Quiéreme si te atreves

Llega la noche y estropeo el día viendo Quiéreme si te atreves, tontería francesa a la que –lo confieso- sólo me acerqué para contemplar a Marion Cotillard en la flor de su juventud. Ni siquera la he visto terminar. Marion ha tardado veinte imperdonables minutos en aparecer, y cuando lo ha hecho, la trama seguía siendo una estupidez indescifrable, un pretencioso cuento infantil con ínfulas de comedia romántica. Un despropósito que llegadas las doce de la noche he cercenado por la mitad, sin miramientos, a pesar de la presencia de Marion, y de su belleza intraducible a los versos. El desperdicio de mi vida, una vez más. La biológica condena del macho atrapado en su deseo.


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