La piel que habito

La piel que habito viene a confirmar una vieja teoría mía, que he defendido con vehemencia durante años, pasando por loco, o por graciosillo, según el interlocutor que me tocara en suerte: que Elena Anaya es una mujer no nacida de hembra humana, y que sólo en un laboratorio -o como aquí, en el quirófano secreto de un científico loco- pueden ensamblarse las prodigiosas piezas que son todos sus atributos, los más descaradamente sexuales, y también los otros.
       Muchos se han tomado a risa la nueva película de Almodóvar, no sé porqué. No saben que Almodóvar, en realidad, aprovechando la coartada que le otorga la novela de Jonquet, nos está contando una historia verdadera, a true story: la del origen no parturiento de Elena Anaya, esa actriz de rostro definitivo y pechos canónicos cuya falsa biografía nos cuenta que nació en Palencia en el año 75, para que el gran público masculino no se haga preguntas, y reaccione ante Elena de un modo sexualmente natural, mensurable en las taquillas, en las búsquedas de Google, en los ránkings del deseo, y dar así continuidad a este insólito experimento genético de oscuro origen y perniciosa finalidad.


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