La boda de Rachel

No hace mucho tiempo que en los bosques de Hollywood crecieron como setas las películas que llevaban la palabra "boda" en el título. Fue una especie de fiebre matrimonial que encendió las plateas y recalentó los reproductores de vídeo. Las damiselas de las películas casi nunca se casaban vírgenes, y casi nunca se desposaban por lo católico, pero muchos, en el Vaticano, y en otras jerarquías de lo viejuno, sonrieron complacidos ante este revival insospechado de la sagrada institución. Tras esa fachada de comedias románticas en las que al final, tras muchas peripecias, se consumaba el matrimonio en gozoso desenlace, se escondía un mensaje algo rancio, naftalínico, como de una época ya superada, y uno veía con sorpresa cómo las mujeres del siglo XXI, como las bisabuelas del siglo XIX, volvían a perder el oremus con tal de casarse como fuera para realizarse como féminas.



    En aquella fundición que no paraba de producir anillos de compromiso,  La boda de Rachel parecía una película más que aprovechaba oportunamente el rebufo de los vientos. En su póster promocional, además, aparecía el rostro desvalido y hermoso de Anne Hathaway, la chica princesa de Hollywood, lo que dejaba poco lugar para la sorpresa de los sentimientos. Sin embargo, la película de Jonathan Demme salió diferente a todas las demás. Había novia enamorada, sí, y novio enamorado, y jardín idílico en el que desposarse, y catering preparado, y flores de cien colores, y músicas repensadas, y saris que ceñían los cuerpos juveniles de las damas de honor. Mucho buen rollo entre los invitados, y una cámara muy sabia que iba recorriendo la fiesta con sentido del humor. Pero los personajes de La boda de Rachel, aunque celebraban una fiesta del amor, vivían traspasados por la melancolía, por la ambivalencia de los sentimientos. Hoy toca jolgorio, sí, pero mañana ya veremos, y del pasado preferimos no hablar para no joder la fiesta por la mitad.

    Como sucede en cualquier reunión familiar que se precie, las personas se aman y se odian al mismo tiempo, porque hay cosas que se olvidan pero no se perdonan, y cosas que se perdonan pero no se olvidan. Quedan resquemores de la infancia, encontronazos de la adultez, envidias cochinas y asuntos sin resolver. Queda la vida, monda y lironda, con toda su crudeza y toda su belleza. A la mañana siguiente, tras la noche de bodas -que en el mundo post-católico ya es un concepto trasnochado y carente de sentido-, la vida sigue más o menos como estaba, en lo bueno y en lo malo, aunque ahora sea con un anillo dorado reluciendo en el dedo. 


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Los cuatrocientos golpes

Yo pensaba que los cuatrocientos golpes eran los cuatrocientos puntapiés que la vida le iba propinando en el culo al pobre Antoine Doinel, el niño que al ser consciente de que en casa es una molestia, y en el colegio un sospechoso habitual, decide probar fortuna por las calles de París, adornadas para la Navidad, haciendo pellas por los cines, por los parques de atracciones, durmiendo en almacenes y desayunando la leche embotellada que roba de los portales.

    Ésa era, al menos, la traducción que yo siempre me había hecho del título, tan enigmático, tan significativo en la historia del cine, hasta que hoy, que he vuelto a ver la película, y me he dado un garbeo por los foros de los entendidos, encuentro que la expresión francesa "Les quatre cents coups" proviene de los 400 cañonazos -que no golpes- que un día soltó Luis XIII contra los protestantes de Montauban, dejando al libre albedrío de las balas que murieran los adultos recalcitrantes o los niños que no habían sido bautizados en la fe verdadera.



    Los cuatrocientos golpes de Luis XIII terminaron siendo, por esos derroteros que a veces toman los idiomas, las travesuras que perpetran los niños descarriados, que rompen las urbanidades por el puro placer de conculcarlas. Y trastadas, a decir verdad, en la película, Antoine Doinel comete unas cuantas. Otra cosa es que nos embarquemos en una discusión de esquema gallina-huevo sobre si Doinel es un niño rebelde porque el mundo lo hizo así, como años después cantara su compatriota Jeanette, o si la rebeldía que se esconde tras esa cara de niño perplejo y dolorido viene tan incrustada en su carácter que, sin ella, Doinel ya no sería Doinel, sino otro personaje que nos conmovería bastante menos. Un niño normal, cumplidor, querido por sus padres y respetado por su maestros, de vida anodina, muy poco noticiable, nada cinematográfica. Un niño así jamás se escaparía del reformatorio para ver el mar, y nosotros no lloraríamos como tontos en la última escena de la película sin saber muy bienb el motivo.


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The Master

Uno, que ha vivido toda su vida rodeado de católicos surgidos del Concilio de Trento, y que sabe muy poco sobre los asuntos de la Cienciología– sólo que sus dioses son extraterrestres cabezones que viven en un planeta lejano, y que hay mucho actor del guaperío militando en sus filas-, se plantó en el sofá con la idea de ver un controvertido biopic sobre los orígenes fundacionales de la secta. Pero bastan unos pocos minutos para comprender que Paul Thomas Anderson, como era de esperar, no ha tomado el camino más fácil y directo en The Master, sino uno tortuoso, extraño, que tapa más que cuenta, que suscita más que indica. Un experimento a ratos comprensible y a ratos no. A veces convencional y a veces extravagante. Un relato que de cualquier modo te mantiene pegado a la pantalla y entregado a la causa. Pero no a La Causa humanista de Ron Hubbard -aquí llamado Lancaster Dodd- sino a “la causa” fílmica de Paul T. Anderson, ese director siempre tan diferente y arriesgado.



    The Master, finalmente, no era un biopic sobre la figura de Ron Hubbard, ni una  clase de historia, ni un simposio sobre una religión algo extravagante y chiripitiflaútica. The Master es, por encima de todo, la crónica de un empecinamiento pedagógico. Algo así como un remake de El pequeño salvaje de Truffaut, aquella película en la que Jean Itard, pedagogo vocacional en los tiempos de la Ilustración, se las tenía tiesas con el niño salvaje de Aveyron. En The Master, Lancaster Dodd presume de practicar una psicoterapia capaz de devolver a los hombres al camino recto del equilibrio, de la templanza, del autocontrol sosegado y fructífero. Una batalla terapeútica contra la tiranía de los instintos que a ratos parece un psicoanálisis de Sigmund Freud y a ratos una psicomagia de Alejandro Jodorowsky.

    Lancaster-Hubbard vive feliz, seguro de sí mismo, confiado en el poder casi omnímodo de su método, hasta que se topa con la horma de su zapato: Freddie Quell, excombatiente de la II Guerra Mundial, alcohólico y sexoadicto, desquiciado y enigmático. Una recreación asombrosa de ese actor ya de por sí algo freddiequelliano llamado Joaquin Phoenix. Ése "enfrentamiento" entre el profesor orgulloso y el alumno ingobernable es el drama central que anima la película. La vieja pelea entre la educación y el instinto. El combate filosófico entre la creencia de que los hombres pueden cambiar, y la sospecha de que uno siempre es como es y anda siempre con lo puesto, como cantaba Serrat.  Freddie, por supuesto, saldrá vencedor del pugilato...

                              

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Lugares comunes

Yo la llamo "La trilogía de Federico Luppi sentando cátedra". El alter ego de Adolfo Aristarain primero impartió sus lecciones en Un lugar en el mundo, luego en Martín Hache, y finalmente, ya de vuelta a la Argentina rural, un poco en plan Fray Luis de León y su "Decíamos ayer...", en Lugares comunes, que es una película que parece muy terrenal, muy apegada a la crisis del corralito y al destierro de los intelectuales, pero que en realidad, desentrañada, desmenuzada, es una cinta de ciencia-ficción que vaga por universos muy ajenos a los derroteros de la humanidad. Porque tipos así, tan lúcidos, tan inflamados de razones como Fernando Robles, ya sólo se encuentran en civilizaciones más avanzadas que la terráquea. Y amores tan idílicos como el suyo por Liliana, tan robustos y resistentes a la erosión de los elementos, ya sólo en las viejas leyendas turolenses o veronesas que son más mito que otra cosa. Amores de Pandora, más que de la Tierra.


 
    En esta trilogía de Adolfo Aristarain tan poco galáctica en apariencia, que transcurre hace tan poco tiempo, y en planetas hispanoargentinos tan poco lejanos, el personaje de Luppi, aunque cambie de nombre, y en algunas películas salga mejor afeitado que en otras, viene a ser el mismo caballero Jedi que ha alcanzado la lucidez en los caminos de la Fuerza. Si le vistieras con el hábito monacal del viejo Ben Kenobi, y le pusieras a vivir en una cueva polvorienta del planeta Tatooine, el resultado dejaría boquiabierto al mismísimo George Lucas, que tal vez lamentaría no haber creado un caballero Jedi con acento porteño que predicara los milagros de los midiclorianos, y negociara acuerdos razonados con la poderosa Federación de Comercio.



    El tipo canoso de verborrea hipnótca que recorre las tres películas de Aristarain es un rojo claudicado, perdedor de todas las batallas contra los lord Siths de la Derecha Imperial. Un viejo derrotado de la Comuna de París que no renuncia a darle la brasa al interlocutor que le coja más a mano, lo mismo en el bar de la esquina que en la chacra de la Pampa o en el piso a todo lujo de Madrid. Lo mismo al hijo joven que aún no sabe por dónde tirar que al hijo ya crecidito que abandonó los ideales para tener dos coches y un chalet en la serranía. Lo mismo a la amante que lo encuentra fascinante pero algo pesado, que a la esposa arrobada que se pasaría un milenio de amor sentada a su lado, escuchando sus jaculatorias sobre la ausencia de sentido común y la vergüenza de vivir en sociedades que premian la corrupción y la estupidez. Lo mismo al espectador que pasaba por alguna de sus películas por casualidad, y ha decidido no insistir en el empeño, que a este devoto seguidor que ha aprovechado la dolorosa excusa de la muerte de Federico Luppi para volver a recordar este puñadito de sabidurías. Y estas actuaciones suyas tan portentosas. Hasta siempre, flaco.


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24 Hour Party People

Alrededor de Tony Wilson (de cuya vida privada, en 24 Hour Party People, apenas se nos cuentan tres amoríos y sus cuernos correspondientes, porque él mismo es un personaje secundario dentro de su propia historia) alcanzaron la fama y se estrellaron contra el suelo los músicos drogados, los productores alcohólicos, los representantes codiciosos, los traficantes de éxtasis, las grupis despelotadas... Wilson, desde su programa marginal en Granada TV, que era como La edad de oro de Paloma Chamorro en la Segunda Cadena, fue el buen pastor de "La Movida Manchesteriana" que un día de 1976, en un garito de mala muerte al que acudieron cuatro visionarios y un par de curiosos, inauguraron los Sex Pistols en su primer concierto por aquellos andurriales postindustriales y predecadentes. 



    Tony Wilson se ganaba la vida haciendo reportajes idiotas para la televisión local, entrevistando al friki de turno, o al tonto del lugar, pero luego, por las noches, transformado en el Mr. Hyde de las gabardinas molonas y los cabellos engominados, se convertía en el factótum de la vanguardia musical que creció a los pechos rebeldes del punk y del afterpunk. Wilson presentaba el único programa de la tele donde tocaban los chicos malos y ruidosos; regentaba los locales nocturnos donde las bandas afinaban sus ritmos y convocaban a su grey; dirigía -manirrotamente, eso sí- el sello musical Factory Records, en el que los contratos se escribían con sangre (sic) pero luego todo el mundo se los pasaba por el forro.

    Si nos atenemos al guión de la película, Tony Wilson no ganó ni un duro con estas aventuras de evangelista musical. Él sólo estaba en el negocio para llevar la buena nueva de la música gamberra y fresca que nacía en el suburbio proletario. Un apóstol desinteresado de la Palabra. Es por eso, seguramente, que la película termina con una visita privada del mismísimo Dios a Tony Wilson. Un Dios que cansado ya de escuchar la músicas de las esferas que él mismo compuso en los primeros eones de la Creación, decide darse un garbeo por Manchester para ponerse al día de lo que se cocía en el pop-rock británico de los años benditos. 


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Half Nelson

El planteamiento clásico de las películas que transcurren en un instituto conflictivo es que cuatro hijos de puta le hacen la vida imposible al docente de turno, éste acaba pidiendo la baja tras un grave altercado que se lleva sus gafas y su dignidad por delante, y hacia el minuto quince de metraje, lanzado en paracaídas, o arribado en una barcaza de desembarco, se planta en la tarima un marine con cara de muy mala hostia que viene armado con una tiza de caballero Jedi. En un par de escenas bastantes tensas, el marine, o la navy seal, suelta un par de ironías que ponen en vereda al líder del motín, repele una agresión que es la última tentativa de hacerlo desistir de su apostolado, y reconduce las clases de Química Orgánica o de Historia Universal hasta lograr que sus alumnos alcancen la iluminación intelectual y el perdón de los pecados.



    Half Nelson es una película perteneciente al género del fucking high school pero contada al revés. En este instituto de Brooklyn situado a mil kilómetros de un futuro prometedor, no es un alumno el que aparece agazapado entre los retretes fumándose un canuto de heroína, sudoroso y alelado, ni es el docente quien lo descubre y, en lugar de denunciarlo, charla con él sobre los principios básicos de la salud. En Half Nelson, es el profesor de Historia, el más molón además de todo el claustro, el John Keating de los institutos públicos, el que un día se queda tirado en los baños con la mirada perdida, y el canuto entre los dedos, y es ella, su alumna Drey, la chica que vive en el epicentro del barrio donde se mercadea la droga, que ha visto de todo y ya vive curada de espantos, la que acude en su ayuda y en su consuelo. Y en su secreto también. El inmaduro de la película es el profesor Dunne, que no es capaz de salir del atolladero de su vida, atrapado en esta llave de lucha libre llamada "Half Nelson" de la que es imposible zafarse sin romperse algún hueso. La madura de la trama, la que acudirá a su casa a visitarlo, a jalearlo, a impedir que se zambulla en el agujero negro de la desesperación, es la chica que a sus diecisiete años ya ha vivido cien vidas muy largas. Y que va a vivir otras cien más largas todavía cuando termine la película, en ese barrio neoyorquino situado tan lejos del paraíso.


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Review. Temporada 3



    Me importan una mierda los secesionismos de los catalanes y los patriotismos de los españoles. Me la suda que Corea del Norte lance un misil sobre el Océano Pacífico y que Donald Trump movilice tres portaaviones y un patinete como respuesta de sus santos cojones. Me la trae al pairo la pronta llegada de la Navidad o la gestualidad infantil de Cristiano Ronaldo huérfano de goles. Ninguna noticia del telediario altera mi vida ni un ápice, ni un comino, ni un bledo. Me sigo levantando a la misma hora, trabajando en la misma tarea, relacionándome para bien o para mal con las mismas personas. Mi estado de felicidad depende de otros factores más cercanos o más pedestres. De lo que ocurre extramuros de mi convento, sólo los recortes en el Estado del Bienestar afectan mi ánimo y tocan mi bolsillo, pero tales noticias han sido desterradas de la actualidad como si volviéramos a bañarnos en ríos de leche y miel. Dejando aparte estos crímenes económicos que matan gente y humillan colectivos,  mi vida es tan trivial, tan banal, tan ensimismada en sus pequeñeces, que sólo las noticias de fogueo ponen sobre mi cabeza una nube negra de mal humor. Hoy, cacharreando por las webs del asunto, he leído que Review, la mejor sitcom de los últimos tiempos, ha sido cancelada tras tres temporadas en el candelabro, que diría Sofía Mazagatos. Los responsables de Comedy Central han hecho sumas y restas y le han cortado el grifo de las gamberradas al bueno de Andrew Daly, que tendrá que colgar su traje de superhéroe urbano en el armario. Yo pagaría dinerales si algún día esa chaqueta beige saliera a la venta en una página web del frikismo televisivo...

    Review no era, por supuesto, una serie para todos los gustos. En las tierras próximas a mi convento nunca conocí a nadie que la viera, ni siquiera que supiera de su existencia. En el reino de Aquí no hay quien viva no crece otra hierba en el suelo improductivo. Sólo de los burgos civilizados me llegan noticias de que Review sí tuvo su pequeño público, su modesta iglesia. Pero hemos sido tan pocos los prosélitos de Forrest MacNeil, tan escasos los discípulos que seguíamos sus enseñanzas, que me quedaré con la duda de si Review era la miel que no estaba hecha para los asnos, o si era la mierda que sólo catábamos las moscas sin olfato. Sea como sea, que me quiten lo bailado, y lo reído.



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Stranger Things. Temporada 2

Hemos tenido que caer en ella -entretenidos con el móvil, pensando en otras cosas, añorando otras ficciones- para reafirmar lo que ya intuíamos: que no era necesaria una segunda temporada de Stranger Things. La historia original, como las cucarachas que mataba Cucal aerosol, nacía, creía, se reproducía muy dignamente entre referencias ochenteras y músicas molonas, y moría como una gran señora rodeada de sus seres queridos, que éramos todos los espectadores que la habíamos respetado y admirado. Pasados los meses de luto, estábamos por la labor de convocar el espíritu de Stranger Things en nuestros reproductores caseros, de refrescar las imágenes que se nos iban borrando, de volver a celebrar su eucaristía entre cuarentones que todavía no hemos abandonado los años ochenta porque los llevamos a cuestas en el iPod, en la videoteca de casa, en alguna camiseta que compramos por nostalgia.



    En estos homenajes funerarios estábamos cuando anunciaron la llegada de una segunda temporada que olía a chicle estirado, a chamusquina comercial, a resurrección cutre de la carne egregia. Stranger Things 1 fue una estrella de vida corta pero intensa. Duró justo lo que tenía que durar, ocho episodios de puro hidrógeno que se convertía en helio irradiando mucho calor, mucho misterio, muchas cuestiones inquietantes. Nos dejó un bonito cadáver, y un bonito recuerdo para las conversaciones con las amistades. Una miniserie original, molona, conclusiva, que no iba a robarnos más tiempo de vida con segundas partes que nada nuevo nos aportarían ¿Para qué, pues, este recauchutamiento ¿Estos electrodos del doctor Frankenstein para que el muerto se convirtiera en zombi, el guiso en refrito, el recuerdo en pesadez, el enamoramiento en rutina, la simpatía en desgana? Para ganar más pasta, sí... Pero, ¿ para qué? Lo habían bordado en la primera entrega, los hermanos Duffer, quizá porque desconocían que su criatura iba a tener una nueva financiación, así que cerraron el círculo argumental de un modo elegante y bello. Sí, el mal seguía por ahí, y sí, los chavales iban a quedar con heridas, y sí, Winona Ryder aún podía desorbitar más los ojos y los gestos... Pero bastaba con imaginar todo esto en la intimidad de nuestros salones.


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Magnolia

Los electrones giran alrededor del núcleo atómico en una órbita estable que podríamos llamar estado de felicidad. Allí podrían pasar eones y eones tan ricamente, tocando la música celestial de las esferas cuánticas, si no fuera porque de vez en cuando son golpeados por una partícula cargada de muy mala hostia, un meteorito subatómico que viaja a la velocidad de la luz y que tras el choque los expulsa fuera del paraíso terrenal de su plácido orbitar.  Por culpa de estos ángeles flamígeros enviados por Dios, los electrones infortunados pasan a vagabundear territorios inhóspitos que no les corresponden, círculos extraños en los que se encuentran nerviosos, cariacontecidos, a la espera de que otro choque -esta vez afortunado- les devuelva a su zona de confort. En ese camino de regreso a casa, los electrones emiten un cuanto de energía que es su agradecimiento a los dioses del destino.




    Todos los personajes de Magnolia -y son un huevo de ellos- también viven fuera de su órbita placentera. En algún momento indeterminado de su pasado se sintieron congraciados con la vida dando vueltas alrededor de una persona amada, o de un trabajo edificante. Pero ellos, como los electrones malhadados, también sufrieron el choque con alguien que los descentró, que los expulsó de su pequeño paraíso, y ahora caminan por la vida con el ánimo por los suelos, y con la desazón instalada en el espíritu. Mientras esperan a que el efecto mariposa les cruce con esa persona que les devuelva la alegría, los personajes de Magnolia pasan el tiempo presentándose a concursos, drogándose hasta las cejas, dando conferencias sobre la supremacía de las pollas... Son distintas formas de matar el tiempo de la espera. Cuando esa persona especial por fin golpeé sus vidas, ellos despertarán de su letargo, de su atonía, de su falsa vida de muertos vivientes, y en la alegría del retorno emitirán una sonrisa, o un llanto muy liberador. Es la física de la felicidad. 


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Punch-Drunk Love

Punch-Drunk Love es una película inclasificable que escribió Paul Thomas Anderson para que nadie pudiera confundirle con el otro Paul Thomas Anderson que dirigió Magnolia, o Boogie Nights. Porque hay gente que se deja llevar por la coincidencia de los nombres, y hasta por el parecido en las fotografías, y piensa que todos los Andersons son el mismo cineasta que firma películas diferentes, y en realidad no saben que aquí hay un misterio muy parecido al de la Santísima Trinidad, con un sólo director verdadero, eso es verdad, pero muchas personas distintas en realidad, tantas como películas, o como idas de olla.

    Punch-Drunk Love es una comedia romántica que no es exactamente una comedia, porque te ríes más bien poco, ni tampoco un romance convencional, porque los que se enamoran en ella -Adam Sandler vestido rigurosamente de azul, y Emily Watson vestida rigurosamente de rojo- no son dos personas adultas exactamente, sino dos niños en la escuela, o dos adolescentes en el insti, enamorados a lo bruto, a lo kamikaze, sin filtros ni convenciones. Una pareja de irreflexivos, de impulsivos, de amantes muy poco consecuentes con sus actos. Dos enamorados sin cálculo, sin método, sin red, que se cuelgan de la persona quizás menos indicada, sólo porque se han visto en una fotografía, o porque alguien ha decidido arrejuntarles, y con tan escasas pistas, y con tan poco bagaje, ellos ya se aman hasta el corvejón, hasta la médula, hasta el desvarío, y ya nada podrá detenerles hasta consumar su felicidad.




    Supongo que las personas cabales, maduras, de cerebros bien estructurados, que se enamoran siguiendo unos raciocinios, unos criterios más o menos estrictos sobre gustos compartidos y personalidades compatibles, no pueden entender Punch-Drunk Love. Los personajes de la película les parecerán sacados de una ciencia-ficción muy lejana, o de un manicomio provincial muy cercano. Tienen que perderse en estas reacciones tan contradictorias, en estos arrebatos tan impetuosos. Los desnortados de la vida, sin embargo, los que alguna vez nos hemos enamorado como Sandler y Watson en la película, a lo bonzo, a lo estúpido, a lo bellísimo en realidad, nos reconocemos sin vergüenza en este dislate de las hormonas que se revuelven, de las neuronas que se desconectan. O que se conectan al tuntún, en una catástrofe bioeléctrica de consecuencias impredecibles. Nosotros, los imperfectos, los enamoradizos, los entregados a la causa de Paul Thomas Anderson, tampoco entendemos del todo Punch-Drunk Love, pero sabemos  muy bien de qué va.

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The Meyerowitz Stories

No existe el gen único de la creatividad. Las personas que escriben los libros, pintan los cuadros, marcan los goles inolvidables, poseen una combinación única de varios genes que interactúan entre sí. Una combinación de la bonoloto que lleva el premio gordo de eso que llamamos talento.

    Harold Meyerowitz, que es profesor de arte y escultor de cierta fama, no ha podido transmitir el talento artístico a sus tres hijos. Algún gen indispensable se perdió en las combinaciones genéticas de la concepción, y sus vástagos, nacidos de tres madres distintas, crecieron sin el don de crear formas a partir de los materiales. Quizá por eso, porque Harold Meyerowitz siente una secreta decepción por sus vástagos, o quizá porque es un tipo más bien egoísta y poco afable, la relación que mantiene con ellos es distante en las geografías y lejanísima en los afectos. Pero las familias americanas, aunque se rehúyan, aunque hagan todo lo posible por no coincidir, tarde o temprano se ven abocadas al reencuentro cuando llega la Navidad, o el día de Acción de Gracias, o, como en el caso de la película, cuando al pater familias le dedican una exposición en homenaje a toda su carrera.



    The Meyerowitz Stories es una fina comedia sobre reproches entre padres e hijos, sobre desencuentros entre hermanos y hermanas, tan fina que a veces no soy capaz de seguir los trazos, los caminos, y me pierdo un poco en la prolijidad de los diálogos. Como si no terminara de cogerle el chiste, o el drama. Como si me riera donde no debo y me emocionara donde hay que descojonarse. Pero esto, que es una cosa bastante incómoda, como de ir quedando como una panoli escena tras escena, me sucede en todas las películas de Noah Baumbach. No termino de pillarle el truco a este cineasta. Sus películas son distintas, extrañas, de actores y actrices que casi siempre bordan sus tontunas, y por eso recaigo en ellas una y otra vez. Siento, además, de un modo bastante imbécil, porque en realidad nunca he estado allí, que regreso a casa cuando sus personajes se pasean por el Nueva York intelectual y algo bohemio que también sale en las películas de Woody Allen. Pero con Allen me une una complicidad instantánea que es casi fraternal, más allá de que sus películas le salgan más o menos redondas. Con Noah Baumbach todavía estoy muy lejos de ese entendimiento. Tal vez algún día, si persevero...


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Clash

Tenía en la lista de películas pendientes -de ésas que la crítica especializada alaba en unánime y sospechosa adjetivación- esta rareza procedente de Egipto que se titula Clash. Películas que uno enfrenta con una pereza terrible, desconfiado y muy poco ecuménico, y que terminan cayendo en la tarde plomiza de noviembre sólo porque uno va de cultureta por la vida, y porque se deja influir por el sermón untuoso de los sumos sacerdotes.



    Y en efecto: a los veinte minutos de metraje, todos los adjetivos que había leído sobre Clash en las columnas de los gurús yacían por el suelo de mi salón, estrujados y convertidos en pelotas de papel. En este "experimento fílmico" recalentado al sol del desierto, el director planta una cámara dentro de un furgón policial, y allí, en el contexto de las refriegas callejeras que pusieron a Egipto en la portada de todos los telediarios, van entrando a empujones gentes de todo pelaje: periodistas extranjeros que grababan sin permiso, militantes islámicos que gritaban "Alá es grande", nostálgicos de Hosni Mubarak que clamaban su laico retorno, tipos como usted y como yo que simplemente pasaban por allí y fueron confundidos por los tipos del casco y la porra... Al principio parece que todos los detenidos se van a matar entre sí, enfrentados ideológicamente, sedientos y hambrientos, abandonados por los mismos hombres uniformados que los detuvieron. Pero de pronto, en un milagro de la bonhomía, reina la concordia y el buen rollo entre los allí encerrados. Hombres y mujeres rompen el hielo, charlan de sus cuitas, y hasta llegan a enseñarse las fotos familiares que guardan en las carteras.

    Mientras ahí fuera, en las calles de El Cairo, siguen las hostias como panes entre laicos y creyentes, el entendimiento se hace posible dentro del contexto claustrofóbico de una lechera. Muy bonico todo, pero muy aburrido. Yo, tan cínico con estas cosas, tan abrumado por la "experiencia fílmica", no hubiera llegado al final de Clash si no me hubiera dado por imaginar la versión patria del asunto, basada en los hechos muy reales de las últimas semanas: qué harían, de qué hablarían, como fumarían la pipa de la paz dentro de una lechera de la Policía Nacional, tres tipos con la bandera estelada, otros tres con la bandera de España, un facha de tronío, cuatro desinformados de la actualidad, dos amas de casa que salieron a comprar el pan y las verduras y dos periodistas del Frankfurter Allgemeine que todavía no entienden ni media mierda del asunto...


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Larry David. Temporada 9

Cuando el ser humano dejó de rular por bosques y sabanas y se aposentó cerca de los ríos para cultivar el trigo y la cebada, creó una cosa llamada "convivencia ciudadana" que ha ido evolucionando con el paso de los siglos adquiriendo cuerpo legislativo, matices tan  sutiles que casi  parecen rabínicos. Las multitudes crecieron y se multiplicaron siguiendo el mandato bíblico, y las relaciones humanas, en paralelo, se fueron complicando hasta llegar casi a la incomprensión. El hombre biológico, sin embargo, en estos doce mil años de coexistencia en las ciudades, no ha podido evolucionar al mismo ritmo. Mientras la jurisprudencia sobre las buenas costumbres se multiplica a la velocidad de la luz, la genética molecular camina a su paso cansino de siempre, timina a timina, guanina a guanina, de tal modo que si nos despojaran del teléfono móvil nadie nos distinguiría del antepasado que recogía bayas por la mañana y apedreaba conejos por la tarde.



    Con esta disparidad de velocidades, el hombre del siglo XXI se ve abrumado por el mundo de la educación y la cortesía, las normas y las excepciones. En los tiempos del cazador-recolector sólo había amigos y enemigos. Los propios del territorio y los que intentaban colarse en él. Nada más Y eran muy pocos, además, los sujetos con los que había que tratar al cabo de una vida. Apenas un par de centenares. Ahora, sin embargo, nuestros ecosistemas se han llenado de vecinos y cuñados, de turistas y empleados del sector servicios, y todos los días hemos de lidiar con inúmeras personas que no sabemos muy bien cómo interpretar, y de las que solemos desconocer las intenciones. Sobre este mundo de sobreentendidos y malentendidos, normativas razonables y legislaciones sin sentido, ha construido Larry David la iglesia de su humor. La disección permanente y descojonatoria de las reglas que rigen nuestra convivencia. Su personaje en la serie del mismo nombre -aunque parezca un plasta y un misántropo- sólo pretende poner luz entre tanta tiniebla social. Superar la biología para alcanzar plenamente la ciudadanía. 


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Fe de etarras

El trabajo más duro para cualquier terrorista profesional, de los que hacen carrera en el empeño y luego suben puestos en el escalafón, no es apretar el gatillo, ni detonar la bomba, que para eso ya vienen con la psicopatía de serie, y la sociopatía incorporada en el chasis. Lo más jodido de su labor asesina es esperar: pasar un día tras otro de calculada inactividad, esperando instrucciones, repasando el plan, cargándose de razones... Después de cada crimen cometido, con su subidón de adrenalina y su inflamación de las creencias, vienen largos meses de sigilo en el piso franco. De jugar al trivial o al parchís en las horas muertas mientras los telediarios pasan y la vida transcurre. En el fondo, ser terrorista es un auténtico coñazo, sobre todo si vives tras las líneas enemigas, porque estás lejos de los tuyos, a mil kilómetros de tu bar preferido, con la novia -o el novio- sólo disponible en un vis a vis muy fogoso pero muy desesperado, con un ojo en el cuerpo amado y el otro pendiente de la patada en la puerta. Sólo los matarifes más fanáticos, o los que no tienen vida propia que disfrutar, aguantan esa tensión de los días vacíos. Ese cobrar un sueldo y una manutención por no hacer nada. Hay que ser un funcionario muy honrado para resistir la tentación de la actividad...



    Fe de etarras transcurre en 2010, en plena decadencia de ETA, y también en pleno Mundial de Sudáfrica, con la retórica españolista en las radios y las banderas rojigualdas en los balcones. Ante tal panorama, el único personaje que mantiene su fe es el personaje de Javier Cámara, un riojano de Euskalherría que se considera a sí mismo el último gudari, el último mohicano de una lucha patriótica que viene de siglos, de milenios incluso, enraizada en las disputas que mantuvieron los protovascos que cazaban el mamut con los protoespañoles que preferían el venado. A los otros comandos que le acompañan en su dura tarea de matar moscas a manotazos la fe se les cae de los bolsillos, y la arrastran por el suelo como condenados con su bola de hierro. La pareja de medio novios está más pendiente de resolver lo suyo que de resolver la lucha por la liberación, y el otro personaje, el manchego que quiere ser vasco de nacimiento y hace méritos para ello en la lucha armada, es un mentecato que a cualquier gilipollez le ve la retórica y la soflama (impagable, Julián López). Decía Francisco Umbral que siempre era un espectáculo contemplar a los hombres trabajando en lo suyo, y Fe de etarras, básicamente, es una ventana abierta -finamente cómica, pulcramente medida- a esas jornadas maratonianas de los terroristas dedicados a su trabajo revolucionario de contemplar las musarañas.


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Jerry Before Seinfeld

De las cosas que aprendí o recordé viendo Jerry Before Seinfeld:


    Que Jerry Seinfeld, antes de regalarnos la mejor sitcom de la historia -en coautoría con Larry David- hizo sus pinitos de humorista en un club llamado The Comic Strip, en Nueva York, al que ahora regresa para recordar sus viejos chistes ante el micrófono, en una hora inolvidable de carcajadas e inteligencias.

    Que todas las expresiones que contengan las palabras "veinte minutos" son falsas: "Tardaré veinte minutos", o "La intervención durará veinte minutos", o "Soy capaz de aguantar veinte minutos sin eyacular".

    Que la realidad, en un milagro que se repite cada día, lo mismo en asuntos nacionales que en internacionales o deportivos, se ajusta exactamente al espacio disponible en los periódicos, de tal modo que en ellos nunca queda un espacio en blanco, ni hay que añadirles un espacio extra para contar un suceso inesperado.

    Que estaría muy bien que en las películas, de vez en cuando, aparecieran unos subtítulos que fueran recordando claves sustanciales de la trama ("Recuerda que Fulano le estaba poniendo los cuernos a Mengana"), o que fueran despejando esas dudas que a veces se quedan atoradas en la punta de la lengua, como cosquilleos molestos que impiden la concentración ("Este actor que ahora habla también salía en aquella película titulada...")

    Que no parece una buena idea regalarle a un ser querido una radio musical para la ducha, si no queremos que se mate en ese entorno tan poco propicio para el baile, con el suelo resbaladizo, y la mampara de vidrio...

    Que hacerse adulto significa, entre otras cosas, ir añadiendo bolsillos a la vestimenta, en pantalones y camisas, chaquetas y abrigos, de tal modo que cuando alguien nos pregunta por las llaves nos palmoteamos compulsivamente los mil y un recovecos, poniendo caras de fastidio, mientras que un niño sólo tiene que abrir las manos para demostrar que no las lleva encima...

    Que si no hubiese flores para regalar, la Tierra sería un planeta habitado únicamente por hombres y lesbianas.

    Que si le preguntas a un amigo qué tal le va con su pareja, a mayor incertidumbre en la relación, más arriba se toca la cara con la mano mientras medita: ligera preocupación, si se acaricia el mentón;  crisis inminente, si se pellizca el entrecejo; al borde del colapso, si se frota la frente con la palma de la mano...


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El hijo de la novia

Los fieles seguidores de este blog infumable ya saben que últimamente, a veces guiado por la búsqueda activa, y otras manipulado por el inconsciente traidor, veo mucho cine de cuarentones sumidos en la crisis existencial. Es lo que toca. Con el trabajo consolidado, el hijo criado, y el matrimonio finiquitado en los papeles, ante el cinéfilo cuarentón se abre la terra incognita de su vida, y el cine, a veces más que la vida real, proporciona apuntes que uno anota en el cuadernillo de la pequeña sabiduría. Está el desafío de reinventarse, el afán de reenamorarse, el reto de asumir la lenta decadencia de los sueños y las energías... La pitopausia, y las resacas como hostiazos, y las ganas de revivir mezcladas con la baja forma de los sistemas corporales. El cuarentón es un personaje complejo, tragicómico, un tipo algo ridículo que está a medio camino de la tonta juventud y de la docta decrepitud. Un tipo que da mucho juego en las películas, y que lo mismo te da para soltar un par de lagrimones que para liberar un par de carcajadas, según como lo pille la cámara, y como nos coja el ánimo en la butaca.



    En El hijo de la novia, el personaje de Ricardo Darín tiene cuarenta y dos años, un restaurante que atender y una custodia que compartir. Una novia mucho más joven que satisfacer. Un padre que aún siendo ateo quiere casarse por la iglesia con una mujer enferma de alzhéimer. Un porro descomunal. Y además, para más inri, ya que de iglesias hablamos, un amigo cargante que siempre aparece en el momento más inoportuno para hacer su humorada. Rafael, que así se llama Darín en esta ocasión, no da abasto con tanto personaje salido del vodevil. Y aunque no tiene ni una cana en el pelo, el jodío, ni un mellado en la dentadura, ni una puta nube en la sonrisa, al final su cuerpo le dice que hasta aquí hemos llegado, y se desploma derrotado por el sinvivir.  La moraleja es evidente: a los cuarenta y tantos hay que priorizar objetivos, ralentizar el ritmo, entrenar la cachaza... Hacer el amor con más esmero, y el trabajo con más mimo, y la amistad con más mansedumbre. Cribar, sosegar, tolerar... Como venía a decir Nietzsche por debajo de tanta filosofía arcana de superhombres y dioses muertos, lo importante, al fin y al cabo, son las buenas digestiones.


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Good bye, Lenin!

Una señora franquista que hubiera entrado en coma tres días antes de la muerte del dictador, y reviviera hoy mismo, a sus ciento y pico años, en la habitación soleada de su clínica privada, no necesitaría que ningún hijo la engañara sobre el estado político de la patria. En Good bye, Lenin!, sin embargo, la mamá de Alex, que sufrió su infarto justo antes de la caída del Muro, necesita todo un paripé familiar para no saber que la Alemania Oriental ya no existe, que el comunismo ha sido finalmente derrotado, y que sus sueños de miembro del Partido, de proletaria combativa, de soñadora de fraternidades universales, han ido a parar a los basureros de la historia... Ocho meses después, a su Berlín resistente y pobretón, orgulloso y mal abastecido, ya no lo conoce ni la madre que lo parió. Las gentes visten distinto, sueñan distinto, comen hamburguesas del McDonald's, y en la televisión aparecen mujeres semidesnudas y anuncios de Ferraris derrapando por Miami Beach. Sus ideales viajan por las cloacas camino del mar, y sus allegados tienen que sudar tinta china para hacerla creer que nada ha cambiado en el paraíso socialista.



    Nuestra señora franquista no necesitaría tantos desvelos de los familiares congregados ante su cama. Apenas extrañaría nada al encender el telediario de La 1, o al escuchar las tertulias de la radio. El rey actual, tan guapo y mocetón, es el hijo de aquel otro que designó el Caudillo con un simple capricho de sus cojones -o de su cojón, según las malas lenguas. La democracia -aunque sólo mencionarla le produzca gases y le altere la tensión a la señora- la están gestionando los nietos de aquellos patriotas que ganaron la Guerra Civil, y es muy probable que sólo estén disimulando para complacer a los americanos y a los europeos, siempre tan meticones e idealistas. El ejército sigue desfilando cada 12 de octubre, los obispos siguen bendiciendo las fiestas de guardar, y los equipos de fútbol siguen dedicando sus títulos a la Virgen del terruño. Las banderas del águila imperial siguen exhibiéndose por las calles como si no hubiera pasado el tiempo, y los cachorros de buena familia, aprovechando las manifas, siguen ahostiando como se merecen a los rojos que quieren traernos el ateísmo y el reparto de la riqueza.

    Lo único que a esta señora habría que ocultarle para que no se muriera de otro soponcio, es saber que ahora las mujeres abortan, que los maricones se casan, que los jovenzuelos compran condones como quien compra chicles en el kiosco. La liberación de las costumbres... Cuánto tendrían que callar esos mismos nietos que la sonríen disimulando, que le dan la razón como a los tontos. Los asuntos de la jodienda, sí, y el asunto de Cataluña, claro. Pero eso, lo de los sediciosos catalanes, se soluciona con un par de tanques y con un par de hostias, a la antigua usanza. Lo otro, lo de los indecentes, ya es mucho más difícil de encauzar...


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Desayuno con diamantes

El amor, en la vida real, casi siempre es un cruce de malentendidos. Un diálogo para besugos. Un trasiego de flechas que rara vez aciertan en el blanco. La mayoría de las veces nos enamoramos de quien no nos corresponde, o recibimos el amor de quien está condenado a sentir nuestra indiferencia. Las miradas suelen perderse en la desgana; los sueños, en una nube; las flores, en un contenedor. En los tiempos modernos, nuestros anhelos terminan silenciados en el whatsapp, bloqueados en el facebook, estrujados en la papelera de reciclaje. El amor, en nuestra existencia mamífera, en nuestro deambular por las aceras, es una lotería de los más afortunados, el premio más apetecible y raro del Un, dos, tres...



    Y sin embargo no nos rendimos, porque somos románticos y enamoradizos, y seguimos saliendo a las calles, y a los bares, y a los patios de internet, a perseverar en nuestro sueño de mágicas coincidencias. Y de eso tienen mucha culpa las películas -como antaño fueron culpables los bardos, o los poetas- porque ellas nos siguen vendiendo el sueño de la reciprocidad, la ilusión de la plenitud. Publicidad engañosa, pero maravillosa, ante la que suspendemos cualquier suspicacia o raciocinio. Las películas como Desayuno con diamantes son clásicos cursis, inverosímiles, de personajes tan literarios como improbables, y precisamente por eso los adoramos, y nos enternecen, y nos hacen llorar en la última escena del beso, aunque hayamos jurado cien veces no caer de nuevo en tan ridícula debilidad. Ellos nos devuelven la esperanza del amor. En sus vidas de película todo es tan fácil, tan accesible... Casi un trámite administrativo. Si no fuera porque las películas tienen que durar dos horas para dar de comer a tantas personas que trabajan en ellas, las damiselas requebradas otorgarían su sí a los cinco minutos de metraje, y el resto de la trama ya sólo sería el relato porno de sus muchos encuentros con el galán, y el relato trágico, en los minutos finales, de cómo el amor antaño maravilloso se fue diluyendo y marchitando. Y eso, por supuesto, ya no queremos verlo. No nos interesa la vida pedestre de las 22 horas diarias sin cine...


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El mismo amor, la misma lluvia

Uno de los libros que más me han ayudado a entender el mundo en el que vivo se titula La supervivencia de los más guapos. En él, Nancy Etcoff, que es una psicóloga americana muy lista y muy intuitiva, cuenta que ser guapo, o guapa, no es sólo una ventaja evolutiva que permite encontrar más y mejores parejas sexuales. También en el ámbito laboral, en el mundo de las amistades, en las colas de las panaderías o en las mesas de los restaurantes, a los así agraciados se les abren puertas que a otros se nos cierran en las narices. Se les conceden oportunidades que a los demás se nos deniegan con mal gesto. Los guapos nos seducen, nos confunden, nos secuestran la voluntad. La simetría facial tiene algo de hipnótico; los ojos bonitos son como ascuas brujeriles que nos hechizan; los cuerpos bien formados nos acomplejan, nos aturullan, nos vuelven serviciales y sumisos. A un hombre de bandera, o a una mujer de rompe y rasga, les perdonamos cosas a que nuestros congéneres de la fealdad, a nuestros hermanos del infortunio, a nuestros cofrades de la intrascendencia, tardaríamos mucho tiempo en olvidar. Y nadie es culpable de todo esto, ni los seductores ni los seducidos: es la biología en marcha, el instinto en acción...




    En El mismo amor, la misma lluvia, el personaje de Ricardo Darín es un fulano bastante execrable que pone los cuernos a su pareja, deniega la ayuda a sus amigos, extorsiona a los artistas para escribirles una buena crítica en su columna... Un tipo de conducta errática, caprichosa, que sin embargo sale bien parado de todos sus lances porque tiene ojos azules de niño, sonrisa pícara de truhán, verborrea argentina de la que sale hasta por los codos para enredar las voluntades ajenas. Un tipo muy peligroso. Un superviviente nato. Un estafador biológico de primera categoría. Incluso el personaje de Soledad Villamil, que es una mujer guapísima que podría tener a cualquier hombre que deseara, sólo con chascar los dedos de su santa voluntad, cae rendida, una y otra vez, en las muchas encrucijadas de la película, a los encantos de este fulano que mientras se la tira, sonriendo con cara de amante beatífico, de hombre comprometido para la causa, ya está pensando en el próximo movimiento sexual de su partida de ajedrez. No sé de dónde han sacado que El mismo amor, la misma lluvia es una película romántica... Despojada de músicas y de lirismos, la cinta de Campanella es el crudo National Geographic de un macho alfa que medraba en el ecosistema argentino de los años ochenta.


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Larry David. Temporada 9

A veces me sube una congoja del alma y pienso que ya se terminó el tiempo de las grandes alegrías. Que el trabajo gordo, por así decirlo, está finiquitado, y que sólo queda esperar, y reírse lo más posible, mientras llegan los nubarrones de la salud. Las grandes esperanzas, y los grandes proyectos, son cosas del verano de la edad, de cuando uno andaba viril, y descamisado, y los días parecían no tener fin. Cuando la vida se asemejaba a un musical americano de jornaleros en el campo, jóvenes y vigorosos. Ahora, en el otoño del cromosoma, habrá que medir las cosas con raseros más humildes. Vivir una película francesa, melancólica, pausada, con bonitos atardeceres y cafés con croissant en la terraza. Una peli de Rohmer, por ejemplo, estilosa y lánguida, una que podría titularse El cinéfilo del villorrio, tan del estilo del maestro.



    Hace ya varios años que uno fía su felicidad a las pequeñas alegrías: que te llame un amigo para charlar; que el análisis de sangre salga sin subrayados en rojo; que el Madrid conquiste un título importante a finales de mayo. Que los seres queridos no se tuerzan por el camino. La tertulia en la radio, el estreno en el cine, la joya perdida en el ordenador... Que te sonría una señorita en el autobús. No morir de un infarto al subir el repecho en bicicleta, y emprender el descenso con la sonrisa boba y el orgullo salvaguardado. Que refresque por las noches, en estas canículas a destiempo que las meteorólogas anuncian con una sonrisa tan bonita como ahostiable. Mi reino por una brisa. Que prorroguen, si es posible, las series de televisión que me calientan en invierno, y me refrescan en verano. Que le concedan una temporada más, por ejemplo, a Larry David, cuando ya habíamos perdido toda esperanza de continuación, sus locos seguidores. Lo he leído esta mañana, al abrir el ordenador, y sólo de pensar que  Larry ha vuelto a coger el yelmo y la lanza para retar en duelo a los gilipollas y a los estúpidos, me ha brotado la sonrisa tonta, y me ha dado por silbar la pegadiza sintonía mientras barría y fregaba los cacharros. 



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Morir de pie

El primer episodio de Morir de pie me engancha. Me abre el apetito de ver la temporada completa. Y eso, en esta sobreabundancia de series que nos abruma, en este sin vivir de elegir una ficción entre otras cien, o entre mil, como quien acude a la protectora para salvar a un perrito solo, es un mérito incuestionable. Cuando estos jovenzuelos y jovenzuelas, aspirantes a la fama, desvergonzados y sinvergüenzas, salen al escenario y cogen el micrófono para soltar sus visiones ácidas sobre la vida, yo me descojono como un adolescente en el sofá. Hay mucho sexo, mucha cafrada, mucha mala follá... Son de la escuela de Lenny Bruce, estos muchachos. Pero es que luego, además, entre bambalinas, cuando se cruzan amores y envidias, amistades y puñaladas, los diálogos son igualmente chispeantes, lúcidos, tan buenos como los monólogos que les dan precariamente de comer, hasta que llegue la invitación de Johnny Carson para aparecer en su programa nocturno y se hagan de oro con las ofertas de trabajo.



    El problema de Morir de pie es que su segundo episodio es igual al primero, y el tercero al segundo, y así sucesivamente, como en una tira de muñecos de papel. He llegado al quinto episodio con la sensación de estar viendo siempre lo mismo... Y he decidido devolver el animal. El flechazo amoroso se ha tornado pesadez y pereza. Lo poco agrada y lo mucha cansa, o algo así, que decía el refrán.

    Lo de hacer chistes con las mamadas, por ejemplo, está muy bien. Lo mismo en el escenario artístico que en la vida cotidiana. Tal práctica sexual se presta a todo tipo de ingeniosas malevolencias. Es sucia pero divertida. Escatológica pero excitante.  Dice mucho de quien la practica, o de quien no la practica. De quien la enaltece y de quien la condena. Es como una prueba del algodón, para detectar personalidades, y hacer chanza o escarnio de ellas. A las mamadas las puedes volver del derecho y del revés. Sirven para pasárselo muy bien, para fortalecer el vínculo, para escalar posiciones en la vida... Es material cómico de primera categoría. Yo mismo, que me crié en el arrabal, y me rodeo de gente muy poco selecta, tengo un amigo que basa su éxito social en contar chistes sobre mamadas, allá en el vino del mediodía, o en la cerveza del nocturneo. Las primeras cien veces yo me partía el culo con él... Ahora me sale la risa forzada. No hay más registros en su repertorio de comediante. Si mi amigo fuera un personaje de Morir de pie, y no una persona a la que quiero tanto, ya le habría cambiado por otro fulano menos cansino...

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Blade Runner

Antes de morir, Roy Batty, el Nexus 6 al que da vida Rutger Hauer, se vanagloria de haber visto cosas que los humanos no conocen. Ningún espectador sabe qué son los rayos C, ni dónde queda la puerta de Tannhäuser, pero dichas por el replicante suenan a experiencias bellísimas e irrepetibles. Como si le hablaran de sexo salvaje al adolescente por estrenarse... En sus cuatro años de vida programada, el replicante había contemplado las maravillas del Universo. Los humanos de la Tierra, en cambio, sólo habían visto la mugre, la contaminación, la lluvia ácida persistente. Roy, por supuesto, no quería morir, y lamentaba que sus recuerdos se perdieran en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Pero en su testamento final se adivina un poso de orgullo. Él, condenado a la pronta caducidad, había vivido. Intensamente. Esta es la cuestión de fondo que plantean los replicantes de Blade Runner: ¿la vida larga y aburrida de los casados, o la vida corta y excitante de los rockeros? Escribía Charles Bukowski en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

    “Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas [...] Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir”.



El año 2019 que imaginaron los guionistas de Blade Runner tiene pinta, a dos años vista, de haberse quedado muy corto en algunos avances, y muy largo en otros. Pero esto sucede en todas las películas que tienen la osadía de poner una fecha concreta en el primer fotograma. A día de hoy, la ingeniería genética aún está dando sus primeros pasos, los coches de policía no salen volando tras ponerte una multa, y las colonias espaciales son proyectos descomunales aparcados hasta el fin de los tiempos. En Blade Runner, sin embargo, como sucede en muchas películas de ciencia-ficción, no se ve a nadie con teléfono móvil, ni con iPod, y los ordenadores de hogares y oficinas parecen unos cacharros tan lentos como rudimentarios. No parecen existir cosas tan básicas como Internet o el Whatsapp, que en este Año del Señor hasta las ancianas ya manejan con soltura. En el sector de las telecomunicaciones, lo más avanzado de Blade Runner parece ser la videollamada, como ya lo era en el 2001 imaginado por Arthur C. Clark.  Como cuando uno era niño y llamaba al portero automático del amigo, para que bajara a jugar al fútbol, y se quedaba boquiabierto al descubrir, en aquella comunidad de vecinos con posibles, que habían instalado el ojo vigilante de HAL 9000...


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Breaking Bad. Temporada 5

En mi estado de whatsapp -esa herramienta tan útil como perversa- llevo escrito, como lema que nunca borraré, "Todo es vanidad". Tal afirmación viene recogida en el Eclesiastés, que es un libro de la Biblia que contiene sabidurías muy enjundiosas. Pero yo, como soy hombre de escasa cultura, y de olvidadas lecturas, conocía el proverbio por una canción de Javier Krahe, que es un poeta moderno no reconocido por la oficialidad. El maestro, en la canción, lamentaba no tener valor para suicidarse y comprobar que, efectivamente, polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y que si los amantes, como decía el otro poeta, sólo son polvo enamorado, cuando no estamos enamorados sólo somos polvo que presume de ridículas trascendencias. Polvo amontonado y parlante, nada más.



    Todo es vanidad... Me reconozco en ella, y reconozco en ella a mis semejantes. Porque el orgullo estúpido guía todos nuestros actos. Todo es competición, engallamiento, a ver quién mea más lejos... Por las mañanas, nada más pisar la acera, escondemos nuestro yo bajo la piel y nos convertimos en seres sociales que se miden y se pavonean. Los pequeños orgullos nos sostienen en el día a día, y alimentan nuestro ego con bolitas de pienso para cachorritos. Pero para sentirnos plenos, vivos, reconciliados con la vida, necesitamos un orgullo mayor. Un hueso de brontosaurio para roer. Una vanidad suprema que nos convierta en especiales, en únicos. Una habilidad, una fortuna, una mujer espectacular, o un hombre incomparable, que nos bese delante de los demás...  Walter White, en Breaking Bad, llevaba una vida tranquila pero humillada, decente pero fracasada, hasta que, forzado por las circunstancias, descubrió que era el mejor chef de la metanfetamina en muchos contornos a la redonda. En un momento dado, cegado por la vanidad, se olvidó de que estaba delinquiendo para proveer a su familia, y en la quinta temporada de la serie, que es como un western violento en el que todo quisque muere al final, o se salva por los pelos, todo el emporio creado por Heisenberg, y Heisenberg mismo, se va al carajo en el desierto premexicano y vengativo. 



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Los exiliados románticos

En Los exiliados románticos, tres amigos residentes en Madrid cogen la furgoneta de Scooby-Doo y se lanzan a las autopistas camino de Francia, a retomar el amor fugaz que una vez mantuvieron con tres bellas extranjeras. Es verano, tienen tiempo libre, y no parece que en los madriles tengan mucho éxito con las mujeres. Aunque son jóvenes y cultos, leídos y aventureros, uno de ellos es tímido hasta la psicopatología, y además empieza a perder un poco de pelo; otro tiene cara de alelado permanente, como de no terminar nunca de despertarse; y el último, el más feo, el que parece más cultureta y alternativo, tiene un parecido inquietante a Ignatius Farray cuando a éste le pega la chaladura. Nada grave, quizá, en otras circunstancias sociales, en otro contexto más amable del coqueteo y del folletear. Pero las españolas, últimamente, como bien sabemos los españolitos que llamamos a su puerta, o escalamos a su ventana, están anhelando por encima de sus posibilidades. Están muy exigentes, muy desconfiadas, muy de que les rellenes un test con veinte ítems que son trampas mortales sobre tus costumbres y tus manías. Muy de pedir currículos inmaculados, romanticismos de Pretty Woman, sentidos del humor que sólo están al alcance de machos muy profesionales...



    Han pasado cuarenta años desde que Alfredo Landa y José Luis Vázquez buscaran el amor entre las vikingas que arribaban a nuestras playas. Ellas eran europeas, liberales, de pocos melindres, y lucían un bodi muy lustroso entre las dos piezas del bikini. Los Landas y los Vázquez de aquel entonces también eran, a su modo paleto y franquista, unos exiliados románticos, como los de la película de Jonás Trueba, aunque ellos no viajasen al extranjero porque entonces era caro de narices, y los viajes en carretera resultaban agotadores. Ahora, en la modernidad, cuando cualquiera puede coger un avión o recorrer un autopista, y todo quisque puede entenderse con el inglés macarrónico, los españolitos sin suerte en el amor, como los sin suerte en el trabajo, vuelven a mirar hacia Europa para arreglar su vidas descosidas...


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Baby Driver

Termino de ver Baby Driver, en la madrugada del sábado al domingo, y me pregunto, una vez más -y en estos tiempos la pregunta es un nubarrón geoestático suspendido sobre mi cabeza- qué he hecho con mi vida para llegar hasta aquí, a este derrumbamiento en el sofá, a esta soledad sin perspectivas. Qué cadena de acontecimientos, de encrucijadas, de decisiones mal tomadas desde que el mundo es mundo, si tiramos por lo alto, pero más concretamente desde que tengo raciocinio o se supone que lo tengo, me ha traído a esta película tan moderna y prescindible, tan molona y tan vacía, en esta fiebre del sábado noche que uno debería estar disfrutando por ahí a la luz de unas velas, en la barra de un pub, en la vida verdadera que no es ni película ni celda monacal... Qué cojones hago aquí, en la noche calurosa e impropia de octubre, viendo una película que en realidad ni me va ni me viene, que sólo estoy viendo porque las películas apetecibles están en la otra habitación, a veinte metros-luz del salón, y me pesa tanto el culo, y la pereza, y el mal jerol que estoy gastando, que soy incapaz de incorporarme y de poner fin a esta Baby Driver que sólo va, básicamente, de unos tíos que atracan bancos y luego salen pitando a toda hostia por los asfaltos atestados.



    Cuando en la película luce el sol, y Baby, el driver, el prota, bailotea las canciones de su iPod sobre las aceras, marcándose unos swings, o unos funky steps, o unos cruces de brazos muy de rapero, consigo olvidarme un poco de mí mismo, por un rato, y me dejo llevar por el ritmo de la música, que es muy molona, y por las persecuciones de coches, que son de mucho infarto, muy bien rodadicas, con su goma quemada, y sus piruetas imposibles, y sus coches policiales que siempre conducen unos merluzos que se estrellan contra el primer obstáculo que topan. Pero luego, ay, en Baby Driver se hace de noche, porque los delincuentes también duermen, o se meten en garitos para repartirse el botín, y entonces, al fondo de la pantalla, un poco difuminado, aparece un personaje nuevo en la película, uno que soy yo mismo reflejado, un intruso, un paria de la trama, como esos fantasmas no previstos de las fotografías, y entonces vuelvo a tomar conciencia de mi mismidad, de mi gilipollez, de mi destino varado en una playa...


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