Las invasiones bárbaras

Marie-Josée Croze no se me va de la cabeza. Después de haberla reencontrado en La escafandra y la mariposa, esta noche he soñado con ella, en un sueño muy puro, lleno de afecto y ternura. Marie-Josée, no sé cómo ni porqué, reposaba su culo desnudo en mi mesa de trabajo, ofreciéndolo al tacto respetuoso de mi mano. No había nada más en el sueño, nada al menos que yo recuerde, pero me he levantado de la cama con una erección considerable. Una como de hace veinte años, muy melancólica, infrecuente ya en estos tiempos. Hoy ando obsesionado con Marie-Josée. Tiene esos incisivos escondidos tras el labio superior que a mí tanto me excitan, semiocultos en cada sonrisa, y en cada duda. Es amor verdadero lo que yo siento por esta mujer, sin conocerla de nada, en una imposibilidad metafísica de mi pasión.



            Ya he decidido que esta noche volveré a citarme con ella en Las invasiones bárbaras, película  que compré hace años con el periódico por cuatro duros, sin que esos tontainas cayeran en la cuenta de que la mera presencia de Marie-Josée habría justificado un precio desorbitado, de cuadro de Van Gogh, de boceto recién encontrado de Da Vinci.  Pero antes de la cita, en un rato robado a la realidad de la  tarde, me afano en buscar datos sobre ella que calmen mi hambre por conocerla. Como no es una actriz de las famosas hallo muy poca cosa. Ni el IMDB, otras veces tan locuaz, me descubre nada deslumbrante, ni picante, ni morboso. Que Marie-Josée nació en Montreal y que tiene dos años más que yo. Poco más. Por no decirme, no me dice ni con quién se acuesta hoy en día, ni con quién se acostó en el pasado. Sobre este asunto, capital para mí, reina un silencio sospechoso en su biografía. Pero no me rindo. Acudo a la Wikipedia, a su virrreino del idioma francés, a empaparme de la vida de Marie-Josée en el mismo idioma con el que ella me habla en las películas, pero lo que allí encuentro sólo es una versión resumida y reorganizada de lo poco que mostraba el IMDB. Podría lanzarme directamente sobre Google a teclear búsquedas en inglés, en francés, pero ya no tengo ánimos. Ni tiempo. Una oleada de respeto me invade. Si Marie-Josée no quiere que se sepa, yo, entregado a sus deseos, no sabré.


            Como estaba previso, esta noche nos hemos vuelto a citar en Las invasiones bárbaras. Otra película, para no romper el signo de estos días, en la que un hombre de mediana edad poco cuidadoso con su salud se enfrenta a la enfermedad gravísima y al sinsentido abismal de la vida. Pero no quiero regresar al tema ya cansino de mi cuarentañez. Ni lanzar un discurso sobre el buen cine canadiense. Ni elaborar una crítica laudatoria sobre esta película, incisiva y puñetera, que otros más capaces que yo escribieron en su día. No. Es una película para celebrar, una vez más, que Marie-Josée es bella, y que yo la amo. Que la amo, sí, y que pienso en ella a todas horas, pues mi corazón late tan deprisa que resuena en los oídos y ya no me deja escuchar otras músicas.


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