El Caballero Oscuro

Pocas veces hemos compartido Pitufo y yo una película como El Caballero Oscuro, que nos dejara tan satisfechos a ambos. Sólo en el planeta Pixar hemos alcanzado consensos de tamaño calado. Sin ir más lejos, hace unas semanas, mientras Pitufo se lo pasaba teta con las desventuras aceleradas de John McLane, yo iba preguntándome, cada vez que la acción se tomaba un respiro, qué había visto yo en estas películas para considerarlas ya no sólo buenas, sino míticas, imprescindibles, casi fundacionales. Con El Caballero Oscuro, en cambio, he vuelto a experimentar esa sensación, indescriptible, casi mística, que quizá solo entiendan los drogadictos o los borrachos concienzudos, de estar suspendido en el tiempo, de no sentir su paso, de salir flotando por la ventana y colarse en un mundo ajeno donde unos tipos millonarios se disfrazan de buenos y malos para montar una farsa inolvidable.
       Pitufo, a mi lado, no ha dejado de reírse con las ocurrencias y astracanadas del Joker. O él no ha entendido nada de lo que aquí se dilucidaba -el debate profundo y muy serio sobre la naturaleza retorcida del ser humano- o he sido yo, por el contrario, el engañado por Christopher Nolan, que me ha hecho tomar por filosófica una pelea ridícula, disputada entre un ricachón vestido de murciélago y un pirado con la cara pintarrajeada, en el trasfondo de una ciudad gótica sacada de las pesadillas de un lunático. Es posible. Quizá el clarividente aquí sea Pitufo, y no yo. Si a El Caballero Oscuro le quitáramos las frases rimbombantes y las filosofías del Bachillerato, tal vez se quedara, efectivamente, a ojos de un niño que busca diversión, en una simple función de guiñol, con el héroe y el malo, la chica y el policía, los mamporros y las persecuciones.

  




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