Carlos Pumares y The Wire

¿Es The Wire la mejor seríe de la historia de la televisión, como afirman algunos? ¿Dónde dejaríamos entonces a Los Soprano, a Los Simpson, a puñados de episodios de Seinfeld o de Mad Men que son como oro  en polvo escurriéndose entre los dedos? Si una enseñanza indeleble me dejó Carlos Pumares en aquellas largas madrugadas de mi adolescencia, es que las películas no son caballos que compitan en una carrera. ¿Primera, segunda, mejor, peor? No hay sistema métrico ni foto finish que pueda dirimir tales cuestiones. Incluso los podios que uno elabora para sí mismo están sujetos a modificaciones según el estado de ánimo, los desvaríos del carácter o los caprichos insondables del gusto. Recuerdo a los plastas de la madrugada que llamaban a Pumares para sonsacarle si era mejor Casablanca que Ser o no ser, si era mejor El Padrino I que El Padrino II, si Cary Grant era mejor actor que James Stewart… Recuerdo, también, las ironías malévolas que les soltaba Pumares, harto ya de predicar en el desierto de las ondas, las burlas casi crueles que dedicaba a sus radioyentes más lerdos e insistentes, obsesionados con la lista, con la posición, entregados, como rezaba la canción de Serrat, a la tediosa labor de medir el mundo, en lugar de lanzarse a disfrutarlo.
            He visto los últimos minutos del episodio con mi hijo ya revoloteando por los alrededores del sofá, recién llegado de la mitad materna de sus vacaciones. Que si hola, que si mira, que si atiende, que si escucha… Le digo que espere diez minutos para narrarme sus andanzas, pero no me hace caso. Él me explicotea sus cosas mientras en pantalla, lejos ya de mis entendederas, avanzan las investigaciones sobre la mafia traficante de Baltimore. La llegada de mi hijo me llena de alegría, claro está, pero es una alegría que se puede aplazar diez minutos, como casi todas. Mezclada con la impaciencia, se torna en una sensación agridulce, y culpable. Le quiero más que a mi vida, obviamente, pero no ahora, precisamente ahora, en estos últimos diez minutos en los que el universo de The Wire pende de un hilo.
           

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