Louie. Mad Men

Debe de ser el calor, que me adormece los sentidos y las apetencias, pero en estas canículas de mayo no tengo hambre de otras ficciones que no sean Mad Men. El resto de mis obsesiones se ha hundido bajo capas de tejido cerebral, y ahora sus golpes suenan acolchados y lejanos. La impaciente jauría está, de momento, a buen recaudo en el manicomio de mis profundidades. Ahora el monotema de mi corteza cerebral es Don Draper, y los personajes que lo acompañan en esta cuarta temporada. Antes tuve que repasar por entero la tercera, porque se me habían olvidado, o al menos difuminado, partes centralísimas del argumento. Son las cosas que a uno le van sucediendo con la edad. He revisitado estos trece episodios con la sensación, incómoda y preocupante, de estar viéndolos por primera vez. Sólo en las escenas más dramáticas he podido anticiparme al desarrollo de la trama. La tercera temporada de Mad Men ha sido, quizá, el primer gran fracaso de mi antes prodigiosa memoria. El Waterloo de mi exuberante juventud de cinéfilo. Un aviso de que, a partir de ahora, habré de poner más atención en lo que veo, reduciendo los soliloquios neuronales que tanto me dispersan la atención, o tomando notas de lo importante en un cuaderno secreto de tapas rojas: “Mad Men, temporada 4ª, episodio 1, asuntos principales: ...”

                                                   

    Louie, con sus ratejos de veinte minutos que voy entresacando de los deberes, es el postre suculento que arruina esta frugal y espartana dieta. Hay más chicha, más calorías, más toxinas en cualquier monólogo de Louis C.K. que en tres lánguidas horas de Mad Men. No más verdad, ni más mentira, porque ambas series desnudan al ser humano en lo más íntimo e inconfesable. Lo que pasa es que en Mad Men no hay prisa ninguna, todo se cuenta con estilo, las tías están buenísimas y los tipos son la envidia de cualquier semifracasado de la vida como yo. Aquí los guionistas juegan sus cartas con lentitud, porque saben que nos tienen encandilados y rendidos, y van soltando su sabiduría en gotitas que son como de Chanel nº5. Louie, en cambio, es un tipo gordo, divorciado, pajillero, que suelta sus verdades de un modo directo y guarrindongo. El perfume de Mad Men aquí son supositorios del tamaño de un pen drive que te producen úlceras en el culo mientras te matan de la risa. Louie retrata nuestras miserias en tres brochazos demoledores por cada episodio: zas, zas y zas.  En lo demás, en el relleno que le va llevando de un pensamiento genial a otro, no pone gran cuidado. La serie es, si me apuran, hasta mala. La antítesis artística de Mad Men: apresurada, obscena, grotesca, marciana... Casi todo el mundo que sale en Louie es feo, o tonto, o deforme, o tiene un serio problema de salud mental. Y sin embargo ambas series combinan a la perfección.  Si Mad Men pone el énfasis en las miserias de los triunfadores, Louie pone el acento en la dignidad de los perdedores. En ellas nadie es del todo bueno ni malo, ni seguro ni indeciso, ni respetable ni despreciable. La vida misma. 





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