Midnight in Paris

Hoy, 2 de febrero, en Punxsutawney, se ha celebrado, otra vez, el Día de la Marmota (Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por Atrapado en el tiempo)

            Desde que hace unos días me reencontré con Amélie Poulain en Montmartre, ando muy obsesionado con París. Quería volver a pasear por sus calles, a contemplar el Sena desde sus puentes, sin tener que comprarme un billete de avión. Pero esta vez no quería enamorarme, si es que uno puede visitar París y no enamorarse de la primera mujer hermosa que se  cruza por la calle. Esta vez, para evitar las tentaciones, quería ir acompañado de un  buen amigo. Ir con él a los cafés, a la cultura, a la parranda nocturna, y luego, sólo si hay tiempo, y ganas, a los burdeles. Hoy no había otra elección posible: Midnight in Paris, con mi amigo Woody. Con mi hermano Allen.


            Pude haber ido al cine, a la gran pantalla, porque es una película que aún está en cartelera. Pero al final me decanté por la vagancia del disco duro. Y no por el asunto de los dineros, que con Woody Allen no tiene sentido, porque luego siempre le invito a los DVDs. Lo que ocurre es que no soporto a los mentecatos que van a ver sus películas. Siempre se ríen cuando su nombre aparece en los títulos de crédito, lo mismo da que vayan a ver una comedia que un drama. No tienen ni puta idea. Se ríen en cualquier diálogo, de cualquier película, porque piensan que todo es gracioso, o gracioso encriptado, y que tienen que reírse para no quedar mal ante las amistades, para demostrar que ellos también entienden los dobles sentidos. Yo he visto a estos imbéciles partirse la caja en Delitos y Faltas, película tremebunda y desoladora, o en Match Point, que es un ejercicio de nihilismo que le deja a uno hundido en la miseria. Es la estupidez de quien no se informa, de quien no lee, de quien va a ver las películas de Woody Allen porque le han dicho que es una cosa que viste mucho, muy cultureta, muy chic, de partirse el culo con elegancia. A la salida del cine siempre dicen que les ha encantado. Nunca hay excepciones. Y mira que ha filmado truños, mi querido amigo. Mienten como bellacos, sus falsos adoradores. Es una experiencia estomagante.
            Ha sido grata, una vez más, la compañía de Woody Allen. Aunque ya no son, ni de lejos, aquellas noches inspiradísimas de Manhattan, de cuando éramos jóvenes y salíamos a ligar con mujeres cultísimas que se vestían de blanco y negro. Ahora, con la edad, nos reímos menos, y filosofamos más. Las chicas hermosas nos han dejado para irse con los chicos más jóvenes. Estamos más encogidos y miopes. Hace unas semanas me hice una foto con él, en Oviedo, y se nota que hemos perdido lo nuestro. Woody es una de las pocas personas con las que aún tengo el valor de posar. Soy muy escogido para esas cosas. Me paso el día disimulando la barriga, la papada, el estado lamentable de mi facha, y no me gusta verme retratado en un documento irrefutable. Cuento con los dedos de una mano las personas que admito en una denuncia fotográfica de mi estado. Woody es una de ellas. Siempre que paso por Oviedo me acerco a saludarlo. Allí mismo, en plena calle, porque él siempre anda muy atareado con sus cosas, hablamos de sus viejas películas, de sus nuevos proyectos, de lo plastas que son sus seguidores… Cada vez le noto más viejo, a mi viejo amigo.



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