Innisfree

En la sobremesa termino de ver Innisfree, otra experiencia fílmica de José Luis Guerín. Y digo “termino de ver” porque he tardado tres siestas completas en finiquitarla. Y eso que la experiencia comienza bien, y hace propuestas sugerentes: Guerín recorre los escenarios irlandeses donde hace cuatro décadas se rodó El hombre tranquilo, y eso, para quien esta película es un referente, y una inspiración, ya es un acicate para el espíritu. Pero José Luis, a los pocos minutos, se nos pierde en los verdes paisajes, en los borrachines de la taberna, en las metáforas visuales que los músculos de mi cuello no terminan de entender bien, relajándose en exceso y dejando caer mi cabeza sobre el torso.



            Cuando despierto, Guerín sigue más o menos en las mismas, con sus visiones particulares de la realidad, y sólo las referencias a El hombre tranquilo le devuelven a uno el interés. Pero luego regresan los borrachuzos, las ovejas, las praderas cercadas por los muretes de piedra, y el cuello, que no mi voluntad, claudica nuevamente. Y así tres tardes seguidas, hasta hoy, que he recuperado las lagunas de mi sueño con la ayuda del mando a distancia. Un despropósito de visionado. Una insistencia del orgullo, más que de la apetencia. Una cabezonada mía que finalmente no ha sido baldía del todo, porque Innisfree me ha dejado la certeza de que yo sería feliz en un país como Irlanda, amante como soy de la lluvia, del clima frío, de los bucólicos amanaceres... De las mujeres pelirrojas que allí son mayoría abrumadora y parte sustancial de la belleza del paisaje. En Irlanda, además, hablan inglés, y yo con el inglés del instituto podría ir abriéndome camino, en los supermercados, en las tabernas, en los requiebros necesarios para conquistar a la Maureen O´Hara de mi vida...



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