Dreyerzol, el somnífero

Siente uno vergüenza al confesar que películas como Ordet o Dies Irae –tan aclamadas, tan danesas, tan vetustas, tan blanquinegrísimas- le aburren en grado sumo y hasta le provocan pequeños episodios de sopor. Porque uno ha leído mil veces que Dreyer es un maestro fundamental, insoslayable, obligatorio, y se siente culpable de no ver en su cine las glorias y brillanteces que otros sí ven. O que, al menos, dicen ver. Dicen que su cine indaga en los océanos del alma humana a una profundidad de buceo que pocos cineastas han logrado alcanzar. Como James Cameron buscando los restos del Titanic, vamos. Y yo no niego tales lecturas, ni tales intenciones en el artista, pues se ve que su cine es denso y pesaroso, telúrico y trascendente, pero a mí, como a tantos otros cinéfilos que no se atreven a hacerlo público, Dreyer me parece un plasta de mucho cuidado. 




            Rescato de sus películas un puñado de bellísimos fotogramas que son como composiciones pictóricas de helado tenebrismo. Le concedo, también, algunos diálogos suculentos que por segundos siembran en mí el germen de una reflexión, siempre que no traten de asuntos teológicos que nada me interesan. Y le reconozco, claro está, porque son películas nórdicas, y esos tunantes religiosos siempre van con una Biblia en la mano y una revista porno en la otra, esas mujerazas rubísimas que ni siquiera revestidas hasta el mentón pueden hacernos olvidar la belleza sonrosada de sus carnes vikingas. Pero lo demás –y lo demás en Dreyer es mucho- es de un tedio insoportable. Teatral en el sentido más peyorativo de la palabra: los personajes no parecen seres humanos, sino zombies, o autómatas, o retrasados que tardan segundos interminables en comprender, en responder, en actuar ante los estímulos. Muchos parecen locos, o gilipollas, o iluminados que ya gozan en vida de la visión beatífica de Dios. Los personajes de Dreyer alternan la reflexión aguda con la memez más absoluta, la más noble de las intenciones con la inacción cretina más desesperante. Los silencios de Dreyer, que a otros les sirven para sumergir batiscafos en el alma, a mí me transportan a pensamientos muy alejados de la película, que son casi siempre partidos de fútbol, o platos que habré de cocinar en breve, o respuestas certeras que tuve que haber dicho a fulano de tal y entonces no se me ocurrieron. 



            Ver una película de Dreyer es como estar a punto de morirse: una experiencia agónica en la que repasas tu vida entera. Solo que aquí no lo haces en décimas de segundo, sino en el marasmo de horas enteras y lánguidas. Cosa que al final, si me apuras, casi agradeces al maestro danés, pues son raros los momentos que uno encuentra para la reflexión íntima, y que él te alumbra con una luz de iglesia luterana muy conseguida.

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