Jungla de Cristal

Este ha sido el fin de semana de John McLane pegando tiros en las junglas de cristal. Bruce Willis es un tipo que siempre cae bien en sus películas, aunque luego, en la vida real, se convierta en el odioso vocero del Partido Republicano. Es un actor con carisma, sandunguero, con esa sonrisa cínica que a uno siempre se le contagia y le pone el día de buen humor. Hasta Pitufo, cuando Willis suelta su celebérrimo ¡Yipee-ki-yay, hijo de puta!, se parte de risa y declara haber encontrado un nuevo héroe para su mitomanía particular. Aunque sea calvo.


       Las Junglas de cristal son ágiles, trepidantes, entretenidas a más no poder. Pero contienen, ay, y de eso yo no guardaba memoria fidedigna, momentos de violencia que con un pre-adolescente sentado en el sofá le incomodan a uno. Hay tiros en la frente, cuerpos agujereados por ráfagas de metralleta, apuñalamientos feroces en luchas cuerpo a cuerpo… En la primera entrega figura un No recomendada para menores de 13 años que sí leí previamente, y que asumí sin problemas como padre funambulista a medio camino entre lo responsable y lo liberal. Pero en la segunda película, para mi sorpresa, porque el grado de violencia es equiparable, constaba un No recomendada para menores de 18 años que sólo leí al final, por pura casualidad,. Es una incoherencia que no se explica muy bien ¿Será, quizá, por los tacos, que en la segunda entrega abundan más que en la primera? Pero a nosotros dos, la verdad, el hijoputa o el jódete nos impresionan más bien poco. Pitufo y yo somos hombres de fútbol, de grandes ligas seguidas en los bares, de pequeñas ligas seguidas en la grada, de partidos jugados al límite con gente muy nerviosa y paleta a nuestro lado, y tales vocablos ya forman parte de nuestro universo cotidiano. Flotan en el aire que respiramos cada día, inevitables como el oxígeno, o la polución. 


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