Super 8

Vuelvo a ver, junto al retoño, Super 8. A mí también me gusta la película de Doble J, pero es fácil, para un espectador de mi generación, verle el truco y las costuras. Aguanta muy bien un primer visionado; en el segundo, pasada la novedad de la propuesta, ya sólo te entretienes con los guiños, con los homenajes, con los debates éticos que suscita la presencia lolítica de Elle Fanning.
    Pero no quiero entretenerme aquí en los defectos de Super 8. Buena o mala, obra maestra o birria absoluta, no seré yo quien se dedique a buscarle los granos. Yo le tengo mucho cariño a esta película. Mi hijo y yo la vimos por primera vez en el cine, en una tarde que resultó ser fundacional. Él salió del cine encandilado, como sorprendido en mitad de un sueño: “La mejor película que he visto en mi vida”, afirmó nada más pisar la calle, con los ojos alucinados, perdidos, buscando todavía la nave espacial que al final se perdía entre las estrellas. Yo supe que era cierto: me era familiar aquella mirada, aquella inflexión en la voz, aquella manera de separar las palabras una a una, como dictando sentencia. Me recordaba al niño que salió de ver Ratatouille, o Toy Story 3, un chaval que levitaba y sonreía y no paraba de parlotear, arrebatado en un trance. Pero esta vez había algo distinto en su semblante, algo maduro. Su afirmación no era retórica, ni producto del entusiasmo inmediato. Parecía haber sido meditada en el transcurso mismo de la película, como si las escenas fueran encajando, una a una, en el esquema predeterminado y mágico que él entendía por obra maestra. Mi retoño se había convertido, por obra y gracia de Super 8, en un cinéfilo. En sangre de mi sangre, por fin. En celuloide de mi celuloide. Nadie habla como él habló sin estar ya poseído por la pasión, inoculado por el virus, sediento para siempre de ver más películas como aquella, bendito y maldito al mismo tiempo. 


          




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