Minority Report

Dejo que Pitufo busque entre mis películas y elige, de nuevo, porque está colgado de este paisano, una de Tom Cruise. Tom aparece en la carátula de Minority Report con gesto reconcentrado, a punto de echar a correr o de soltar una hostiaza mortal al primero que se le ponga delante.  A este paso, con sus cincuenta tacos bien llevados, lleva camino de convertirse en el ídolo inolvidable de Pitufo, como lo fue Harrison Ford en mi infancia por encarnar a Indiana Jones, y a Han Solo, y  al teniente Deckard de Blade Runner.



       Veinticinco años después de haberle conocido en Top Gun, Tom Cruise se ha reconvertido en héroe de mi hijo, como si fuera un huésped de nuestra pensión que nunca terminara de irse. Quince años más de retoques y de gimnasio, y mi nieto todavía podrá idolatrarlo en la octava entrega de Misión imposible, convertido en jefe veterano del cuerpo de espías. Pero no lo digo con recochineo. Lo cierto es que Tom se lo curra. Es uno de los actores más injustamente denostados por la crítica sesuda. Es verdad que ha participado en muchas basuras, en muchos productos de usar y tirar, pero un tío que se pega esos minutazos de Magnolia, que lo borda en Nacido el 4 de Julio, o que aguanta el tipo en una película tan extraña como Eyes Wide Shut, merece todo mi reconocimiento. Además, mientras sea el actor preferido de Pitufo, con sus misiones imposibles o sus guerras de los mundos, no seré yo quien empiece a señalarle los defectos. En la familia Rodrigari reina el silencio. Omertá. 



       Es una gran película, Minority Report, aunque los críticos la despacharan en su día con un simple psé sólo porque era de Spielberg y salía Tom Cruise pegando botes. No sé qué quieren. Minority Report es una película de las que animan el debate, de las que enfrentan filosofías sobre la predestinación de nuestros actos, tema enjundioso y de alta dialéctica que aquí viene envuelto en una trama futurista que no le resta seriedad. Pero a ojos de la crítica seria, esto que Steven y Tom perpetran aquí es infantilismo, esquematismo, filosofía de niñatos pijos. Ellos necesitan los tostones de Dreyer, los surrealismos de Buñuel, las intenciones crípticas de Guerín, para sentirse intelectuales. Mucho gris, mucho grano, mucha cosa rara que pueda ser interpretada de mil maneras. Las cosas serias vienen en formato adusto: ése es su mantra. Y de ahí no se van a apear. Minority Report es un blockbuster indigno de compararse con las películas de Dreyer, con esos autómatas recitando el Evangelio, esos silencios eternos de Dios, esas tablas del escenario teatral crujiendo a cada paso, crock, crock... Eso sí que es filosofía, teología, hermenéutica de lo impensado. Pues bueno, pues vale, pues me alegro.


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