Un cuento chino

Hay fulanos a los que te crees en una pantalla y fulanos a los que no. Es así de simple. Hay actores que apenas me traspasan la piel, y otros, como Darín, que son capaces de obrar el milagro de la identificación. Actores nefastos que te transmiten el vacío emocional de un autista aburrido y actores notables que te hacen partícipes de sus sentimientos magistralmente fingidos. Siempre que le veo, a Darín, en películas mediocres como ésta de hoy, Un cuento chino, o en memorables argentinadas ya clásicas como El hijo de la novia, soy yo quien sufre con él, quien se encorajina, quien se parte de risa, quien se enamora de esas minas argentinas que son como las mujeres francesas, todas preciosas y deseables sólo porque hablan con un acento inventado para seducir. Siempre que veo a Darín, soy Darín. Un macho alfa, al fin, en hora y media regalada.



            Hay un chavalillo en mi pueblo que juega al fútbol y que es la viva imagen infantil de Darín. Cuando sonríe y muestra los dientes, el parecido es incluso sospechoso. Lo he comentado alguna vez, en los corrillos futboleros, para salir de las conversaciones circulares sobre el Madrid y el Barcelona, tan cansinas y previsibles, pero aquí nadie sabe quién es Ricardo Darín. “¿Qué futbolista dices...?” Vivo solo, muy solo.

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