Destino oculto

Veo, por la noche, en los canales de pago, Destino oculto,  No esperaba gran cosa de esta patochada romántica y, sin embargo, la película ha cambiado la visión que tenía de mi propia vida. He comprendido, al fin, la razón de que Natalie Portman y yo aún no hayamos consumado nuestro amor. No es porque ella viva allí y yo acá, ni porque ella sea famosísima y yo un don nadie de las calles provincianas. Sucede, simplemente, que nuestra gozosa unión no forma parte del Plan Secreto escrito por el Director... Hagamos lo que hagamos -y mira que yo lo intento- nuestro destino en la vida es permanecer alejados, ignorados mutuamente, pese a la fuerza arrebatadora de nuestra pasión. No es culpa nuestra: es el destino. El oculto. Son los tíos del sombrero los que frustran, uno a uno, mis laboriosísimos planes de seducirla, de compartir cama y desayunos, de convertirla en la madre de mis nuevos hijos.


En Destino oculto, como una rosa de la primavera, ha crecido ante mis ojos el tercer amor del año 2012. Ella es Emily Blunt, londinense del 83, y juntos hemos compartido unas horas maravillosas. Hasta que la he buscado, como a Susan, desesperadamente, en internet, y he leído, con un puñal de envidia clavado en las entrañas, que mi lugar junto a su lecho lo ocupa John Krasinski, el entreñable Jim Halpert de The Office. Maldita sea. Con lo bien que me caía este tipo. A partir de ahora, siempre que le vea en la serie, recordaré que ella, guapísima, le sonríe tras las cámaras.


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