Glee. Dianna, con dos nn.

Seguimos a vueltas con Glee. Y es que a Pitufo, la carne de mi carne, cuando se le pone una serie entre ceja y ceja, ya no hay quien lo baje de la burra. El hecho de que todos los episodios sean un calco del anterior, lejos de alejarle de la serie, le va produciendo un interés monotemático por los personajes. Lo mismo que a él le alimenta, a mí me mata.
            Hoy, por lo menos, Dianna Agron salía más minutos. Mi amor por ella  ha reverdecido en la maceta de mi corazón. En el quinto episodio casi no se la vio el pelo, y uno empezaba a temerse lo peor: que la hubieran expulsado del instituto, o que se hubiera trasladado con sus padres al remoto estado de Wyoming. Malditos guionistas, que manejan el destino de nuestros propios sentimientos. Sin Dianna vestida de animadora, o de ángel cantor, yo no habría soportado más Glee. No sé cómo me las habría arreglado para continuar viendo esta serie tan inapropiada para mí, tan melosamente musical, al lado de un retoño que de momento nada se cosca de mi pasión secreta. O que disimula como un campeón, el muy jodido.

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