En un mundo mejor

Siguiendo la pista a Susanne Bier, la directora de Te quiero para siempre, me encuentro en los canales de pago con su última película, En un mundo mejor. Es una película sobre la violencia, sobre la devolución de la violencia, sobre el ciclo sin fin de las agresiones mutuas, lo mismo en el mundo de los adultos que en el microcosmos de las relaciones infantiles. Es una película danesa cuyo argumento podría haberse desarrollado en cualquier lugar del mundo. En ese sentido, es una película muy poco nórdica. Pero en el otro, en el que a mí más me interesa, es escandinava por los cuatro costados. Que la violencia genera violencia es un tema ya muy trillado, de aprendizaje obvio para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Por ahí, En un mundo mejor, no nos aporta gran cosa. Su enjundia está en la vida limpia y ordenada que la cámara capta más allá de los personajes y sus problemáticas. Se nota, una vez más, que Dinamarca es un país que funciona. Hay llamadas de medianoche a la policía, enfermos que ingresan en los hospitales, chicos nuevos que llegan a los colegios, servicios sociales que toman cartas en los asuntos, y todo se solventa con una eficacia que despierta la más mediterránea de las envidias.



            También salen en esta película, como intermedios bucólicos para aliviar las tensiones del dramón, muchas bandadas de pájaros. Es un recurso de dirección tan válido como cualquier otro. Lo mismo hubieran servido unos planos de atardeceres, o de peces nadando en el río. Pero así hemos aprendido que incluso los pájaros daneses se organizan mejor que los nuestros, volando en formaciones organizadas y geométricas, no como aquí, que cada uno tira para donde se le antoja, en pandas de anarquistas a los que nadie dicta por dónde hay que escapar o buscar alimento. Salen, también, en esta película, muchos planos de nubes que vienen y van, mecidas por el viento. Se ve que son nubes danesas, que las han filmado allí mismo, en la península de Jutlandia, porque son más blancas que las nuestras, de contornos más definidos, con un no sé qué más elegante y civilizado, como si pidieran perdón por tapar el solecito, o por amenazar con la lluvia. Evolucionan, fluyen, van ocupando el espacio público del cielo con la corrección propia de todo lo escandinavo. En una palabra: todo es mejor en Dinamarca, salvo la liga de fútbol, y el jamón serrano. Además allí no hay rubias de bote, ni rubias con mechas: o son rubias del todo, o lucen espléndidas la morenez de sus cabellos, sin complejo alguno. Allí las mujeres son más honestas, y también mucho más guapas. Mucho más.


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