Boardwalk Empire

En estos tiempos de enfermedad vivo como uno de los pacientes del doctor House, sometido a multitud de pruebas que no terminan de dar con el quiz. Pero yo, a diferencia de ellos, no me muero cada diez minutos de programa. No tengo convulsiones, ni entro en parada respiratoria, ni me salen eccemas por toda la piel. Estoy sano, fresco, desesperado ya de contemplar estas cuatro paredes grises, de recorrer este pasillo tan cortísimo que ni a cien metros olímpicos llega. Mato los infinitos ratos con la impericia de un asesino muy poco profesional. Hojeo a Montaigne, atiendo las visitas, trato de ver a plazos los DVDs que me van trayendo. Entre las paradas cardiorrespiratorias del ordenador y las interrupciones permanentes del personal médico, la loncha de ficción más larga no creo que haya alcanzado aún los veinte minutos. Es como intentar ver una película en Antena 3 o en Telecinco, un imposible metafísico que termina con la paciencia de quien pone verdadero interés en el empeño.


            Ha sido así, a trancas y barrancas, como he conseguido completar la segunda temporada de Boardwalk Empire. Noto, en relación a esta serie, que voy a contracorriente de la opinión general. Entro en los foros, leo en los periódicos, repaso las reseñas, y todo es aplauso unánime y entusiasmo general. Los sacerdotes me piden a gritos un examen de conciencia. Pero por más que lo intento, padre, no logro arrepentirme de que Boardwalk Empire no termine de gustarme.
            Arrancó muy bien, sí, con aquel episodio piloto firmado por Martin Scorsese que prometía un Casino trasladado a los locos años veinte. Luego, por momentos, llegamos a creernos que Los Soprano habían resucitado en una precuela donde se narraban las historietas alcohólicas de sus abuelos. Pero luego ocurrió lo de tantas otras veces: que la chispa se apaga, que los amoríos asoman la pata, que los secundarios insulsos reclaman su minutaje. Las tramas se dispersan, se enredan, se alejan del motivo principal que nos clavaba en el sofá: los gángsters con sus jetos, con sus códigos, con sus metralletas de gatillo fácil. Las corruptelas municipales dejan paso a los traumas religiosos de las señoras; los niños enfermitos ocupan las escenas donde antes bailaban desnudas las putas del cabaret; la reivindicación lésbica de las sufragistas nos roba el tiempo que otrora copaban las redadas policiales a medianoche, con sus tiros y sus persecuciones. Es como una adaptación de Amar en tiempos revueltos en otros tiempos revueltos. Alguno dirá: es que así la trama se enriquece, se expande, toca asuntos varios para componer un fresco sobre la Norteamérica de los años veinte. Un caleidoscopio, un mural, un retrato polifacético… Pues bueno. Cojonudo. Pero yo no venía a eso.



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