Tiempo de revancha

En las películas de Adolfo Aristarain, cuando aparece la empresa Tulsaco jodiendo la marrana, es que sus personajes –casi siempre Federico Luppi y su señora- están a punto de perder lo que tenían. O la empresa provoca su ruina cuando ya iban sacando la cabeza, o certifica que su vida pequeñoburguesa se ha terminado por culpa de la crisis mundial, o de la cíclica, o del corralito, que los argentinos, pobrecitos, las han sufrido de todos los colores en las últimas décadas.

    En Un lugar en el mundo, Tulsaco era la empresa que se cargaba el trabajo de aquellas gentes que hacían socialismo agropecuario en la Pampa; y en Lugares comunes, era la inmobiliaria que vendía la casa de Fernando y Lily para rubricar su caída a los infiernos de la clase depauperada. Este ingenioso ardid de usar el mismo logo para perpetrar latrocinios diferentes -¿o se trata, quizá, de un holding florentiniano que abarca mil actividades?- empezaba en Tiempo de revancha, en los páramos picapedreros donde Tulsaco era la empresa minera que fingía sacar cobre para atraer inversores, y que, para hacer un poco de paripé, y presentarse como una industria seria del sector, se cargaba un obrero de vez en cuando en explosiones muy poco controladas con condiciones mínimas de seguridad.



    Tulsaco es la encarnación del Mal empresarial. La SPECTRE de James Bond. La Federación de Comercio de la galaxia lejana. El juguete simbólico y vitriólico de Adolfo Aristarain, que tiene registrado ese nombre para que ninguna empresa verdadera pueda utilizarlo. Pero si Tulsaco representa a los gigantes malvados, Federico Luppi, en las películas, es el Quijote muy cuerdo que se enfrenta a ellos lanzado al galope. No sé si son las canas, o la voz, o la presencia, o la conjunción serena y a la vez desafiante de estos atributos, pero los personajes de Luppi hablan, o actúan –o se expresan a través de la lengua de signos como en Tiempo de revancha- y uno queda prendado de su triste y  combativa figura, aunque sea de un modo no-sexual. No, al menos, en mi caso. Más bien de un modo bolchevique, tocacojones, idealista hasta casi la inocencia.





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Todas las canciones hablan de mí

Yo soy más de películas que de canciones. Y por eso, en las tribulaciones del amor, todas las películas hablan de mí. Como si pensaran en mí al escribirlas, y al plasmarlas en imágenes. Da igual el género o el tono: en todas encuentro una frase para la esperanza o una reflexión para el desespero. Un personaje en el que reflejarme. Una situación que pone a prueba mi determinación o mi hundimiento. Incluso en aquellas películas que ya vi una vez sin encontrar nada que me aludiera. Como el personaje de Ramiro en Todas las canciones hablan de mí, que reescucha, sorprendido, e interpelado, una canción de Franco Battiato que antes despreciaba. Todas la canciones hablan de mí también habla de mí. Por supuesto. Y mucho. Casi tanto que a veces me asusto. La realidad y la ficción han coincidido ocupando el mismo espacio mental. Es como una broma del Demiurgo. O como una casualidad de la hostia.



    Huyendo de la realidad, caigo en las películas para seguir repensándome. Pero yo no las busco. Son ellas las que me persiguen como novias indeseadas. Yo trato de usarlas como quitapenas, como pasatiempos, pero ellas se rebelan, quieren protagonismo, y se vuelven trascendentes, pedagógicas, casi evangélicas. Y encuentran, además, un caldo de cultivo con muchos nutrientes. Un receptor muy atento. Porque la melancolía, en contra de lo que pudiera pensarse, agudiza los sentidos. Uno trata de dormir, o se arrebuja en el sofá, o pasea lánguido por las calles, y para el observador externo parece que todo funciona al ralentí, como adormecido por el dolor. Pero en las tristezas del amor, el cerebro establece sinapsis inauditas, asociaciones sorprendentes. Se vuelve creativo y perspicaz. Es un mecanismo de defensa. Un hecho evolutivo. Come de todo y todo lo absorbe. Es un tragaldabas de la realidad, aunque a veces parezca ausente de ella. De todos es sabido que el tiempo de depresión es el más propicio para la composición de una sinfonía, o para la escritura de una novela. O para el conocimiento personal de las mierdas y las glorias. Uno llora en el esfuerzo, y se retuerce de dolor, pero produce cosas muy valiosas para el futuro. Los grandes poemas no nacieron del gozo del amor. Quizá alguno sí, no sé. Pero seguro que hablaba de sexo.
   



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Matrimonio de conveniencia

En Matrimonio de conveniencia, la señorita Brontë, ciudadana americana residente en Nueva York, con un peinado de los años noventa idéntico al que lucía Elaine Benes en Seinfeld -que era otra mujer que anhelaba apartamentos idílicos en la parte chachi de la ciudad- aspira a vivir en un ático con invernadero tropical y vistas diáfanas de los rascacielos. Pero la comunidad de vecinos, que vela por las buenas costumbres de los residentes, exige que miss Brontë presente un certificado de matrimonio para empezar a negociar el contrato. Ella es demasiado guapa, demasiado sexy, y no quieren ver un desfile de maromos entrando y saliendo del edificio. Quieren ver estabilidad en la escalera, en el ascensor, en las juntas de vecinos. Quieren que los ruidos conyugales procedan siempre de la misma fuente varonil. Saber que siempre es el mismo señor Brontë el que exhala y proporciona los gemidos de placer. Habituar el oído. Sonreír complacidos en el sueño desvelado.

    Por su parte, Georges Fauré es un ciudadano francés que busca el permiso de residencia en Estados Unidos. La green card del título original. Caducado su visado de turista, Georges sobrevive en trabajos mal pagados a la espera de un golpe de suerte, o de una patada en la puerta que inicie los trámites de deportación. Georges es un hombre con estudios, con aspiraciones, con inquietudes musicales incluso, y siendo francés no se entiende muy bien qué narices pinta en Estados Unidos pidiendo la limosna de un DNI. Como si en Francia no les dieran trabajo a los músicos o a los artistas. Si fuera un exiliado libanés, o tanzano, que son países muy poco proclives al I+D de sus habitantes, el personaje de Gérard Depardieu tendría otra credibilidad, otra consistencia. Pero claro: ya no podrían poner a Gérard Depardieu como actor estelar en la película.



    La única salida que les queda a estos dos personajes atribulados es un matrimonio de conveniencia, que aquí en España, tan buenos como somos con los eufemismos, se llama matrimonio de complacencia. La señora Brontë y el señor Fauré no tienen, por supuesto, ninguna intención de vivir juntos, pero una inspección gubernamental les obligará a guardar las apariencias durante unos días de mutuo conocimiento. Y así, sin proponérselo, surgirá el amor. Es una vieja teoría que corre por ahí. Hay incluso un programa de televisión que la usa como argumento principal. Que quizá lo estamos haciendo al revés. El amor. Y no me refiero a las posturas. Quizá el orden correcto no sea primero el acercamiento, luego la intimidad, y más tarde la convivencia. Tal vez nos iría mejor si probáramos a hacerlo a la inversa: primero convivir con el casi desconocido que nos hemos topado en el bar o en el speed dating, luego testarlo en las condiciones más críticas de la vida doméstica, y de los fragores más exigentes de la batalla sexual, y ya más tarde, si la cosa funciona, plantearse si el romanticismo tienen cabida en esa extraño proyecto de pareja que empezó construyéndose por el tejado.




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La forma del agua

La forma del agua -despojada de la poesía amatoria, del gore innecesario, de la Guerra Fría, de ese barroquismo de serie B que es el sello personal de Guillermo del Toro- es una adaptación del cuento clásico de la rana y la princesa. La princesa, obviamente, no es tal, sino una cenicienta que se gana la vida manejando la escoba y la fregona, y aunque su compañera de trabajo es una tía muy maja que suelta sentencias de mucha enjundia, y tiene algo de Sancho Panza dispuesta a seguir las locuras de Don Quijote, no es el hada madrina que pueda transfigurarla con el poder mágico de su varita. La rana, por su parte, para hacer la película menos zoofílica y más cercana a la comunión de los espíritus, al amor incombustible que salta incluso la frontera de las especies, se ha convertido en un ser anfibio más evolucionado, antropomorfo, con un secreto interior que aflora en los momentos más verdaderos de la ternura. Al ser besada, la criatura, que es un dios en el agua pero un esclavo en la tierra, no se transforma en un príncipe de Borbón y  Grecia con palacio ya pagado en las afueras de Madrid. Ni verde ni azul. Sólo en un amante con agallas entregado a su liberadora con un par de ovarios.



    La forma del agua es un cuento infantil a la vieja usanza, con sexo soterrado –o sin soterrar-, moraleja final, malos de guiñol y buenazos y buenazas que parecen haber abandonado sus peanas para darse un garbeo por el mundo terrenal. Los soviéticos que pretenden llevarse al anfibio para diseccionarlo son de pacotilla, y los americanos, que rivalizan en el afán, de garrafón. El malote principal es un ogro con todos los aditamentos clásicos de la crueldad menos la cejijuntez –y eso que Michael Shannon se esfuerza de cojones frunciendo el ceño como nadie. Con estas cosas tan chuscas y simplonas, uno quiere entrar por la puerta grande en el universo de Guillermo del Toro pero no puede. A uno le encantaría ir cogido de la mano  -¡juntos como hermanos, miembros de una iglesia!- junto a la crítica oficial que canta loas y alabanzas sobre la película. Uno querría dejarse llevar por las oleadas del amor, por las ondulaciones sexuales bajo el agua, pero la estética es fría, y deprimente, y el guión es esquemático, y tontorrón, y aunque la señorita Esposito de América tenga un aire mal disimulado a la señorita Poulain de París, Amélie tenía un encanto muy chic, muy disuasorio, que sólo tiene raigambre en las señoritas francesas de toda la vida.





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The trip to Spain

En manos de otro director menos original que Michael Winterbottom, el viaje a España de estos dos comediantes sería un recorrido por los lugares más trillados de nuestro turismo: la paella en Valencia, el flamenco en Sevilla, la playa en Benidorm, la cola interminable ante la Sagrada Familia en Barcelona… Y, por supuesto, “a relaxing cup of café con leche en Plaza Mayor”, para hacerle un homenaje a Ana Botella y recordar que el olimpismo eligió políticos más serios y lo cañí cayó en desgracia en los sondeos de Metroscopia.




    Winterbottom sabe -o le han explicado- que España es mucho más compleja y variopinta: un país más montañoso que playero, más agropecuario que urbano, con más historia que chiringuitos. De momento... Con un norte desconocido donde llueve y todo es verde y se come de puta madre y a veces parece que uno está en la Europa de los suizos cantonales. Sólo hay dos concesiones al tipical spanish en la película: la visita a los molinos de viento, en Consuegra, con Coogan y Brydon disfrazados de Quijote y Sancho Panza para cumplir unos compromisos publicitarios, y la visita ineludible a la Alhambra de Granada –que no es tópico, sino bendita obligación- donde el personaje de Steve Coogan –¿o Steve Coogan mismo?- encontrará la paz interior para enfrentar los avances de la pitopausia y los reveses de la profesión.



    A bordo de un Range Rover de la hostia que lo mismo devora autopistas del siglo XXI que senderos muleros del año la peste, Coogan y Brydon se pierden por provincias tan provincianas, tan alejadas de la chancleta y la mariconera, que incluso nosotros, los españoles menos viajados, los que vivimos abducidos por el sofá y el puto fútbol, tenemos que echar mano del “pause” en el mando, o de los chivatos en internet, para saber en qué Parador de Turismo están comiendo mientras imitan a Mick Jagger; en qué Castillo de Nosédonde están cenando mientras ironizan sobre los achaques de la edad; en qué habitación de hotel palaciego parodian a Marlon Brando haciendo de inquisidor o imitan a Roger Moore haciendo de moro con linaje de la morería. Porque en ese sentido, el viaje España de Coogan y Brydon es idéntico al que perpetraron en Italia hace unos años, o al primero de todos, en Inglaterra, aquel que dio origen a esta saga incalificable que básicamente consiste en comer y en hacer el idiota, mientras la realidad de la vida, con sus responsabilidades y sus inquietudes, queda suspendida allá en Londres, o en Nueva York.

    Los viajes a… se han convertido en una cita trianual de tres amigos que deciden tomarse una semana de vacaciones por paisajes extraviados, y por gastronomías suculentas, y mientras se lo pasan en grande ponen la cámara en marcha para tener la excusa de que están trabajando, componiendo un fresco, o escribiendo un diario, o haciendo comedia. Son excusas muy tontas que a nosotros, los entusiastas del invento, nos dan un poco igual. Con esta gilipollez que sólo lo es en apariencia, nos reímos un rato, extraemos dos filosofías, nos maravillamos de los paisajes, y nos vamos a la cama tan contentos. Películas mucho más pretenciosas y alambicadas no consiguen ni la mitad.  





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The Florida Project

Para que Disney World funcione y salga rentable tiene que haber gente que limpie los retretes, sirva las bebidas, barra las aceras, y que además lo haga por cuatro duros y sin protestar. Sucede con todos los paraísos turísticos que prometen la felicidad durante varias horas, o durante varios días. El turismo se sostiene sobre la precariedad. Alrededor de los enclaves más exclusivos se extiende una zona de exclusión donde el pobre sólo entra a trabajar. Sólo alguna vez, cada mucho tiempo, Cenicienta puede permitirse el lujo de convertirse en damisela y experimentar la bonita sensación de ser servido y no servir.



    The Florida Project está rodada muy cerca de Disney World, en Orlando, pero la cámara se las apaña sabiamente para que los cuentos de hadas y los castillos de princesas nunca aparezcan en el horizonte (sólo en esa última escena que quita el hipo y arranca la lagrimilla). En un edificio residencial que no llega a ser de mala muerte, pero que tampoco es, desde luego, de buen vivir, residen varias mujeres maltratadas por la vida, abandonadas por sus parejas. Todavía son jóvenes y resueltas, pero llevan tantas heridas en el alma como tatuajes en el cuerpo. Trabajan, o trafican, o se prostituyen. Se las apañan como pueden en la periferia cutre del complejo turístico, donde caen los despistados o se alojan los que reservaron mal y a última hora. Y mientras estas mujeres del lumpen se ganan la vida, o se drogan en sus apartamentos, o se amorran a la tele para olvidar tanta penuria, sus hijos e hijas, libres como conejos, en el tiempo infinito de las vacaciones de verano, corretean por la periferia de Disney World sableando al turista y haciendo gamberradas. Son demasiado pequeños para tener conciencia de que están viviendo el lado poco prometedor de la vida. De niño, uno no sabe nada de clases sociales. Son invisibles, intangibles. No existen. Como en el sueño de Karl Marx. Pero es una ilusión. Tan feliz y escapista como la que ofrece Disney World a sólo unos kilómetros de la marginalidad.  





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No sé decir adiós

Hay personas que ante la desgracia inevitable cruzan los brazos sobre el regazo y se resignan al destino. Asumen el dolor de un solo trago y lloran hasta quedar vacías y desfondadas. Una de estas personas es Blanca, el personaje de Lola Dueñas en No sé decir adiós. El médico ha dictaminado que su padre va a morir de un cáncer de pulmón con metástasis. No hay cura posible. Lo que está en cuestión son los meses que va a sobrevivir, no el diagnóstico. Le van a decir lo mismo en el hospital más caro de Estados Unidos si decidiera cruzar el charco y dejarse los ahorros. Blanca lo acepta. Llora. Se recompone. Sigue la corriente de los médicos y autoriza la aplicación de cuidados paliativos. Si la película tratara sobre Blanca, no duraría más allá de quince minutos. Sería un cortometraje muy dramático sobre la enfermedad de un padre y el dolor profundo de su hija.



    Pero No sé decir adiós se centra en el personaje de la otra hija, Carla, la hermana guerrera, inconformista, malahostiada, y siguiendo sus momentos de bajón y sus euforias de cocaína alcanzamos los noventa y tantos minutos de metraje. Porque Carla, aunque no es idiota, y sabe bien que su padre no tiene remedio, es de esas mujeres que no pueden estarse quietas. Que no conocen la resignación ni la pasividad. Que no soporta la idea de cruzarse de brazos mientras su padre agoniza. Eso no va con su personalidad. Necesita sentirse útil, activa, protagonista en cierto modo de la escena. Su padre se muere, pero no sabe decirle adiós. No todavía. Así que determinada a luchar hasta el último informe, emprende junto a su padre una road movie camino de Barcelona, en busca de otro diagnóstico, de otro tratamiento. Pero el camino es insufrible. Su padre ya era un tipo difícil antes de que la enfermedad carcomiera su cuerpo y su ánimo. Un tipo de esos que no admite la contrariedad ni el contratiempo. Y ahora, sabiendo que se muere, es un hombre directamente insoportable, caprichoso como un niño, terco como un anciano.  El problema es que Carla es muy parecida a él, y los genes idénticos se repelen, como los polos magnéticos del mismo signo. No sabe decirle adiós porque le quiere, porque no le sale de los ovarios, pero en muchas ocasiones le mandaría a tomar por el culo y se quedaría tan a gusto.




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Selfie

En La Moraleja, y en otros paraísos capitalistas por el estilo, no existe la crisis económica. Al revés: les va de puta madre con todo esto. Es el epicentro de la movida. Cada mañana, a primera hora, salen de allí unos ejecutores muy bien vestidos que llevan sus coches al Ministerio de Tal, o a la Compañía de Cual, para seguir urdiendo cómo nos quitan la última pela o nos recortan el último privilegio. Por la noche, satisfechos, regresan a sus mansiones más ricos de lo que ya eran, y mientras paladean un vino francés del Año la Pera, hacen cálculos para  ampliar la piscina, remodelar el gimnasio, pagarle un Máster de Latrocinio al nene que está acabando sus estudios universitarios. Viven a pocos kilómetros de nosotros, pero en realidad habitan un planeta muy lejano. Sus preocupaciones y sus temas de conservación son como chino mandarino para nuestros oídos. El comienzo de Selfie es una pura descojonación en ese sentido. No es que los actores vocalicen mal como ocurre casi siempre en el cine español. Es que los pijos de Jauja ni siquiera hablan nuestro idioma. Hablan una cosa muy rara en la intimidad de sus hogares. Como hacía Ánsar con el catalán.



    En una escena de María Antonieta, la película de Sofia Coppola, la reina adolescente se asoma al balcón de Versalles para ver a la muchedumbre que se manifiesta. Son los san-culottes que protestan por la subida del pan. Ella les mira con la extrañeza de quien ha descubierto una especie humana diferente. Inferior y fascinante. Un hito antropológico. Es la misma perplejidad que en Selfie acompaña a Bosco en su deambular por el barrio de Lavapiés. Bosco es un pijo canónico de La Moraleja caído en desgracia. Su padre ha robado más de lo permitido por los telediarios y ha dado con sus huesos en la cárcel. El embargo de todos su bienes ha dejado a Bosco sin casa, sin novia, sin el apoyo de sus antiguos camaradas peperos, que no lo quieren ni ver rondando por los mítines de doña Espe. Su castigo es ser hijo de alguien que robó con demasiada ostentación, o que se dejó pillar como un rojo cualquiera de los ERE. Su pecado es ser hijo de un indiscreto, no de un ladrón, que por allí hay muchos y muy queridos.



    Así que Bosco ha de buscarse las habichuelas –literalmente- y los camastros, en el mundo donde reinan los votantes de Podemos y los perdedores de la sociedad. Los parias y los minusválidos, los parados y los currelas. Es un viaje muy particular hacia el corazón de las tinieblas… Pero Bosco, sorprendentemente, se adapta de puta madre a su nueva circunstancia. Es un tipo vivaz, de recursos, que además es guapo y simpaticón. Sólo tiene que ligarse a Macarena, la activista podemita, para ir prosperando en un ecosistema tan poco favorable a priori. La supervivencia de los más guapos es un libro muy instructivo que habría que releer estos días. Muy apropiado, también, para entender mejor la “festividad” de San Valentín.





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