espinas. Sólo hay que tener un poco de paciencia para recoger el premio de un diálogo profundo o de un momento bellísimo, que siempre están al caer. Los largo-largometrajes japoneses son ejercicios sintoístas de la paciencia, prescripciones orientales contra la prisa. Me vienen bien, de vez en cuando...


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