The artist

Me sacudo de encima el miedo y la pereza y me planto en el cine para ver The Artist. Es la segunda vez que voy al cine en un mes, y creo que estoy recuperando las viejas sensaciones de la gran pantalla. O mi neurosis se está curando por sí sola, o me está concediendo una tregua antes de la batalla final, terrorífica, con recaídas en la trinchera y obuses de medicamentos silbando sobre mi cabeza. Veremos.
            Al final, para vergüenza de mis temores, la velada ha transcurrido sin sobresaltos. Ocho mujeres de alta edad repartidas en parejitas, y un solitario hombre con cara de panoli que era yo mismo, agazapado en una esquina. Y al comenzar la película, silencio absoluto y educación exquisita. Sólo las monerías del perrito Uggie despertaron la carcajada de unas ancianas sentadas a mis cuatro en punto. Si alguien rompió el encantamiento silencioso en la sala fui yo, atacado en tres momentos por esta puta tos incurable que arrastro desde hace un mes. Como decía José Sacristán, al teatro –o al cine, en este caso- hay que venir cagado, meado y tosido. Pero nadie se quejó. Se ve que el público de hoy era un público comprensivo con las pequeñas flaquezas. Un público consciente de ser gente especial, en esta ciudad que nada sabe del séptimo arte, ni del primero siquiera. Un público ilustrado, cinéfilo, entregado a la causa. Buena gente a la que uno, al final de la proyección, si no fuera tan tímido, se acercaría a saludar, a preguntar qué les había parecido The artist, en este acontecimiento quizá ya irrepetible en nuestras vidas, el de ver una película muda proyectada en la gran pantalla. Gente a la que uno invitaría a tomar un café, a compartir recomendaciones, a formar, quizá, un grupo de presión para que nos traigan más películas como ésta, a este rincón olvidado de la más provinciana provincia, tan alejada de las grandes urbes donde se corta el verdadero bacalao del cine.


            No me importa opinar sobre la belleza de los hombres. Sé que algunos la tienen por costumbre sospechosa y risible, pero yo nunca he creído tal cosa. La vida, como dijo Umbral, es un acecho continuo y torvo a las mujeres, y lo mismo que uno las sopesa y las puntúa a todas horas, también valora los méritos de los rivales que nos las disputan. Lejos de ser una pista inequívoca de homosexualidad, opinar sobre la belleza masculina es otro modo, indirecto, de opinar sobre la belleza femenina. Un ejercicio de espionaje, de aprendizaje, de cálculo de probabilidades. Y está claro que yo, rivalizando con este Jean Dujardin por el amor de las mujeres, no me comería ni las migajas del mantel. Sonríe, y las descoloca; se entristece, y las desarma; se pone a bailar, y las deja turulatas. Tiene presencia, estilo, masculinidad testosterónica. He salido del cine imitando sus ademanes, y también sus pases de baile, cuando nadie me miraba. Yo, de mayor, quisiera ser como él, aunque tengamos la misma edad.


            Y es que sólo alguien como Jean Dujardin sería capaz de conquistar a una mujer como ella, Bérénice Bejo, el quinto amor mío de este año, ahora que ya vamos para marzo. Bérénice es nacida en Argentina, criada en París, la más bella actriz que uno recuerda haber visto en tiempos. "Bello" se pronuncia su apellido, como una simbología de su fisonomía perfecta. Bérénice, como el nombre de las reinas de Egipto, como el nombre de la constelación de estrellas, como el nombre que evocaré en susurros para recordar esta pasión que nació una tarde de invierno, en este remoto lugar de la geografía, en una sala de cine donde ningún hombre, ni atractivo ni feo, estaba presente para disputarme su amor. Solos ella y yo, separados únicamente por la sábana blanca que es la frontera de nuestros mundos, que no es la sábana que yo precisamente desearía que nos separase, pero que es, de momento, hasta que la vida no dé un giro imprevisto que yo aún no descarto, la única que ahora compartimos.



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