Disobedience

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Disobedience es un remake encubierto de Los Puentes de Madison. Ya no estamos en el condado de Madison, en Iowa, sino con los ortodoxos judíos, en Londres, pero el amor, el sexo, la posibilidad de un giro pasional que pondrá la vida patas arriba y dejará a los vecinos turulatos y ahítos de chismorreos, también se presenta en forma de fotógrafo que pasaba por allí. O de fotógrafa, en este caso.




    Si Francesca Johnson, en su granja perdida, cantaba aquello de “Hace tiempo que ya no siento nada al hacerlo contigo”cuando escuchaba los discos de Rocío Jurado, y pensaba en el señor Johnson como en un buen marido ya amortizado, no es muy distinto lo que canta la desdichada Esti Kuperman cuando sintoniza los 40 Principales en su casa de Londres. Esti es la mujer del rabino Kuperman, esposa ejemplar que todavía busca el primer hijo que consolidará su matrimonio. O mejor dicho, que terminará de clavarla a la cruz de su sacrificio, atravesando con felicidad, pero también con dolor, sus pies y su vientre. Porque Esti se siente atrapada en una cárcel, en un destino que no es el suyo, pero le falta valor para romper los barrotes. Los polvos del viernes viernesete -que al parecer es el día escogido por los judíos ortodoxos para cumplir el débito conyugal, como lo era el sábado sabadete para los católicos ejemplares- no la satisfacen. No encienden la menor llama en su cuerpo. Primero porque el rabino, temeroso de Dios, estricto cumplidor de la ley talmúdica, apenas se detiene en el solaz de los preámbulos, en el jugueteo de los gentiles. Él se posiciona, insemina, y se levanta del lecho para cumplir otras obligaciones. Y segundo porque Esti, en sus entrañas, en la verdad pecadora de su alma, desea que el cuerpo del hombre sea sustituido por el cuerpo de una mujer. Y no de una mujer cualquiera, además, al contrario de Francesca Johnson, que soñaba con un hombre indeterminado que llamara a la puerta de su granja. Esti sigue amando a una mujer muy concreta: Ronit, la hija del gran Rabino, que decidió exiliarse cuando sintió que se ahogaba, en un arranque de valentía, y decidió irse a Nueva York para dar rienda suelta a su verdad.

    Esti soñó muchas veces que Ronit regresaba, se materializaba a su lado, y le concedía una nueva oportunidad para ser feliz. De tanto cerrar los ojos para convocarla, al gran Rabino le dará un soponcio de fatales consecuencias, y Ronit, obligada por las circunstancias, aterrizará en Londres tan guapa como siempre...



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Lucky

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Harry Dean Stanton era el mecánico de la nave Nostromo que caía a las primeras de cambio en las fauces del alien. También era el improbable marido de Nastassja Kinski en París, Texas, el tipo de la gorra que vagaba por el desierto mientras la guitarra de Ry Cooder rasgaba sus entrañas. El actor terciario que a veces llegaba a secundario en varias películas de David Lynch. El tipo al que reconocíamos sin dudar porque tenía unas orejas iguales a las de Palomino, el personaje de Buenafuente. Y poco más que contar, sobre Harry Dean, para los cinéfilos de a pie, para los que no vamos a festivales de ciudades costeras ni a filmotecas de ciudades importantes. Los que tiramos de internet y de Movistar + en nuestro exilio provinciano. Uno de los nuestros, sí, Harry Dean, un actor de larga carrera metido en un puñado de grandes películas, con papeles que a veces no llegaban a decir ni palabra, juraría yo, en mis confusos recuerdos... Stanton para los amigos, el tipo de las orejas, el de la mirada hierática y tristona. Qué habrá sido de él, cuánto tiempo hace que no le veo, no me suena que se haya muerto y tal... Para nada un mito, un referente, un icono, como dicen los panegiristas que le lloran en internet, los enteraos, los que saben toda su filmografía de pe a pa, de cabo a rabo, la nacional y la internacional, ahora que el pobre Harry se murió y ni siquiera llegó a ver el estreno de su última película, Lucky, como tampoco llegaron a ver su última premiere Massimo Troisi o Spencer Tracy, que yo recuerde así, a bote pronto.




    Lucky está bien, se deja ver, pero nada más. Transmite un mensaje optimista y socarrón ante el hecho inevitable de la muerte. Mejor sonreír con cinismo que llorar con amargura. Claro está.  Y Harry Dean se despide mirando a cámara, directamente, en un guiño conmovedor. Eso sí. Pero ha sido su muerte, tan lamentable, tan simbólica, la que ha hecho que la peña se ponga tan estupenda con la película. La despedida del maestro, el testamento de su arte, la rúbrica final, y cosas así. Toda esa literatura inflada y exagerada que aflora en los sepelios.



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Tierra firme

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Ahora que las mujeres se enfrentan a las arañas y pueden abrir tarros de conservas sin nuestra ayuda, los hombres nos hemos visto reducidos a meros surtidores de semen. Como mangueras en una gasolinera. Robustos, serviciales, a pie firme en el camino, pero nada más. Las mujeres ya sólo nos necesitan para ser madres. Y dentro de poco ni eso. En el futuro sin pollas de la inseminación artificial, las mujeres se amarán entre ellas sin tanto miedo y sin tanta brutalidad, más bellamente, con caricias de cuento de hadas, con paciencias de monjas de Katmandú, y nosotros nos mataremos a pajas en penitencia por nuestra fealdad, y por el daño cometido.



    Tanto músculo, tanta egolatría, tanta poesía en los folios y tanto sudor en los gimnasios, y al final nos hemos olvidado de que sólo somos un émbolo que bombea espermatozoides. Los hombres somos excrecencias del pasado evolutivo. El desarrollo tecnológico nos condenará a la irrelevancia biológica, y seremos como el apéndice del intestino, o como la muela del juicio. La inseminación artificial -y la jeringuilla de Tierra firme es un ejemplo tragicómico de ello- es el fin de la humanidad tal y como la conocemos. Un invento tan decisivo que parece inspirado por el monolito de Stanley Kubrick. Un salto cualitativo que alumbra el nuevo orden de la especie. A corto plazo, sólo los sementales de ADN muy cualificado pintarán algo en el ecosistema. A medio plazo ni siquiera ellos sobrevivirán al ERE evolutivo, cuando se invente el ADN sintético que volverá a todos los retoños listísimos y de ojos azules. Los hombres nos extinguiremos en unas cuantas generaciones, dejando a nuestra espalda un reguero de mierda y destrucción. Y billones de pajas que serán como billones de lamentos. 

    Cinco millones de años más tarde, de la rama del homo sapiens brotará una nueva especie compuesta sólo por mujeres, que mejorará la Tierra y la hará más habitable y bondadosa. Se amarán con pasión, se odiarán con generosidad, y cuando sientan el prurito de perpetuarse, se inseminarán camino del trabajo o de la panadería. El amor será otra cosa, y tendrá otra función. Habrá hombres mendigando por las calles, a la puerta de los supermercados y de las iglesias, pidiendo sexo como ahora se pide dinero o un bocadillo para comer. Hasta que desaparezcamos de la faz de la Tierra seremos una molestia cotidiana, insoslayable, de las que se olvidan en cinco segundos.



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¿Qué fue de Brad?

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No es la primera vez que la ficción se solapa con mi realidad. Que una experiencia propia se ve reflejada al día siguiente, o a veces el mismo día, en una película de la que a priori desconozco la trama. Puede ser la casualidad, obviamente, de tantas películas como veo al cabo del año. Pero puede ser, también, y ése es mi sospechoso principal, el inconsciente traidor, que guía mis búsquedas con referencias que yo mismo desconozco. Esto sería muy freudiano, la verdad, y yo soy muy seguidor del abuelo Sigmund, así que es posible que haya dos cinéfilos conviviendo dentro de mí: el que elige las películas para escapar de la realidad -del que soy consciente y brazo ejecutor- y el que busca en ellas una explicación a mis inquietudes sin que yo le haya concedido tal prerrogativa.



   Ayer mismo, en León, León, como Brad Sloan en Cambridge, Massachusetts, me reencontré con un viejo amigo del bachillerato al que veo cada año para contrastar nuestros respectivos avatares, que ya no son los hijos, ni los trabajos, ni los proyectos vitales, pues la suerte está más o menos echada, sino las canas que nos van saliendo en la barba y poco a poco en el alma, yo muchas más que él, claro, que le saco unos cuantos meses, y unos cuantos reveses. En la terraza de la cafetería, mientras él hablaba de los viejos compañeros a los que hace casi treinta años que no veo, yo era un poco como el Brad Sloan de la película, un hombre de 46 años que escucha el relato de cómo sus compañeros de aula, de los que sólo recuerdo los aristocráticos apellidos, y ya casi nada de las facciones o de las anécdotas, fueron triunfando en la vida, obteniendo puestos muy codiciados en la empresa privada o sillones muy confortables en la función pública, mientras que uno, que era mejor estudiante que ellos, que estaba llamado a ser un don Alguien de la vida, que leía de todo y sabía de todo y era el pasmo de sus profesores y tutores, se ha quedado relegado en su rincón del noroeste, con sus extraños alumnos, con sus chavalicos del fútbol, con su blog de cine que nadie lee. Perdido en un laberinto muy peculiar de proyectos locos y depresiones de fosa Mariana.

    Sin embargo, al contrario que Brad Sloan -que es un poco panoli de la vida, el papel de toda la vida de Ben Stiller- uno sabe bien que la felicidad no reside en el estatus, ni en la comparativa, ni en el sentimiento de superioridad del macho que escala la pirámide. Que la sensación de estar a buenas con el mundo cada mañana, se siente o no se siente, se tiene o no se tiene, y que tiene poco que ver con la cuenta bancaria o con la envidia de los demás. En eso soy muy poco Sloan, muy poco Stiller. La picadura de la envidia cochina se me irá tan rápidamente como la picadura de un mosquito. En eso sí soy afortunado.



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Ready Player One

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Lo cierto es que últimamente no presto mucha atención cuando leo las informaciones o me recomiendan las películas, porque los asuntos personales interfieren continuamente en la concentración. Quizá por eso, porque cogí cuatro datos al vuelo sin profundizar demasiado, pensé que Ready Player One era una película de acción frenética pero con gente real, al estilo clásico de don Steven. Algo así como una aventura de Indiana Jones pero en plan futurista, para los chavales de ahora, con héroes adolescentes, bichos a mansalva, malotes de pacotilla, efectos especiales de mucho ruido y mucho fuego para que en las salas de cine no se oiga el pitido de los teléfonos ni el masticar de las palomitas.




    Así que he venido a la nueva película de Steven Spielberg sin saber que ésta no era tal, sino la demo de un videojuego, Oasis, uno que flipará a toda la chavalada y parte de la adultada en el año 2045, junto al FIFA 45, claro está, sólo que Oasis es de avatares que se pegan unas hostias tremendas durante todo el metraje, o como se llame esto, la duración, en la jerga de los jugadores: el crono, o el game time.

    En Oasis -llamado así porque la vida real se ha vuelto irrespirable en el futuro, y sólo dentro del juego puede uno soñar y comportarse en libertad- hay que conseguir unas llaves, descifrar unas pistas, recibir los parabienes de un sabio encapuchado que es el propio creador del juego: un incel que al llegar a la edad de merecer se refugió en la masturbación y en la soledad ante el ordenador. Apartado de las mujeres, que es lo mismo que decir que apartado del mundo, como los monjes, o como los pastores en los montes, el tal Halliday crea una aventura que recorre muchos iconos culturales de las últimas décadas, desde Parque Jurásico al Gigante de Hierro, desde el Halcón Milenario al Delorean de Marty McFly. Y es en eso, y sólo en eso, en la búsqueda continua de los guiños, las referencias, los cachivaches, los huevos de Pascua escondidos en el barullo cacofónico de las peleas, donde uno, que ya va para cuarentón largo y se marea pronto en estos campos de batalla, encuentra un mínimo de diversión en la película. Pero agarrado a la cornisa con una sola mano, no vayan a creerse.



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¡Lumière! Comienza la aventura

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Los obreros que salen de la fábrica, los viajeros que esperan el tren, el regador regado y el cabrocente del chaval... Están todos muertos. No queda ni uno. Los viandantes de Lyon, los viandantes de París, los hermanos Lumière,  que aparecían en algunas de las primeras filmaciones. Huesos y polvo. Quizá ya ni eso. Manchas en el viejo celuloide. Ceros y unos en los modernos dispositivos que ponen puntos blancos o negros para conformar cuerpos y rostros. Fantasmas convocados por la tecnología. Están muertos los niños que se bañan en el río, los soldados que bailan la jota, los vietnamitas que salen corriendo detrás de la cámara... Hologramas de una vida pretérita. Los ciclistas, los alpinistas, los visitantes de la Exposición Universal... Los que se afanan en la fábrica o sonríen en el ocio. El cine es un viaje mortuorio, un recordatorio de difuntos, como los cuadros de los museos, o las viejas fotografías, o los mosaicos de los romanos. Pero en el cine la gente se mueve, gesticula, llora y sonríe, y el efecto que producen un siglo más tarde es devastador. Están vivos en esa muerte congelada y activa. Indiferentes al tiempo. Atrapados sin saberlo en las dos dimensiones carcelarias del viejo celuloide. Como los tres malotes de Supermán II, que vivían como muertos en aquella lámina de plexiglás que surcaba el espacio.




    Sin embargo, de las ciudades que retrataron los hermanos Lumière y su equipo de camarógrafos, quedan los esqueletos, las trazas, los edificios más simbólicos. Operadas hasta las cejas, las ciudades han sobrevivido. Pero sus inquietos habitantes no. Las 108 películas que se muestran en ¡Lumière, comienza la aventura! son otros tantos 108 viajes al más allá. El cine puede ser rabiosa actualidad y rabiosa muerte, y esta retrospectiva es una pura sesión de espiritismo. Apagas las luces, enciendes la tele, suena la música de Saint-Saëns, y te dejas llevar por la voz sugerente de Thierry Frémaux, que ejerce de médium. Supongo que sin él, sin su entusiasmo, sin su pedagogía, esta experiencia del cine arcaico, del cine mortuorio, no sería la misma. Él proporciona el contexto y la pincelada. Los demás unimos las manos y convocamos en actitud recogida a los espíritus.



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Un lugar tranquilo

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La película se iba a titular No me chilles que no te veo, porque estos alienígenas son ciegos y sólo pueden guiarse con su oído complejísimo, que a saber cómo han llegado hasta el planeta Tierra conduciendo sus naves espaciales. Rebotando ultrasonidos contra los planetas, digo yo, como los murciélagos. Pero el chiste del título ya estaba cogido por Gene Wilder y Richard Pryor en su mítico descojono, así que esta nueva batalla del ser humano contra los aliens se llama, en sutil ironía, Un lugar tranquilo, pues tal reino del silencio no es sólo la granja donde sobrevive la familia de los tres hijos y el cuarto por venir -que manda cojones, ponerse a alumbrar una nueva vida en semejantes condiciones- sino, al parecer, el planeta entero, convertido ya en el cementerio de la humanidad, devastado por esta raza a medio camino entre los aliens de Ridley Scott y los insectos de Paul Verhoeven, aquellos bichos de Starship Troopers que lo mismo ensartaban a yogurines de muy buen ver que a chicas guapísimas de mucho lamentar, en ecuménico genocidio de las personas más bellas de nuestro planeta.




    Esta raza de extraterrestres que persigue a Emily Blunt y al suertudo de su marido no soporta ningún tipo de ruido, de modo que sólo tienes que carraspear o que recibir un aviso del Whatsapp para que aparezca uno de ellos a tu lado, a la velocidad del rayo, y te abra las tripas de un zarpazo certero. No toleran la más mínima. Su triple oído viene a ser como el séptuple estómago de Alf, una maldición de la biología que les trae todo el día en jaque, buscando fuentes de sonido, o persiguiendo gatos entre las sillas. Yo, en cierto modo, entiendo a estos bichos de Un lugar tranquilo. No voy a decir que voy con ellos en la película, porque sería exagerar demasiado, y yo siempre estoy con Emily Blunt en cualquier papel que interprete. Pero tengo que confesar que una parte de mi simpatía, un residuo del tanto por ciento, está con ellos, aunque sean tan feos y tan poco misericordiosos. Los seres humanos somos unos animales estridentes y vocingleros. Hemos convertido el mundo en un lodazal de mierda, en un mar de plástico, en una atmósfera de veneno. Y, también, en un escándalo de ruidos. Los cazadores recolectores, como mucho, se tiraban pedos, se silbaban en el peligro, jadeaban de placer en los actos reproductores. Algún grito de dolor rompía de vez en cuando la armonía de la naturaleza. Y poco más. Mi perrito Eddie, sin ir más lejos, es un ser vivo que apenas produce cuatro ladridos durante el día, y algún que otro bostezo en los días tristones, y se le ve razonablemente bien, sin tanto jaleo y tanta barahúnda. El bípedo implume es más bien el homo sonorus, el tocacojonus timpanensis. Donde no alcanzan las ordenanzas municipales, ni las llamadas a la policía, ni las apelaciones al sentido común, tal vez alcance una buena invasión de extraterrestres que por fin implante el Club Diógenes a nivel global, y uno ya pueda leer o escribir o ver la película del día sin las distracciones habituales.



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Good Time

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Si quieres ganar pasta, pasta gansa, y Dios te ha dado un hermano como Dustin Hoffman en Rain Man, que sabe contar cartas en los juegos de mesa, lo subes al coche de un empujón, lo llevas a Las Vegas mientras le explicas las cuatro reglas, y vas ordeñando los casinos con mucho disimulo antes de devolverlo a la residencia que lo cuida con tanto mimo.

    Pero si tu hermano no es un savant brillante como Raymond Babbitt, sino un simple deficiente como Nick Nikas -que ya parece un nombre hiriente, como puesto adrede para el cachondeo- lo único que puedes hacer con él, tan cortico, tan poco agraciado, es robar un banco con caretas de goma y rezar para que entienda las dos o tres instrucciones que le has dado: que no dispare, que no te llame por tu nombre, que repita exactamente “¡Esto es un atraco!” y nada más, que no improvise y meta la pata en cualquier exceso de adrenalina. Podrías dejarlo en casa, claro está, para que no estropeara el asunto, y luego contarle que te has ido al cine, o a la peluquería, y que has encontrado esa bolsa llena de billetes en la acera. Se iba a creer cualquier cosa, el pobrecico. Pero su presencia física es intimidatoria, como de oso peligroso, y eso viene bien para acojonar al personal de las ventanillas. Y además, oculto bajo la careta, nadie va a darse cuenta de que has ido a recogerlo a la institución especial diez minutos antes de dar el palo.



    Sucede, además, que Connie Nikas, el hermano inteligente, tampoco es muy inteligente que digamos, nada que ver con el Tom Cruise de Rain Man. Connie es más bien un listillo de barrio, pero se aturulla en las decisiones importantes, cuando los nervios se imponen a la razón. Y así, con esos mimbres, unidos por un apellido tan poco aristocrático, los dos hermanos realizan un atraco que en realidad, contra todo pronóstico, ejecutan a la perfección, sin complicaciones, sin muertos, con el dinero a buen recaudo en el maletín. Pero la desgracia siempre sobrevuela sobre los desgraciados, pues ésa es su definición, como una nube personalizada que siempre llueve sobre sus cabezas, y lo que era un trabajo de diez minutos se convierte en una noche toledana que dura casi dos horas en nuestros televisores. Con muchas hostias, muchas decisiones equivocadas, muchas fatalidades que se van sucediendo a ritmo de speed y otras drogas variadas.. Lo de Good Time es, evidentemente, una ironía.




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