Nunca me abandones

Termina, para mi mal, porque aún resuena en mis oídos la música de las esferas, el mundial de snooker, y tras dos semanas de abandono, desde los tiempos remotos en que vi Bubble, retomo la rutina monacal de ver una película al día con Nunca me abandones.
       Si es verdad que lo que mal empieza mal acaba, me espera un mar de aburrimientos hasta que el día 8 de junio comience la Eurocopa de fútbol, y vuelva a amarrar en puerto el barco de las películas. Me han engañado, miserablemente, con Nunca me abandones. Había leído cosas sobre ella que luego, a la hora de la verdad, no he visto ni por asomo. La ciencioficcionesca historia de los niños criados en internados británicos para servir de bancos de órganos era, en principio, motivo suficiente para acercarse con curiosidad. Uno pensaba encontrar algo parecido a Gattaca, o a La fuga de Logan, cine de evasión más o menos logrado con alguna reflexión sobre nuestro futuro tecnológico y ético, pero luego, para decepción mayúscula, termina viendo un dramón victoriano de amoríos declarados a la puesta de sol. Este tal Romanek nos hace picar el anzuelo futurista para luego endilgarnos un triángulo amoroso más visto que la mentira de un político, con el agravante, mortal para quien esto escribe, de que un tercio de este triángulo transcurre en la edad infantil de los amantes, en estampas ridículas de música empalagosa y monólogos cursilísimos que son como lenguas de miel cayéndole a uno por la cara. Un asco. Con la desvergüenza, añadida, en el colmo de los martirios, de asignar los papeles principales a estas dos actrices tan frustrantes para el espectador masculino: a Carey Mulligan porque es guapa, pero no está buena, y a Keira Knightley porque no es guapa, pero está buenísima (y que además, aquí, no sé por qué, sale con una pinta de bruja tremenda). Un horror mayúsculo. 



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