Smoking Room

 Completo este miniciclo patrio de ejecutivos estresados con Smoking Room, película donde Eduard Fernández da una clase magistral de cómo es un español dando el coñazo, a todas las putas horas, dale que dale, más allá de que tenga razón o no en su cruzada para que le habiliten una habitación donde poder fumar: la smoking room que no se le cae de la boca. Soberbia, la película; acojonante, el Eduard; certerísimo, el retrato de cualquiera de nosotros cuando se nos pone una queja, o una reclamación, entre ceja y ceja. La revisitación moderna, con muchos más tacos y mucha más mala hostia, de aquel Don Erre que erre de Paco Martínez Soria reclamando al banco sus 257 pesetas.


            Me encuentro en Smoking Room, por tercera vez en tres días, con Juan Diego. Ha sido una sorpresa. No recordaba que saliera aquí, haciendo -cómo no- de directivo insidioso y malévolo. ¿Ha sido la casualidad? ¿O ha sido el inconsciente quien me ha llevado hasta él mientras yo pensaba que era el tema de los ejecutivos quien me servía de hilo conductor? ¿Qué diría Freud de todo esto? ¿Soy yo quien decido la película de la noche en  pleno uso de mis facultades mentales? ¿O es mi otro yo, el escondido entre las sombras, el que nunca da la cara, quien maneja los mecanismos ocultos de mi pretendida voluntad? ¿Quién ha ido construyendo, en realidad, compra a compra, grabación a grabación, esta filmoteca particular que tanto me alegra la vida y tanto me agobia al mismo tiempo? ¿Yo, que apenas soy la punta del iceberg de lo que sucede en mi cabeza? ¿O el otro, el subterráneo, el subacuático, el que dirige y gobierna la mayor parte de mis procesos?
            También me reencuentro en Smoking Room, por primera vez en mucho tiempo, con ese fulano que siempre que lo veo me saca un aplauso, pero que tan poco se prodiga en las películas y en las series que a mí me gustan: Antonio Dechent. Ese monólogo que se marca aquí, en la azotea del edificio, contándole a Eduard Fernández sus desventuras laborales y matrimoniales mientras se fuman un pitillo, es de lo mejor que uno ha visto en años del cine español. “Lo que pasa es que… la escopeta la tengo en casa, y no puedo entrar… Anda, hombre, y que se vayan a tomar por el culo, joder…” 


            


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Quiéreme si te atreves

Llega la noche y estropeo el día viendo Quiéreme si te atreves, tontería francesa a la que –lo confieso- sólo me acerqué para contemplar a Marion Cotillard en la flor de su juventud. Ni siquera la he visto terminar. Marion ha tardado veinte imperdonables minutos en aparecer, y cuando lo ha hecho, la trama seguía siendo una estupidez indescifrable, un pretencioso cuento infantil con ínfulas de comedia romántica. Un despropósito que llegadas las doce de la noche he cercenado por la mitad, sin miramientos, a pesar de la presencia de Marion, y de su belleza intraducible a los versos. El desperdicio de mi vida, una vez más. La biológica condena del macho atrapado en su deseo.


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Casual Day

Veo, en la sobremesa, llevado por el hilo conductor de Juan Diego, otra comedia vitriólica que ya disfruté hace unos años, Casual Day. Viene a ser una versión hispánica de las películas americanas de ejecutivos, con sus puñaladas traperas, sus ambiciones materialistas, su enriquecida y miserable vida de acumuladores de capital, sólo que aquí se ponen ciegos a chuletones y a vinazo de la tierra, no a caviar ni a champán francés. Tampoco aquí las putas son como las de Manhattan, rubísimas y de lujo, sino bielorrusas de segunda categoría que malviven en el puticlub del pueblo. Juan Diego hace de jefe de toda esta camarilla. De puto jefe, más bien, carcamal de colmillo retorcido que hace y deshace a su antojo dentro de la empresa. Es un hijo de puta memorable. Y su segundo de a bordo, Luis Tosar, tampoco le va a la zaga. Llegas a dudar de que estos dos señores, Juan Diego y Tosar, no sean así en la vida real. Lo bordan, lo clavan. Todos conocemos a un hijo de puta que nos supera en jerarquía: a nuestro profesor, a nuestro jefe, a nuestro entrenador, y son así, como los recrean estos dos actorazos, aterradoramente exactos: la sonrisa, falsa; la educación, exquisita; el discurso, petulante; los escrúpulos, ausentes; las intenciones, maléficas; las motivaciones, espurias; los remordimientos, nulos; las arengas, ridículas.
            Me ha vuelto a gustar mucho, Casual Day. Más que la primera vez. Hay películas que, como el buen vino, maceran en el recuerdo y van cogiendo cuerpo y trascendencia. Se quedan ahí, en la cabeza, durante meses, o durante años, dando vueltas por el inconsciente, depositando su semilla de sabiduría. Y luego, cuando las vuelves a ver, no sólo recuerdas tal escena, o tal diálogo, o lo guapa que era tal actriz, sino que reconoces la película como propia, como si te hablara en tu mismo lenguaje. Porque ya es, realmente, parte de ti, de tu aprendizaje, de tu discurso neuronal. De tu modo de pensar, y de vivir.


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Un héroe muy discreto

Veo, por la noche, después de una agotadora jornada de fútbol en el sofá, Un héroe muy discreto, película del aclamadísimo -al menos en este diario- director francés Jacques Audiard. Cuenta la historia de Albert Dehousse, un jeta de mucho cuidado que al terminar la II Guerra Mundial, sin haber combatido en el ejército francés ni haber colaborado en la resistencia, se inventa un pasado heroico que todo el mundo, incluida la jerarquía militar y las chicas más guapas del lugar, se tragan sin dudar. El caradura en cuestión es Mathieu Kassovitz, el chico tontaina del que se enamoraba perdidamente la ficticia Amélie Poulain, y del que se enamoran, también, por lo que yo entresaco de mi experiencia, la mayoría de las mujeres reales. No sé que le ven, la verdad, a este tipo, pero su rollo funciona. Un rostro trivial, indefinido, de buen chico y poco más. El rival más inesperado en la jungla sexual de una discoteca. La estampa perfecta, eso sí, para clavar este personaje de aparencia idiota con maquinaciones propias de un listo. 


            Es una buena película, Un héroe muy discreto, pero no está a la altura de los anteriores trabajos de Audiard. O más bien debería decir de los posteriores, pues yo estoy siguiendo su filmografía al revés, de lo más reciente a lo más antiguo. Audiard es de esos directores que evolucionan a mejor en cada película, que pulen defectos, que encuentran un estilo, que se afianzan en el oficio. Y claro, quien los sigue al revés, como yo, se va desencantando poco a poco. Es el castigo que merezco por no estar atento a estas filmografías cuando surgen. Vivo para el cine, pero no me entero del cine. Picoteo, pruebo, rectifico. Todo lo hago sin plan, sin método, sin estructura. Avanzo a trompicones por la selva oscura de las películas decentes. Este diario es el reflejo fehaciente de mi anarquía mental. Y ya soy muy mayor -los putos cuarenta años- para cambiar.


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Community. La buena gente

Ocho capítulos después, sigo sin encontrar en Gillian Jacobs el defecto físico que la haga merecedora de mi amor. De todos modos, me va gustando, Community. No tengo mejor termómetro para las sitcoms que el grado de sufrimiento de mis piernas al pedalear, y éstas, de momento, apenas se quejan mientras devoran kilómetros –es un decir- por los pasillos de la Universidad de Greendale. Sospecho, de todos modos, que Community no me va a gustar tanto como Seinfeld, o como The Office. Es una serie fresca, divertida, de entorno inusual y poco manido, pero todos sus personajes son en el fondo buena gente, egoístas pero cándidos, tramposillos pero sentimentales. El tono general no concuerda con la misantropía básica de mi carácter. Community no me va a enseñar nada verdadero sobre la naturaleza  de las personas. Nadie es tan guay, ni tan bonachón, ni tan pecador exclusivo de lo venial. Va a ser una serie de ficción, en el sentido estricto de la palabra. 

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Sherlock

Luego, por la noche, con mucho tiempo por delante conquistado a la rutina, estreno  la segunda temporada de Sherlock. Es una serie trepidante, arrolladora, que no te otorga un minuto de respiro. Miras para otro lado y ya estás perdido sin remedio. Holmes y Watson viajan, piensan, deducen, trabajan, interrogan, siguen pistas, escapan de la muerte, y todo ello a una velocidad de vértigo, en tramas que exigen del espectador una atención perpetua y extenuante. Imposible de todo punto levantarse a mear, o a beber agua. No hay tiempo para nada. No hay, de todos modos, trabajo fisiológico en el organismo mientras Sherlock Holmes resuelve su caso en la pantalla. Toda la sangre se va en irrigar al cerebro, sobrecalentado por el esfuerzo  de seguir sus razonamientos. Las piernas, reposadas sobre el puff, son como dos columnas de mármol, pesadísimas y pálidas. Y aún así, haciendo acopio de toda la sangre disponible, de toda la glucosa que no desperdicio ni en pestañear, a veces mi inteligencia se pierde en la trama. Tengo que rebobinar  tres o cuatro diálogos en cada episodio. A veces, aunque entienda la plática enredosa al primer intento, rebobino el DVD por el mero gozo de releer el ingenioso trabajo de estos guionistas. No sé de dónde sacan estas cosas. No deben de tener brazos, ni piernas, ni polla, ni apenas tronco. Sólo una cabeza, y un estómago servicial para alimentarla. El kit mínimo de la vida. Todos los nutrientes destinados a inventar esas líneas prodigiosas. Son monstruos maravillosos, los guionistas de Sherlock, esclavos cercenados al servicio de nuestro entretenimiento.




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Las invasiones bárbaras

Marie-Josée Croze no se me va de la cabeza. Después de haberla reencontrado en La escafandra y la mariposa, esta noche he soñado con ella, en un sueño muy puro, lleno de afecto y ternura. Marie-Josée, no sé cómo ni porqué, reposaba su culo desnudo en mi mesa de trabajo, ofreciéndolo al tacto respetuoso de mi mano. No había nada más en el sueño, nada al menos que yo recuerde, pero me he levantado de la cama con una erección considerable. Una como de hace veinte años, muy melancólica, infrecuente ya en estos tiempos. Hoy ando obsesionado con Marie-Josée. Tiene esos incisivos escondidos tras el labio superior que a mí tanto me excitan, semiocultos en cada sonrisa, y en cada duda. Es amor verdadero lo que yo siento por esta mujer, sin conocerla de nada, en una imposibilidad metafísica de mi pasión.



            Ya he decidido que esta noche volveré a citarme con ella en Las invasiones bárbaras, película  que compré hace años con el periódico por cuatro duros, sin que esos tontainas cayeran en la cuenta de que la mera presencia de Marie-Josée habría justificado un precio desorbitado, de cuadro de Van Gogh, de boceto recién encontrado de Da Vinci.  Pero antes de la cita, en un rato robado a la realidad de la  tarde, me afano en buscar datos sobre ella que calmen mi hambre por conocerla. Como no es una actriz de las famosas hallo muy poca cosa. Ni el IMDB, otras veces tan locuaz, me descubre nada deslumbrante, ni picante, ni morboso. Que Marie-Josée nació en Montreal y que tiene dos años más que yo. Poco más. Por no decirme, no me dice ni con quién se acuesta hoy en día, ni con quién se acostó en el pasado. Sobre este asunto, capital para mí, reina un silencio sospechoso en su biografía. Pero no me rindo. Acudo a la Wikipedia, a su virrreino del idioma francés, a empaparme de la vida de Marie-Josée en el mismo idioma con el que ella me habla en las películas, pero lo que allí encuentro sólo es una versión resumida y reorganizada de lo poco que mostraba el IMDB. Podría lanzarme directamente sobre Google a teclear búsquedas en inglés, en francés, pero ya no tengo ánimos. Ni tiempo. Una oleada de respeto me invade. Si Marie-Josée no quiere que se sepa, yo, entregado a sus deseos, no sabré.


            Como estaba previso, esta noche nos hemos vuelto a citar en Las invasiones bárbaras. Otra película, para no romper el signo de estos días, en la que un hombre de mediana edad poco cuidadoso con su salud se enfrenta a la enfermedad gravísima y al sinsentido abismal de la vida. Pero no quiero regresar al tema ya cansino de mi cuarentañez. Ni lanzar un discurso sobre el buen cine canadiense. Ni elaborar una crítica laudatoria sobre esta película, incisiva y puñetera, que otros más capaces que yo escribieron en su día. No. Es una película para celebrar, una vez más, que Marie-Josée es bella, y que yo la amo. Que la amo, sí, y que pienso en ella a todas horas, pues mi corazón late tan deprisa que resuena en los oídos y ya no me deja escuchar otras músicas.


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La escafandra y la mariposa

Por la noche, llevado por la tristeza y por el pesimismo, vuelvo a enfrentarme con La escafandra y la mariposa. Sus imágenes llevaban varios días rondándome la cabeza, desde que me descubrí asomado al abismo de los cuarenta años. Su malogrado personaje sufría el colapso a  la edad exacta de 42, y yo, no sé porqué, recordaba ese dato con exactitud. Más que una apetencia, sentía la necesidad de volver a retomarla. Como un recordatorio de los riesgos que amenazan el otoño de mi salud. Como una advertencia para mis excesos, como un recordatorio de que yo, al menos, todavía puedo mover los brazos y las piernas y hablar y cagar a voluntad. Como una excusa, también, para volver a disfrutar del rostro más hermoso que Canadá ha legado al cine, el de Marie-Josée Croze, actriz que algunos ya conocíamos de Las invasiones bárbaras y que luego nos dejó patidifusos en Munich con aquel papelito de asesina irresistible. No dispongo del vocabulario preciso para retratarla en prosa. No poseo, tampoco, la poesía adecuada para requebrarla en metáforas bellísimas e inspiradas. Así que será mejor que me calle. Hermosura y dulzura en estado puro. Enamoramiento instantáneo. Corazón roto. Distancia insalvable.



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Pequeñas mentiras sin importancia

Cumplida la pena de cuarenta años y un día, me encuentro en los canales de pago con una película francesa que, curiosamente, trata de los problemas emocionales de una pandilla de amigos que comparten celda conmigo en esta mohosa prisión de la edad.
            Como no creo en las casualidades, ni en los designios de los dioses, supongo que ha sido mi inconsciente el responsable de encontrarla entre el maremágnum de la programación digital. Se trata de Pequeñas mentiras sin importancia, película a la que me conduce su director, Guillaume Canet, del que hace poco disfruté No se lo digas a nadie, thriller de planteamiento original y giro final inesperadísimo. Y a la que me conduce también, por supuesto, por encima de cualquier otra consideración, su señora esposa, Marion Cotillard, la parisina ideal de la que todos nos enamoramos en Largo domingo de noviazgo y desde entonces no hemos parado.


            Los primeros minutos de Pequeñas mentiras sin importancia consiguen atraer mi atención, y me las prometo muy felices para las dos horas y media que restan por delante. Pero poco a poco voy cayendo en la decepción. No absoluta, no irascible, no endemoniada, porque la película no está mal del todo y Marion -sin adornos, sin maquillajes, con ropas ordinarias y rasgos despejados- está más bella que nunca, y además sale mucho rato. Pero me importan poco las aventuras de estos cuarentañeros. No forman parte de mi contexto, de mi experiencia vital. Son demasiado guapos, demasiado burgueses, demasiado felices. Su máxima preocupación en la vida es decidir con quién van a acostarse llegada la noche, allá en el lujoso bungalow que todos comparten a orillas del mar, en unas vacaciones soleadas e idílicas que seguramente sufraga el fraude fiscal. De esto va, mayormente, Pequeñas mentiras sin importancia. De pequeños rolletes sin importancia. De contarnos, al común de los mortales, a los que nunca nos comemos un rosco que no esté elaborado con azúcar matrimonial, cómo se las gastan estos guaperas y estas macizorras cuándo se les pone un objetivo sexual entre ceja y ceja. En los primeros escarceos de la película te despiertan algo de  envidia, y algo de admiración también, pero luego estos sentimientos van perdiendo fuelle y se quedan en un mero interés antropológico, de documental francés sobre burgueses sobreexcitados, a la caza y captura de su presa en las playas arenosas del Mediterráneo.


            Benoit Magimel. Ése era el nombre. Y ése era el actor. Me he pasado las dos horas y media de Pequeñas mentiras sin importancia tratando de recordar en qué otra película había visto yo a este tipo. Me sonaba a lejana en el tiempo, aunque trascendente, de ésas que dejan huella. Un rostro recobrado tras muchos años de ausencia. Al terminar la película, me abalanzo sobre IMDB y descubro que, efectivamente, el bueno de Benoit llevaba mucho tiempo sin aparecer por mi vida: concretamente diecisiete días, desde el primero de marzo, lejanísima fecha en que lo vi siendo masturbado en los lavabos por Isabelle Huppert, en La pianista. Mi memoria, una vez más, dando pruebas fehacientes de su pobreza, de su despiste, de su desorganizado sistema de archivo. Qué sería de mí sin las enciclopedias, sin los libros, sin el bendito IMDB. Me pasaría días enteros dándole vueltas a nombres y a rostros que tengo justo delante de los morros. Me aterra el personaje de Guy Pearse en Memento. A él le duraban las cosas en la memoria cinco minutos. A mí, por lo que se ve, ya sólo diecisiete días, y bajando. Dentro de unos días, en la próxima película que vuelva a desafiar mis capacidades, pondré el cronómetro en marcha y mediré a qué velocidad angustiosa avanza mi mal.


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La cinta blanca

Termino el miniciclo dedicado a Michael Haneke con La cinta blanca . La película es, a falta de un adjetivo mejor, y menos manido, perturbadora. Como en Caché, Haneke nos vuelve a enredar con un mcguffin detectivesco que en realidad poco importa. Su único interés es que permanezcamos atentos a la degradación moral de ese pueblo alemán en vísperas de la I Guerra Mundial. ¿Que quién cometía las atrocidades? Qué mas da. Lo atroz era el pueblo en sí, con su estructura feudal, con su doble moral, con su disciplina represiva. La cinta blanca contiene las escenas más brutales que uno ha visto en tiempo, sin sangre, sin chirridos. Sólo personas que hablan, que amenazan, que sostienen la mirada con lágrimas en los ojos planeando la venganza. Personajes llenos de odio, de agravios, que se reúnen hipócritamente en la fiesta del fin de la cosecha, o en la iglesia, los domingos y fiestas de guardar. Una sociedad entera resumida en un pueblo; la humanidad entera, resumida en un puñado de personajes. Haneke es el gran nihilista del cine actual. Al final, en todas sus películas, te queda la idea de que el ser humano es un animal muy poco recomendable, insolidario y cruel, egoísta y dañino, prescindible y vacío.


            La cinta blanca ha sido la última película de mis treinta y tantos años. Hoy cumplo 39 años y 364 días. Ha estado bien terminar este período con una obra maestra. Es el bonito colofón a una década no tan bonita. Hace dos lustros no llevaba un diario como éste, así que no puedo saber qué película cerró aquella década de mis veinte, no gloriosa precisamente, ni torrencial, ni aventurera, ni sexualmente triunfante, pero sí, al menos, más feliz que esta última, como supongo que es la norma general. Sí sé, en cambio, porque lo han repetido varias veces en la radio, que hoy se cumplen cuarenta años exactos del estreno de El Padrino, en Nueva York. Lástima, me dije, la primera vez que lo escuché. Por un día... Pero luego, tonto de mí, caí en la existencia de los husos horarios, y calculé que a la hora en que yo nací, las cuatro de la madrugada del 16 de marzo, allá en la costa atlántica de Norteamérica eran todavía las 10 de la noche del día 15. Se puede decir, por tanto que yo nací al mismo tiempo que nacía El Padrino. Mientras un selecto grupo de afortunados asistía a su primera proyección, yo, a seis mil kilómetros de distancia, hacía también historia, de la pequeña, de la ordinaria, asomando mi cabeza por el mundo. Es un pequeño honor que me adorna, inmerecido, pero resultón. 




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Innisfree

En la sobremesa termino de ver Innisfree, otra experiencia fílmica de José Luis Guerín. Y digo “termino de ver” porque he tardado tres siestas completas en finiquitarla. Y eso que la experiencia comienza bien, y hace propuestas sugerentes: Guerín recorre los escenarios irlandeses donde hace cuatro décadas se rodó El hombre tranquilo, y eso, para quien esta película es un referente, y una inspiración, ya es un acicate para el espíritu. Pero José Luis, a los pocos minutos, se nos pierde en los verdes paisajes, en los borrachines de la taberna, en las metáforas visuales que los músculos de mi cuello no terminan de entender bien, relajándose en exceso y dejando caer mi cabeza sobre el torso.



            Cuando despierto, Guerín sigue más o menos en las mismas, con sus visiones particulares de la realidad, y sólo las referencias a El hombre tranquilo le devuelven a uno el interés. Pero luego regresan los borrachuzos, las ovejas, las praderas cercadas por los muretes de piedra, y el cuello, que no mi voluntad, claudica nuevamente. Y así tres tardes seguidas, hasta hoy, que he recuperado las lagunas de mi sueño con la ayuda del mando a distancia. Un despropósito de visionado. Una insistencia del orgullo, más que de la apetencia. Una cabezonada mía que finalmente no ha sido baldía del todo, porque Innisfree me ha dejado la certeza de que yo sería feliz en un país como Irlanda, amante como soy de la lluvia, del clima frío, de los bucólicos amanaceres... De las mujeres pelirrojas que allí son mayoría abrumadora y parte sustancial de la belleza del paisaje. En Irlanda, además, hablan inglés, y yo con el inglés del instituto podría ir abriéndome camino, en los supermercados, en las tabernas, en los requiebros necesarios para conquistar a la Maureen O´Hara de mi vida...



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Delicatessen

Por la noche, ante la estantería, en el minuto vertiginoso de la elección, mi dedo se deslizó por los lomos de la sección francesa hasta encontrar Delicatessen, primera película del genio Jean Pierre Jeunet.
            Hace ahora veinte años, Delicatessen casi me costó el noviazgo que más tarde desembocaría en el fruto pitúfico, o pitufal, de su vientre.  El carnicero asesino, el canibalismo vecinal, el humor más negro que el corazón de Esperanza Aguirre... todo eso dejó traumatizada para varios días a mi inocente flor de la campiña. Y decidida, también, sospecho, a buscarse otro novio más convencional, uno formalito que no se partiera el culo de risa con las sanguinolencias -más imaginadas que vistas- de esta 13 rue del Percebe a la francesa. Pero tuvo dudas, o no tuvo suerte, o encontró en mi interior virtudes que ahora, con la edad, también he perdido.
            Delicatessen le puso sobre aviso de mi personalidad oculta. Pero era, al fin y al cabo, una comedia. Una cosa de no tomarse muy en serio. 


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The Office. Las amistades perdidas

He perdido muchas amistades por culpa del cine. En concreto por culpa de mis recomendaciones entusiastas. Eran amigos tuyos un viernes por la noche, cuando les dejabas una película en DVD cien veces ponderada, y luego, cuando llegaba el lunes y te la devolvían, ya sabías, por la mirada huidiza, por los comentarios parcos, por las largas que te daban, que esa amistad había muerto sin dar tiempo a bautizarla. No querían tratos con tipos como yo, con semejantes gustos, y con tan acosadoras insistencias. Y yo, la verdad, tampoco luchaba mucho por retenerlos. No ofendido por su indiferencia, pero sí decepcionado, solitario una vez más en la isla de mis gustos y prejuicios.
            Me han ocurrido estas cosas, últimamente, con The Office. The Office es la alambrada que divide el mundo entre los que me entienden y los que no. Entre los que están conmigo o están, si no contra mí, sí por lo menos vueltos de espaldas. No es una serie para todos los gustos, ni para todos los talantes. Fracasan en ella los impacientes, los acomodados, los optimistas, los que ponen en duda que el ser humano sea tan estúpido y tan mezquino como esos empleados de Dunder Mifflin. Muchos no cogen los chistes, y muchos de quienes los cogen, luego no se ríen. La mayoría me devuelven los DVDs y echan a correr. Son personas con las que tengo poco en común, vidas paralelas que discurren por este planeta como meridianos que sólo se encontrarían en el Polo Norte, o en el Polo Sur, en condiciones muy extremas.
           


            


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Jean Giraud

Leo en el periódico la declaración de amor al cine de Jean Giraud, el dibujante recientemente fallecido que realizó para Ridley Scott los diseños de Alien: 
“ Mi mayor angustia es morirme ahora mismo y que no haya nada después de la muerte. Porque si existe la vida después de la muerte o me puedo convertir en un fantasma, seguiré viendo cine.”
            Leído esto, la verdad, no sé para qué continuar escribiendo este diario. Toda la pasión, la locura, el ansia viva, que yo intento reflejar en estas páginas por el séptimo arte, ya la había solventado este hombre hace tiempo, en apenas tres líneas. Voy, de momento, a dejar de escribir. Son casi las doce de la noche, y no se me ocurre nada que esté a la altura. 


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La piel que habito

La piel que habito viene a confirmar una vieja teoría mía, que he defendido con vehemencia durante años, pasando por loco, o por graciosillo, según el interlocutor que me tocara en suerte: que Elena Anaya es una mujer no nacida de hembra humana, y que sólo en un laboratorio -o como aquí, en el quirófano secreto de un científico loco- pueden ensamblarse las prodigiosas piezas que son todos sus atributos, los más descaradamente sexuales, y también los otros.
       Muchos se han tomado a risa la nueva película de Almodóvar, no sé porqué. No saben que Almodóvar, en realidad, aprovechando la coartada que le otorga la novela de Jonquet, nos está contando una historia verdadera, a true story: la del origen no parturiento de Elena Anaya, esa actriz de rostro definitivo y pechos canónicos cuya falsa biografía nos cuenta que nació en Palencia en el año 75, para que el gran público masculino no se haga preguntas, y reaccione ante Elena de un modo sexualmente natural, mensurable en las taquillas, en las búsquedas de Google, en los ránkings del deseo, y dar así continuidad a este insólito experimento genético de oscuro origen y perniciosa finalidad.


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Más allá de la vida

Por la noche, en los canales de pago, pasan Más allá de la vida. Por lo que había leído en las críticas, no esperaba gran cosa de ella. Cuando alguien empieza a contarme que la materia no lo es todo, y que más allá de la muerte viviremos sobre las nubes en estado de ingravidez junto a nuestros seres queridos, me pongo a la defensiva. Las historias de espíritus sólo las asumo en las películas de terror, o en las comedias. Si alguien, como en esta ocasión el irreconocible Clint Eastwood, pretende abordarlas en serio y darles canchilla pseudocientífica,  me convierto en un espectador beligerante si me pillan de mal jerol, o en uno desentendido si me cazan con la guardia baja.
            He de confesar, sin embargo, que mi inicial desgana quedó aparcada nada más comenzar la película. Quien haya visto la archifamosa escena del tsunami entenderá lo que digo. Su impacto visual perdura muchos minutos en el recuerdo. Tantos, que cuando se van pasando sus efectos, descubres que ya llevas más de una hora aburriéndote con la historia del vidente en paro, el niño gemelo desolado y la periodista francesa que se lanza a denunciar el contubernio masónico de los ateos. Ella, aunque nacida en Bélgica, es Cécile de France. Es una actriz veterana y treintaymuchera que nunca me había cruzado a pesar de mi esforzada cinefilia.  Un amor a primera vista, de los sinceros. No me ha sucedido con Cécile lo que me sucede con otras mujeres, que creo encontrarlas por vez primera y luego, cuando reviso sus filmografías, descubro que ya habían pasado por mi vida, escondidas en un papel pequeño, o adecentadas de otra manera, o difuminadas por el imperdonable despiste.




       Más allá de la vida me ha servido, también, para resolver un misterio que llevaba meses atosigándome. Hay por estos andurriales una camarera bellísima que me recordaba, poderosamente, a una actriz famosa de la que anduve enamoriscado en tiempo reciente. Pero no daba con el nombre. Cada vez que le pedía un café con leche mi cerebro gritaba: “Te pareces a..., te pareces a...” Hoy, por fin, he caído en la cuenta. Ella era -¡oh traviesos dioses del olvido!- Bryce Dallas Howard. Pero de haber aparecido en Más allá de la vida con su cabello pelirrojo natural no hubiese resuelto el misterio. Ha sido su pelo moreno, inhabitual en ella, cortado a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, el que finalmente me ha dado la clave. Mi camarera también lleva el pelo así, largo, moreno, cortado a escuadrazos. De ahí mi confusión. Uma Howard, o Bryce Thurman. Ese era mi galimatías indescifrable. El que ella siempre me servía junto al azucarillo.



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Lemmy contra Alphaville

En una de las sobremesas más apáticas que recuerdo, decido suicidarme ya del todo y me lanzo, loco perdido, a ver Lemmy contra Alphaville, que llevaba varias semanas criando moho en el disco duro. Ha sido el último asalto programado en este ya larguísimo combate de boxeo que mantengo con Godard. Y ha ganado él. Lo reconozco. Punto final. Pasada la media hora he tirado la toalla y me he puesto a zapear por los canales de pago, derrotado y mustio. No lo entiendo, no lo aprecio, me irrita. Hay un momento de Lemmy contra Alphaville, hacia el minuto quince, en que una voz en off recita las siguientes palabras:  “Sí, siempre es así. No se entiende nada. Y una noche uno acaba por morir”. La voz se refería, por supuesto, a las cosas que iban sucediendo en la película, ya incomprensibles para mí a tan tempranas alturas. Pero era, de hecho, mi pensamiento trasladado literalmente al subtítulo. Tan sorprendido me quedé, que tuve que darle al rewind para estar seguro de no haberlo soñado en la modorra vespertina. No: allí estaban las palabras, como un resumen perfecto de mi malograda relación con Jean Luc. Sí, siempre es así, no se entiende nada…

            ¿Qué me ha quedado, pues, de este naufragio con Godard? Una culturilla de cinéfilo, por supuesto, que no es poco. Banda aparte, también, que es la única película rescatable en este vasto océano de incomprensión mía. La certeza, confirmada una vez más, de que a mi edad, con algunos cineastas consagrados con los que no conecto, ya es mejor dejar de insistir. Y, por supuesto, la belleza de Anna Karina, una de las mujeres más hermosas que he visto jamás. Sólo por ella he aguantado ratos de cine insufribles firmados por su exmarido, como esta media hora zarrapastrosa, inefable, ridícula, de Lemmy contra Alphaville.


            Recuerdo que en León, cuando yo era pequeño, había un cine llamado Lemy, en la otra punta de la ciudad. Si en Madrid tenían los Alphaville, nosotros, por lo que se ve, teníamos éste. Pero el Lemy no puede ser un homenaje a Godard, pues fue inaugurado -gracias, internet- en los años cuarenta. Lo extraño es que veinte años después no le colocaran una segunda m para reírle la gracia a la Nouvelle Vague. Tampoco hubiese sido muy apropiado, la verdad, porque allí era donde ponían las películas guarrindongas, las clasificadas S que satisfacían los bajos instintos de la ciudadanía provinciana. No era, lo que se dice, un cine de arte y ensayo. Luego lo convirtieron en un multicine, con tres salas, y alguien con buen gusto cinematográfico lo rebautizó como Cines Kubrick. Tampoco existen ya. Ahora el solar lo ocupa un supermercado. Ya no queda nada del Lemy. Sólo eso, recuerdos neblinosos, y fantasmas en internet.


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Guest

Está claro que tengo un problema de afinidad con José Luis Guerín. Cuando una de sus propuestas –porque son algo más, o algo menos, que películas- me aburre o me decepciona, me encuentro con que la crítica sesuda aplaude a rabiar, al borde del entusiasmo, del orgasmo cinéfilo. Y luego, cuando encuentro una propuesta suya que despierta en mí emociones intensas, y creo, al fin, sentirme partícipe del buen gusto reinante, descubro, para mi sorpresa, como me sucedió En la ciudad de Sylvia, que los abucheos y las retrancas malévolas son el sentir general de la aristocracia opinadora.


           Cuento esto porque hoy, animado por las críticas leídas, he visto Guestdocumental rodado en blanco y negro a lo largo y ancho del ancho mundo. Guerín, que parece no tener casa propia, se pasa un año rodando por ignotos festivales de cine, cada vez más exóticos y lejanos, y aprovecha sus estancias para sacar la cámara a pasear por las calles, captando la vida cotidiana de las gentes con sus miserias y sus mugres. Al final, sin embargo, las dos horas de metraje se nos van en retratar a pirados de todo pelaje, separados, eso sí, por bonitos planos de los paisajes que Guerín atisbaba desde las ventanillas del avión, o desde los ventanales del hotel. Se le llenan los minutos de analfabetos, de predicadores callejeros, de borrachines verborreicos, de mujeres desdentadas que farfullan incoherencias, y sólo en dos o tres momentos uno se topa con gente que tiene cosas realmente interesantes que contar. Un desperdicio de experimento, y de tarde. Está visto que nunca llegaré a nada en el terreno de la crítica cinematográfica. Se me escapan ciertas genialidades, ciertas inspiraciones, ciertas abstracciones del arte fílmico. No las veo, y punto. De igual modo que yo me río de la gente que no sabe apreciar, por ejemplo, Caché, porque buscan una narración lineal y una resolución cerrada, ellos, los puretas entregados a Guerín y a su causa, se ríen a mandíbula batiente de mi incompetencia artística. 

                                             
           Al terminar de ver Guest me acerqué a los foros de internet, y allí estaban, en efecto, las alabanzas consabidas: “Poderosa”. “Singular”. “Atrevida”. “Poesía en imágenes”. “Gigantescas cotas creativas”. “La repera en verso”. En fin: un tipo que saca la cámara de paseo como podría hacerlo cualquiera de nosotros con unos mínimos conocimientos técnicos. Yo mismo, sin salir de este pueblo, ya podría rellenar dos horas de metraje. Borrachines no me iban a faltar, y pirados no te digo nada.



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Caché

Michael Haneke es un tipo puñetero y malévolo. Mientras te mira a la cara y apela a tu inteligencia de espectador -cosa que es de agradecer en estos tiempos- te agarra de los huevos en el despiste para hacerte saber que tú serás muy listo, pero que él lo es mucho más. Incluso en sus películas más indescifrables notas la inquietud de su presencia, el susurro al oído de quien te conoce mejor que tú mismo, y pone al desnudo tus inseguridades más inconfesables.
           Haneke es un hijo de puta muy listo. Tiene estudios. Está muy leído y muy vivido. Tiene cara de profesor hueso de la universidad. Ves las entrevistas que le hacen en los extras de los DVDs y a todo lo que razona y explicotea no tienes más remedio que responder amén. Es un embaucador, y un genio. Es sugerente, y sugestivo. Cuando terminan sus películas, le odias; cuando explica sus películas, le amas. Me recuerda a esos profesores que yo tuve de chaval, en los Maristas de León, gente que te exigía, que te puteaba, que te hacía la vida imposible, y que luego, años después, por esas ironías del destino, se convirtieron temporalmente en mis compañeros de trabajo, y me desvelaron, entre risas de complicidad, sus secretos pedagógicos de falsos torturadores.



            Cuento todo esto porque hoy he vuelto a ver Caché, experimento de confuso final que ha hecho correr ríos de píxeles en los foros de internet. Caché es de esas películas que dividen al personal en dos bandos antagónicos: o la encuentras pretenciosa y mala, o te parece una obra maestra incontestable. Yo pertenezco a este segundo grupo, minoritario y combativo, quizá porque el misterio de quién enviaba las cintas a Daniel Auteuil me la trae un poco al pairo, como un macguffin de los de Hitchcock. Quien haya visto la película me entenderá....  Lo importante de Caché es que al mismo tiempo que desnuda el sentimiento de culpa de Daniel Auteuil, desnuda el que todos escondemos en algún lugar recóndito de nuestra memoria. Haneke nos lanza una acusación directa: todos hemos puteado a alguien, alguna vez, a sabiendas, con flagrante injusticia y regodeo. De niños, de adultos, siempre que lo hemos necesitado para obtener un beneficio o para ganar una aprobación. Haneke nos recuerda  que todos somos, en el fondo, egoístas y malos. Las risotadas y las palmaditas en la espalda sólo son la confluencia temporal de unos intereses. Ocurre, a diferencia de Caché, que la mayoría de las veces, con nuestras malicias y nuestras faenas, no le hundimos la vida a nadie. O no al menos de un modo definitivo. Pero no podemos estar seguros. Quizá nuestra burla infantil hacia un compañero fue la gota que colmó el vaso de su desesperación, antes de que tomara un camino oscuro y sin retorno. Quién sabe. A esto juega Caché. A esto juega Haneke. A mostrar a un fulano reconcomido por la culpa para que tú, espectador que apareciste por allí con ánimo de pasar el rato y de quedar por cinéfilo cultureta, también sientas el peso insoportable de la tuya. Haneke te incomoda, te delata, te obliga a salir del cine con las solapas del abrigo bien levantadas, para ocultar tu rostro abochornado, como si salieras de ver una película porno. Y mientras tanto, él, en su laboratorio de experimentos psicológicos, se parte de la risa, el muy cabroncete. El muy demiurgo que todo lo sabe de nuestras flaquezas. Ojalá se le empañen, las gafitas.



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Candidata al poder

Acabo de ver, en la sobremesa despejada de quehaceceres, Candidata al poder, película sobre los intríngulis de la política estadounidense que pintaba bien en su primer tramo, y que luego, para mi pasmo, en un giro ridículo de los acontecimientos, se convierte en un planfeto sobre las virtudes de la mayor democracia del mundo y bla, bla, bla. Es verdad que en su metraje hay mucho cinismo, mucha ambición, mucha puñalada trapera entre congresistas y senadores, entre republicanos y demócratas, pero al final, con retrato de Lincoln al fondo, ganan los buenos, triunfa la transparencia y América se anota un nuevo tanto. ¡USA, USA, USA...! No ha sido, desde luego, Tempestad sobre Whasington, obra maestra de Otto Preminger que no dejaba títere con cabeza. Ni tampoco, por desgracia, In the loop, ésta mucho más reciente, que abordaba temas parecidos en clave de comedia descarnada y demoledora.



            Candidata al poder la han pasado decenas de veces por los canales de pago, durante años, supongo que porque las altas esferas están muy interesadas en que su mensaje cale y sus valores se difundan. En todas las ocasiones me pudo la duda y aplacé la decisión para otro momento, temeroso de meter la pata en una mala película. Hasta que esta pasada madrugada por fin me decidí, aburrido ya de sortearla. Y la cagué, por supuesto. Porque una película que se rechaza tantas veces al final no puede salir buena. Son esos gritos sordos del inconsciente, de las entrañas, que algunos afortunados son capaces de interpretar para ahorrarse el tiempo precioso de sus vidas, y que otros nunca hemos aprendido a descodificar. Películas como Candidata al poder, que me hurtan la tarde y luego me dejan de mal humor, se las debo a una tara genética, a la mutación caprichosa de un nucleótido. Quién sabe si al antojo no satisfecho de mi madre por una taza de fresas con leche, en aquella noche aciaga de mi prehistoria...



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Conocerás al hombre de tus sueños

Sobre Conocerás al hombre de tus sueños prefiero no extenderme mucho. Cuando a mi hermano Woody se le va la inspiración prefiero fingir que no me he enterado. A los que suelen meterse con él aprovechando estos deslices les mentiré a la cara y les diré que aún no la he visto. Hasta que se aburran de preguntarme.
            El problema es que mi hermano trabaja demasiado, y con esta manía de hacer una película por año a veces no acierta con el tono. Aquí, en  Conocerás al hombre de tus sueños, quiere contarnos los desconsolados amores de esta panda de burgueses londinenses que, en pura verdad, nos importan una mierda. Ellos, y sus amores.  Jóvenes que dejan de follar con una modelo y se refugian en los brazos de una todavía más hermosa; maduritos que dejan a sus mujeres de tetas fláccidas y luego se quejan de que el putón verbenero con el que ahora salen no les entiende; cuarentonas aburridas que dejan a sus maridos porque no les compran una mansión victoriana y se enrollan con un galerista de arte que les promete el oro y el moro entre fiestas de alto copete y polvos de a mil libras la noche de hotel. Me da asco, esta gente. Esta gentuza. No los soporto. No sé qué ha visto mi hermano Woody en ellos, qué le fascina de sus vidas parasitarias y poco ejemplares. Si al menos los ridiculizara, o los denunciara como la lacra social que son. Pero no es esa su intención. Ahora está con el rollo de lo sofisticado, de lo europeo, de lo chic. Le enviaba yo a este pueblo perdido del noroeste, a que aprendiera lo sofisticados y lo chic que pueden llegar a ser estos lugareños, tan europeos como los ricachones de la City londinense. 


            Será que yo, en el fondo, siempre he tenido alma de bolchevique, y que es ver a esta gente pedir sus cócteles o montarse en sus bugas y revolvérseme la sangre rojísima en las venas. Para una vez que mi hermano Woody los puso a caldo y extrajo de ellos el fondo de maldad que en verdad anida en sus almas, le salió una obra maestra como Match Point. Mira que le dije veces que ése era el camino, la senda que le volvería a conducir al antiguo estrellato, pero él ni caso, a su puta bola, como siempre. El bueno y a veces desnortado Woody.



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Forrest Gump

El otro día, zapeando por los canales de pago, nos encontramos con Forrest mientras recogía chatarra y tapas de retrete a bordo de Jenny, su barco pesquero. Pitufo ya conocía a Hanks de la película Big, así que me preguntó de qué iba todo aquello. Yo le explicoteé, groso modo, quién era Forrest Gump, y qué pintaba pescando gambas en aquel barco oxidado, y alguna luz de empatía debió de encenderse en su cabeza, porque hoy por la noche, ante el muestrario de DVDs esparcido sobre la mesa, se decantó por la carátula de Forrest sentado en el banco de Savannah. Le ocurrió a Pitufo lo mismo que a veces nos sucede cuando vamos al cine, que antes de la proyección nos pasan el tráiler de otra película que despierta en nosotros el hambre inaplazable de ir a verla, porque algo en esos dos minutos de imágenes vertiginosas conecta directamente con un gusto, con una sensibilidad, con un buen recuerdo guardado en la memoria. Son misterios de la mente de cada cual.



            Vimos las dos horas y pico de metraje de un solo tirón. No paramos ni a mear, ni a tomarnos un vaso de leche. Los dos parones que hicimos fueron mínimos, sólo para rebobinar un par de diálogos que se nos habían trabado en los oídos. A veces pienso que Pitufo es excepcional, y que estas sentadas ininterrumpidas no están al alcance de todos los niños de su edad. Es el orgullo de padre que todo lo tiñe de heroísmo. Luego, en la calma reflexiva, uno comprende que habrá millones de niños similares por el ancho mundo, también fascinados por las películas que a oscuras, en salones silenciosos, les ponen sus padres pesadísimos. Lo que ocurre es que aquí, en este contexto rural que nos ha tocado vivir, somos más bien una excepción, un par de excéntricos que a veces no cuentan toda la verdad de su chifladura por el cine, para no ser objetos de la burla general.


            Forrest saca conclusiones erróneas de la realidad, inocentonas y muy literales, quizá las mismas que sacaría Pitufo puesto en su lugar. A los dos se les escapan algunas claves, algunos dobles sentidos, algunas hipocresías del espíritu humano. Por eso, cuando yo me reía, Pitufo me miraba sorprendido, asombrado de que yo encontrara un chiste donde él sólo veía una lógica aplastante. Pero transcurrida la primera hora de metraje, y ya cogido el tono general de la película, era yo quien de vez en cuando sondeaba sus gestos, para saber qué le iba quedando de Forrest y sus andanzas. Porque es una película atípica en su incipiente filmografía. La primera, me atrevería a decir, completamente distinta a todas las demás, Es comedia, sí, pero también un dramón de aúpa, y, por supuesto, una historia romántica cuyo colofón no deja un ojo seco en el personal. No va de tiros, no va de porrazos, no va de críos asalvajados y molones. No es de dibujos animados. Los efectos especiales no son de animar bichos ni de encender espadas láser. Es una película adulta, a falta de otra expresión mejor. Su primera peli, quizá, de chico grande.

            Le he preguntado, al terminar, qué le había parecido. Un nueve, me respondió. Se veía en su expresión que no me mentía ¿Sólo un nueve?, le recriminé en broma. Bueno, pues un diez.


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La pianista

Veo La pianista para completar la trilogía de las automutilaciones y quitarme el tema de encima. La primera vez que la vi, hace unos años, le premié con un ocho en mis votaciones, pero esta vez no me ha gustado tanto. Sobre todo la segunda parte de la película, que es, supuestamente, la que concentra todo el interés del espectador, con esa relación sexual y no-sexual que une y des-une a la pianista con su alumno. Hay polvos, mamadas, extravagancias, hostias a porrón, y quieras o no quieras, estos asuntos te secuestran la atención. Pero en esta ocasión todo me ha parecido muy pasado de rosca, muy inescrutable, sólo apto para las entendederas de un psiquiatra de larga carrera profesional. Lo que en un primer visionado me despertó el morbo y hasta me puso morcillón en alguna escena inconfesable, en esta segunda visita me ha dejado indiferente y algo confuso. Se ve que me hago mayor, y que estos asuntos del sexo, cuando se salen de las vías ordinarias, ya no despiertan mi curiosidad.


       A mí lo que me gusta verdaderamente de La pianista, ahora que ya no me empalmo con la misma facilidad de antes, es su primera hora, cuando la trama gira entorno a la música, y a la forma correcta de interpretar a Schubert. Salen músicos tocando el piano, acariciando el violín, entonando arias, y a mí eso me eleva el espíritu. Hay un momento en el que suena de fondo el Trío para piano que ya inmortalizara Kubrick en  Barry Lyndon, y que a mí se me erizan los pelos Es una fascinación mía de siempre, la de ver tocar a los músicos. Yo, que en el colegio tocaba la flauta dulce y me equivocaba cada tres notas. Yo, que tengo las manos como muñones, los dedos como garfios, la coordinación como un déficit. Los músicos siempre me han parecido seres de otro planeta. Les veo pulsar las teclas al piano con ritmo vertiginoso, o pellizcar las cuerdas del violín en el sitio exacto de la nota, y no dejo de maravillarme. Ni de sonrojarme ante mi propia incompetencia.


            Yo sé que es cuestión de práctica, que empiezan desde muy pequeños, que cuentan con grandes profesores que cobran a muchos euros la hora. Pero yo podría vivir mil vidas en esas condiciones y no ser capaz de engarzar más allá de cinco notas seguidas. Bill Murray, atrapado en el tiempo de Punxsutawney, tardó 10 años en aprender a tocar el piano para impresionar a Andie McDowell y llevársela por fin a la cama. Yo en su lugar no me hubiese comido el rosco. Sólo sé silbar, y mal. A Lauren Bacall le bastaba con eso para enamorarse de Humphrey Bogart en Tener y no tener. Las chicas de ahora, setenta años después, son mucho más exigentes en la competencia musical de los machos. Para el tema del fornicio, los tiempos han cambiado. Para peor.


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