Caché

Michael Haneke es un tipo puñetero y malévolo. Mientras te mira a la cara y apela a tu inteligencia de espectador -cosa que es de agradecer en estos tiempos- te agarra de los huevos en el despiste para hacerte saber que tú serás muy listo, pero que él lo es mucho más. Incluso en sus películas más indescifrables notas la inquietud de su presencia, el susurro al oído de quien te conoce mejor que tú mismo, y pone al desnudo tus inseguridades más inconfesables.
           Haneke es un hijo de puta muy listo. Tiene estudios. Está muy leído y muy vivido. Tiene cara de profesor hueso de la universidad. Ves las entrevistas que le hacen en los extras de los DVDs y a todo lo que razona y explicotea no tienes más remedio que responder amén. Es un embaucador, y un genio. Es sugerente, y sugestivo. Cuando terminan sus películas, le odias; cuando explica sus películas, le amas. Me recuerda a esos profesores que yo tuve de chaval, en los Maristas de León, gente que te exigía, que te puteaba, que te hacía la vida imposible, y que luego, años después, por esas ironías del destino, se convirtieron temporalmente en mis compañeros de trabajo, y me desvelaron, entre risas de complicidad, sus secretos pedagógicos de falsos torturadores.



            Cuento todo esto porque hoy he vuelto a ver Caché, experimento de confuso final que ha hecho correr ríos de píxeles en los foros de internet. Caché es de esas películas que dividen al personal en dos bandos antagónicos: o la encuentras pretenciosa y mala, o te parece una obra maestra incontestable. Yo pertenezco a este segundo grupo, minoritario y combativo, quizá porque el misterio de quién enviaba las cintas a Daniel Auteuil me la trae un poco al pairo, como un macguffin de los de Hitchcock. Quien haya visto la película me entenderá....  Lo importante de Caché es que al mismo tiempo que desnuda el sentimiento de culpa de Daniel Auteuil, desnuda el que todos escondemos en algún lugar recóndito de nuestra memoria. Haneke nos lanza una acusación directa: todos hemos puteado a alguien, alguna vez, a sabiendas, con flagrante injusticia y regodeo. De niños, de adultos, siempre que lo hemos necesitado para obtener un beneficio o para ganar una aprobación. Haneke nos recuerda  que todos somos, en el fondo, egoístas y malos. Las risotadas y las palmaditas en la espalda sólo son la confluencia temporal de unos intereses. Ocurre, a diferencia de Caché, que la mayoría de las veces, con nuestras malicias y nuestras faenas, no le hundimos la vida a nadie. O no al menos de un modo definitivo. Pero no podemos estar seguros. Quizá nuestra burla infantil hacia un compañero fue la gota que colmó el vaso de su desesperación, antes de que tomara un camino oscuro y sin retorno. Quién sabe. A esto juega Caché. A esto juega Haneke. A mostrar a un fulano reconcomido por la culpa para que tú, espectador que apareciste por allí con ánimo de pasar el rato y de quedar por cinéfilo cultureta, también sientas el peso insoportable de la tuya. Haneke te incomoda, te delata, te obliga a salir del cine con las solapas del abrigo bien levantadas, para ocultar tu rostro abochornado, como si salieras de ver una película porno. Y mientras tanto, él, en su laboratorio de experimentos psicológicos, se parte de la risa, el muy cabroncete. El muy demiurgo que todo lo sabe de nuestras flaquezas. Ojalá se le empañen, las gafitas.



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