Tren de sombras

¿Es un documental? ¿Es una película? ¿Es un capricho fílmico? ¡No! Es José Luis Guerín haciendo, una vez más, de las suyas. ¿Qué diablos es Tren de sombras? Peliaguda pregunta que no pienso responder sin la presencia de mis abogados, por miedo a meter la pata hasta el corvejón y ser carne de improperios y pitorreos varios. Hasta el corvejón, sí, pues burro o cuádrupedo me considero al enfrentarme a Tren de sombras sin ser alcanzado por su pretendido magisterio, por su poderío evocador, por su elevada poesía para vates modernos.


       José Luis se encuentra (o le hacen llegar, o los rueda él mismo en una farsa boba, no queda muy claro) unos rollos de celuloide pertenecientes a un abogado parisino llamado Fleury, desaparecido en extrañas circunstancias en el año 30. Fleury era un cineasta amateur que dedicaba sus ratos de ocio a filmar los esparcimientos burgueses de la familia. Así transcurren los primeros veinte minutos de Tren de sombras, en absoluto silencio, con la proyección de estos pequeños cortometrajes caseros deteriorados por el moho y la humedad, hasta tal punto que algunos pasajes son puro ejercicio visual de adivinación. Luego, como ya hiciera en Innisfree, José Luis regresa a la masión del tal Fleury para realizar un recorrido poético por las habitaciones y los jardines tal y como son en el presente. Y entre puertas que se abren, cuadros que cuelgan, relojes que tictacean y cortinas que son mecidas por el viento alcanzamos la hora de metraje.


       A continuación, en un giro extraño de los acontecimientos, volvemos a ver fragmentos de los cortos de Fleury, pero esta vez manipulados en la sala de montaje de José Luis, con imágenes puestas en paralelo, aceleradas, rebobinadas, detenidas en  fotogramas supuestamente reveladores. ¿Qué descubrimos ahí? Que el señor abogado se zumbaba a la doncella. Ya ves tú, qué novedad, en la burguesía. Hay en las filmaciones como miradas, como amagos, como acercamientos inapropiados que se ven, o más bien que se intuyen, pues queda la duda de si todo esto no es, en realidad, un juego que se trae José Luis con el espectador. Sea como sea, al final de la película, para enredar todavía más el experimento, aparecen unos actores modernos interpretando a los protagonistas del idilio mudo, recreando, ya en colorines y con palabras, una de las escenas más “comprometodoras” del film, un tierno paseo sin contacto corporal por los senderos ajardinados de la mansión.



       Creo, o creo entender, la moraleja planteada por Guerín: que el paso del tiempo nos convierte en sombras, en espectros, en recuerdos que con suerte perduran en los soportes materiales de la fotografía o del celuloide, pero que estos también, ay, están sujetos a la corrosión, a la pérdida definitiva. Por ahí, supongo, que van los tiros. ¿Pero era necesario todo esto? Vivo retirado en mi sofá y ya sólo espero divertimentos de exposición clara y mensajes definidos. Aléjense de mi los pesados esfuerzos del acertijo, de la poesía simbólica, de la metafísica neuronal de la imagen en movimiento.



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