127 horas

Es lo bueno que tienen los años bisiestos, que tienes un día más para ver películas e ir descongestionando los discos duros. Aprovecho esta oportunidad que sólo se nos concede una vez cada cuatro años y veo, después del partido de la selección española, 127 horas, película de Danny Boyle que el año pasado hizo bastante ruido en el mundillo de las  tertulias.
             La película está bien, pero no va más allá de una anécdota truculenta estirada durante hora y media. Si la semana pasada acabé asqueado con la dichosa mutilación de Antricristo, he aquí que me encuentro con otra aún más detallada si cabe, aunque esta vez no gratuita, sino exigida por los hechos reales en los que se basa el guión. El caso es que si no quería caldo, ahora tengo dos tazas. Se ve que es la moda de ahora en los guiones, que ningún personaje termine entero la función. Ocurre, para más inri, que justo encima del televisor, en el lote de DVDs pendientes de revisión, asoma amenazante La pianista, la película de Haneke donde Isabelle Huppert ya hacía sus pinitos en este bonita costumbre de autoinflingirse pupas de las gordas. ¿Casualidad? No lo creo. Hay algo raro flotando en el ambiente, la premonición de días aciagos que amenazan tormenta y desgracias. Algo muy querido va a ser cercenado en mi vida. Seguramente mis sueños de que el Real Madrid conquiste su décima Copa de Europa en el mes de mayo. O eso, o que se me va a joder por enésima vez el aparato grabador de DVDs, rebanando una parte sustancial de mi billetera. Serían las mutilaciones menos graves...


            Aunque difícilmente se me va a olvidar 127 horas, no creo que el lomo de su DVD llegue a engrosar mi selección de películas, a no ser que dentro de unos meses me la regale algún periódico, o alguna de las amantes que menos me conocen, de esas que tras el retozo hablan poco y preguntan menos. Y aún así, dudaría mucho antes de aceptarla, porque sigo muy enfadado con el señor Boyle, desde que le robó los máximos honores a El curioso caso de Benjamin Button con aquella ñoñez infantil y tramposa titulada Slumdog Millionaire. ¿Quién se acuerda ya de Slumdog Millionaire? La historia se la tragó como si nunca hubiese existido. Sin embargo, la magia de Benjamin Button aún perdura en el recuerdo. Fui su más acérrimo defensor en esta pequeña comarca entregada a los rebeldes hindúes. Pasé días enteros en los foros poniéndole dieces, agotando adjetivos, saliendo al paso de los mentecatos que osaban colgarle algún pero. Y luego, aquel lunes aciago por la mañana, pongo la radio en el desayuno y me encuentro con que Danny Boyle y sus muchachos nos han robado las estatuillas con un vulgar truco de prestidigitación sobre la pobreza y los bailes pegadizos. Qué vergüenza. Qué afrenta. Qué golpe bajo.


               Luego, al terminar el día, me ha dado por calcular los 29 de febrero que presumiblemente me quedan por vivir. Y con esa cifra rondándome la cabeza, escueta y macarrónica incluso en el supuesto más optimista, he tardado varias medias horas en dormirme.
            Hasta dentro de cuatro años, día cabrón, relojero calavérico de mi tiempo restante.

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