Más allá de la vida

Por la noche, en los canales de pago, pasan Más allá de la vida. Por lo que había leído en las críticas, no esperaba gran cosa de ella. Cuando alguien empieza a contarme que la materia no lo es todo, y que más allá de la muerte viviremos sobre las nubes en estado de ingravidez junto a nuestros seres queridos, me pongo a la defensiva. Las historias de espíritus sólo las asumo en las películas de terror, o en las comedias. Si alguien, como en esta ocasión el irreconocible Clint Eastwood, pretende abordarlas en serio y darles canchilla pseudocientífica,  me convierto en un espectador beligerante si me pillan de mal jerol, o en uno desentendido si me cazan con la guardia baja.
            He de confesar, sin embargo, que mi inicial desgana quedó aparcada nada más comenzar la película. Quien haya visto la archifamosa escena del tsunami entenderá lo que digo. Su impacto visual perdura muchos minutos en el recuerdo. Tantos, que cuando se van pasando sus efectos, descubres que ya llevas más de una hora aburriéndote con la historia del vidente en paro, el niño gemelo desolado y la periodista francesa que se lanza a denunciar el contubernio masónico de los ateos. Ella, aunque nacida en Bélgica, es Cécile de France. Es una actriz veterana y treintaymuchera que nunca me había cruzado a pesar de mi esforzada cinefilia.  Un amor a primera vista, de los sinceros. No me ha sucedido con Cécile lo que me sucede con otras mujeres, que creo encontrarlas por vez primera y luego, cuando reviso sus filmografías, descubro que ya habían pasado por mi vida, escondidas en un papel pequeño, o adecentadas de otra manera, o difuminadas por el imperdonable despiste.




       Más allá de la vida me ha servido, también, para resolver un misterio que llevaba meses atosigándome. Hay por estos andurriales una camarera bellísima que me recordaba, poderosamente, a una actriz famosa de la que anduve enamoriscado en tiempo reciente. Pero no daba con el nombre. Cada vez que le pedía un café con leche mi cerebro gritaba: “Te pareces a..., te pareces a...” Hoy, por fin, he caído en la cuenta. Ella era -¡oh traviesos dioses del olvido!- Bryce Dallas Howard. Pero de haber aparecido en Más allá de la vida con su cabello pelirrojo natural no hubiese resuelto el misterio. Ha sido su pelo moreno, inhabitual en ella, cortado a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, el que finalmente me ha dado la clave. Mi camarera también lleva el pelo así, largo, moreno, cortado a escuadrazos. De ahí mi confusión. Uma Howard, o Bryce Thurman. Ese era mi galimatías indescifrable. El que ella siempre me servía junto al azucarillo.



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